miércoles

LA MIRADA DE OLGA PIERRI (1914 / 2016) - 2da entrega


TRIBUTO A LA MARIPOSA MONARCA DE LA GUITARRA URUGUAYA

este libro está dedicado a Ignacio Giovanetti
que sabe distinguir entre el respeto musical
y la valoración de la verdad profunda

El que tenga oídos para amar, que aplauda.
El que tenga oídos para aplaudir, que mienta.
LOGION APÓCRIFO

La vuelta a las artes antiguas es una prueba de que hubo un salto en el proceso de la técnica y que el espíritu retrocede y trata de reincorporarse al ritmo natural y continuado de la creación.
CÉSAR VALLEJO

Es terrible
Pero
Cada día
Son más claros
Los intereses
Más oscuros
EFRAÍN HUERTA


6 / PERLAS

En 1926, cuando José Pierri Sapere tenía 40 años y Olga Pierri 12, apareció en el diario El Día la única entrevista que conocemos que se le haya realizado a Felisberto Hernández, y fue a propósito de su ya notoria actividad pianística.

Su proyección como narrador había empezado recién el año anterior con la publicación del minilibro Fulano de tal, y no le importaba a nadie.

De todas maneras, en esta joya periodística comparable a la muy posterior Explicación falsa de mis cuentos, el joven músico explica su teoría sobre la interpretación musical que no le debe haber pasado inadvertida al fundador del filum Pierri:

Sobre todo hay dos grandes peligros en los intérpretesUno de ellos es no tener técnica. Me refiero a la falta de conocimiento del estado actual de la técnica, que da facilidad y buenas calidades de instrumentistas. Y es éste el peligro más visible.

Pero hay otro peligro muchísimo más grande, en el que caen la mayoría de los grandes intérpretes de la Humanidad: el tener técnica.

Porque la transforman en un fin, en vez de hacer de ella el medio que debe necesariamente ser. Es la obra artística al revés, pues viene a ser un medio para la exposición de determinada técnica. Y si la actividad estética del genio es producto de la enfermedad del genio, como la perla es el producto de la enfermedad de la ostra, queda tan ridículo el aparentar esa enfermedad estética, como el poner ciertos productos químicos a las ostras para que den perlas. Y en música, se conoce fácilmente el que va a buscar las cosas -aunque las encuentre- y aquel a quien vienen -digamos así- por una innata superioridad del espíritu.

En 1988, cuando murió Atilio Rapat, yo dirigía la sección musical de un semanario y le pedí a Olga Pierri y a Agustín Carlevaro que me escribieran una despedida para el mítico maestro (que en su juventud había estudiado brevemente el piano con Felisberto Hernández) y lo que la Mariposa Monarca subrayó a propósito de quien en 1937 había formado un dúo puntual con ella, fue la magia de su sonido perlado.

Y esta definición concuerda exactamente con lo que Emilio Pujol escribió sobre el secreto del sonido de la escuela del autor de Recuerdos de la Alhambra: “La técnica de Tárrega era de un realismo objetivo y veraz, como el de Velázquez en sus lienzos. (…) La voz de la guitarra, decía, debe ser algo entre lo humano y lo divino.



7 / JUGLAR

Cuando todavía no se había inventado la calificación de “artista multimediático” para definir a los creadores de versatilidad renacentista, Guillermo Fernández me enseñó a detectar el “mester de juglaría” (esa especie de multioficio tan bien retratado por Ingmar Bergman en El séptimo sello) que caracteriza el carisma desplegado por criollos como Manuel Espínola Gómez, Marosa di Giorgio o José Pierri Sapere.

Pero además Guillermo me guió hacia la relectura de La expresión americana de José Lezama Lima, un libro imprescindible para la comprensión de la especificidad del barroco refundado en el Nuevo Mundo.

Después de la fatiga verbal que se observa ya en la época de Felipe IV, señala el maestro que se atrevió a escribir el dantesco capítulo VIII de Paradisotiene que acudir el encantamiento de la voz que se alza corpulenta como la noche que absorbe el ombú de los cielazos y los cielitos (independentistas) de la Banda Oriental. (…) Porque en el señorío barroco americano el estoicismo quevediano y el destello gongorino tienen soterramiento popular, engendrando un criollo de excelente resistencia para lo ético y una pinta fina para el habla y la distinción de donde viene la independencia. La libertad del Nuevo Mundo sigue siendo una profecía, una divinidad para el futuro. 

