domingo

JULIO HERRERA Y REISSIG - EPÍLOGO WAGNERIANO A LA “POLÍTICA DE FUSIÓN” (17)


Con surtidos de psicología sobre el Imperio de Zapicán

Todos estos peajeros, y estos Reyes, y estos mercaderes; todos estos guardianes de países y de tiendas, todos son mis enemigos. Abomino todo sacrificio al dios vulgo o al dios éxito. Me repugna lo trivial. Odio la hipocresía y el servilismo como los mayores crímenes. He de decir la Verdad aunque me aplaste el Universo.

NIETZSCHE:

Así hablaba Zaratustra.


Este sentimiento, como queda dicho, no lo poseen los uruguayos que pasan por intelectuales, quienes no aspiran a otra cosa que a prevalecer materialmente dentro del redil de la localidad; a triunfar en el palenque de una política irrisoria; procurando satisfacciones inmediatas y perecederas de exhibicionismo infantiles. No hay quien piense en dejar un nombre, en trabajar para lo remoto, en un esfuerzo que no tenga por recompensa efectos transitorios en que se sacien viciosamente las facultades sensitivas: impresiones del momento, halagos animales, placeres al contado, que es lo que busca el salvaje.

Ningún uruguayo, hasta la fecha, hase sentido con fuerza de acometer una obra que fuera una creación, una proeza del esfuerzo y de la inteligencia, de escribir un libro, de realizar una idea que le asegurase la inmortalidad, de salirse de lo hereditario, de encarnar un poderoso yo, de poner a raya a la naturaleza. Esta falta de ambición implica a todas las luces la no existencia de esa vida interna, de ese poder latente, de ese enérgico fluido de vitalidad que emana de los centros superiores que distinguen, propiamente hablando, al hombre de los animales. Denota de igual manera la rudeza primitiva de nuestra gente, cuyo instinto rutinario, cuya actividad pueril no se sale de lo transitorio, de lo que se satisface con efectos inmediatos, con impresiones del momento, de lo que tiene por raíces las últimas satisfacciones del egoísmo, de lo que constituye la masturbación de las facultades inferiores, de la memoria de los sentidos y de la imaginación reproductora.

Llega a tal extremo la falta de ambición en los uruguayos, que no poseen ni aun la vaga idea de lo que este sentimiento implica, que no conciben ni siquiera la posibilidad de que exista en hombres equilibrados, que estén en su sano juicio. Se sonríen, se mofan cuando alguien les habla de manifestar su espíritu en una obra de importancia, que luche contra lo establecido, contra el sistema imperante, que encierre sus paradojas, cuyo triunfo no importa que se efectúe en tiempos muy apartados. Llámanle loco, imbécil, ridículo a quien pretende hacerles entender que los hombres superiores, los grandes caracteres no buscan los éxitos inmediatos; que para el genio, para el inventor no hay recompensa más grata de sus esfuerzos, no hay más placer que la posesión ideal, el adelanto de goce que implica la posibilidad de un triunfo, que la representación en el tiempo de ese triunfo lejano que se anticipa en imagen.

Por lo común, a quien