Cuando Olga Pierri buceaba en sus recuerdos infantiles siempre hablaba de la genialidad narrativa con la que su padre hipnotizaba a sus hijos y a otros chiquilines del barrio que se juntaban a escucharlo hilvanar historias que podían durar días:

-Él se tiraba en la cama y nos pedía que eligiéramos un tema. Y si le pedías que contara algo sobre la luna, por ejemplo, empezaba enseguida a inventar episodios donde pasaban cosas fabulosas. Y eso a papá lo entusiasmaba tanto como improvisar en la guitarra, el piano o el violín.

Pero además Pierri Sapere diseñó y construyó una legendaria balsa-lanchón para navegar por el arroyo Pan de Azúcar, y en una de esas primaveras que son capaces de enloquecer a hipersensibles incurables como Silvio Rodríguez, fabricó un dispositivo que podía hacer florecer varias cometas al mismo tiempo.

Ahora se me ocurre que Felisberto Hernández bien podría haberlo definido como un hombre que dedicó su vida a vigilar y favorecer el crecimiento de esa plantitas interiores con hojas de poesías que enjardinan misteriosamente la tristeza del mundo.



8 / MARIPOSA                                                       

Olga aprendió a tocar la guitarra desde muy niña bajo la dirección de su padre, que fue un autodidacta preocupado por abastecerse de materiales didácticos que mandaba traer de Europa, y que seguramente deben haber sido los métodos novecentistas de Aguado, Sor / Coste, Cano, Carcassi y Carulli.

A partir de los años 20, además, el ambiente rioplatense fue sacudido por la irrupción de los principales discípulos de la escuela de Tárrega, Miguel Llobet y Emilio Pujol, a los que se sumarían Andrés Segovia (que se definió polémicamente en sus memorias como un autodidacta), Regino Sáinz de la Maza, Josefina Robledo, Domingo Prat, Agustín Barrios y María Luisa Anido.

Pero un día nefasto la futura guitarrista Monarca se sintió menospreciada por las compañeritas pianistas del colegio y al volver a su casa le dijo a don José que no quería seguir estudiando aquel instrumento que no le interesaba a nadie.

-Bueno, dijo papá, sin enojarse para nada -nos contó en la larga charla que grabamos en 2013. -Entonces lo que vamos a hacer es guardar tu guitarra. Y la enfundó y la metió arriba del ropero como si tal cosa.

Hasta que un día fasto la hipersensible niña-crisálida le escuchó tocar Mariposa de Tárrega a María Luisa Anido -que le llevaba 7 años y había dado su primer concierto bonaerense en 1918, cuando tenía 11- y se sintió en misión de tocar eso.

Don José le advirtió que era una obra muy difícil pero Olga siempre fue fanáticamente estudiosa y terminó por volar como se lo había propuesto.

Y cuentan que Atilio Rapat, después de estudiar unos meses con Felipe Irrázabal y seguir tocando solo durante varios años por falta de recursos para pagarse un profesor, se decidió a sumergirse en la irreversibilidad de su vocación el día que juntó unos pesos para ir al teatro a ver a María Luisa Anido y la escuchó tocar lo que le dijeron que era una canción española de Tárrega llamada Recuerdos de la Alhambra.

Y al poco tiempo consiguió la partitura y le costó tres días dominar aquel trémolo ventoso que lo había despeinado (para hablarlo en Cortázar) pero al final voló.

En los años 30 los Pierri ya eran muy amigos de la gran Mimita y cuando ella perdió a su padre y la emponchó el horror la trajeron a vivir un tiempo a Punta Carretas.

Olga todavía se sentía muy atea, pero siempre supo vivir al servicio de la Providencia.



9 / PIRÍN

Y hay otra historia de la infancia que recogimos en la conversación de 2013 y finalmente terminé recreando en una de mis últimas novelas:

-Papá sufría de miedos horribles y cuando volvía del trabajo en el tranvía los tenía que espantar dándose tinguiñazos -contó con diversión la mujer superadulta, pegándose golpecitos en la sien. -Y recién se calmaba cuando llegaba a casa y comprobaba que no le había pasado nada a nadie de la familia.

-Pero vos una vez me contaste que él también escuchaba la voz de un ángel -le hice una guiñada a Leandro, que estaba fascinadísimo.

-Sí. Se llamaba Pirín. Siempre me acuerdo que una vez nos visitó Paco Espínola y quedó asombrado con ese cuento, y cuando le pidió que se lo explicara mejor papá se señaló la nuca y le dijo: Vive aquí. Y me da órdenes. De repente voy a cruzar una calle por la mitad de la cuadra, por ejemplo, y él me pide que espere a llegar a la esquina. Y le tengo que hacer caso. Y Espínola comentaba: Pero mire qué cosa.

En un reportaje que permaneció inédito hasta hace muy poco tiempo, Mario Levrero explica que cuando nos movemos en ciertos planos espirituales, las cosas empiezan a caernos en las manos inexplicablemente: Siento que hay una fuerza, que está en mí  y en el Universo, mínimamente comunicada, que me ayuda en los momentos de dificultad.

Y cuando le preguntan si no lo pone ansioso la posibilidad de que el mecanismo mágico deje de funcionar, confiesa que eso le sigue provocando muchísimo miedo, aunque la experiencia le ha demostrado que la ayuda siempre aparece: En la religión católica le dan un nombre, la Providencia. Creo que esa Providencia, esté o no fuera de uno, existe. Seguro que está en el inconsciente. Algo atento a las necesidades, cuando son necesidades vitales, no lujos ni caprichos, listo para solucionarlas armónicamente.

Y si bien Pierri Sapere no era una persona religiosa sino religada con su tesoro cósmico interior (evidentemente custodiado por el ángel Pirín), fue esa fe en la infalibilidad de los tinguiñazos providenciales que nos hacen sobrevolar cualquier clase de horror lo que le aportó la todopoderosa gracia de humildad que mana de su música.

¡Qué bien sé yo la fonte que mana y corre, / aunque es de noche!, escribió San Juan de la Cruz en la celda donde Dios lo purgó durante nueve meses: Aquí se está llamando a las criaturas, /  y de esa agua se hartan a escuras, /  porque es de noche.



10 / RIPP

A Olga le costó muchísimo tiempo convencer a su padre de que escribiera, firmara y registrara la autoría de una actualmente conocidísima saga de composiciones silvestres que don José iba pulimentando desde que ella era chica, aunque sin la más mínima pretensión de triunfar.

El Centro Guitarrístico del Uruguay “CONRADO P. KOCH” fue inaugurado con un concierto que se realizó el 25 de agosto de 1937 en el Palacio Díaz y constó de tres partes: en la primera se presentaron Agustín Carlevaro y Abel Carlevaro, en la segunda Pedro Marín Sánchez y Ramón Ayestarán, y en la tercera un dúo integrado por Olga Pierri y Atilio Rapat.

La Capitana siempre recordaba con irreprimible fastidio lo difícil que fue disciplinar a su partenaire durante los ensayos de un Minuet de Mozart, una Berceuse de Eduardo Torres, la Evocación Criolla de J. Ripp y un Andante Cantábile de Sor.

El dúo trabajó bajo la dirección de su padre, que ya tenía 51 años y se emparaguó (Onetti dixit) para la ocasión con el seudónimo de J. Ripp.

Y fue recién a finales de la década del 40, cuando se formó el Conjunto de Guitarras de Olga Pierri, que don José accedió a figurar como autor de aquellas cuasi canciones (término utilizado por San Juan de la Cruz para definir a sus monumentos líricos) que en los últimos 70 años recorren el mundo entero, y sobre todo después que Álvaro Pierri las empezó a incluir a menudo en sus giras y especiales televisivos.

La noche de 1999 en que se le tributó una especie de muy postergado homenaje oficial al juglar de Pan de Azúcar (contándose con la presencia de algunos de los principales figurones del mundillo tontovideano) tuve el honor de ser elegido para improvisar la charla introductoria a las ejecuciones de las obras.

Lamentablemente, cuando salía de la Asociación Cristiana se me acercó un añejo enfant terrible que se cree un compositor de importancia internacional y jamás fue capaz de conmover a nadie con su tan caótico como pretencioso vanguardismo sesentista, a murmurarme que para ellos (nosotros, me dijo) Pierri Sapere era un músico de séptima.

Y me abrazó desparramando un sarcasmo sonriente y se borró como una culebrita.

A mí me dio hasta pena, porque sabía que él y su esposa soñaban con que Álvaro les interpretara alguna de sus rarezas inocuas, y, Vallejo dixit, eso no fue posible.
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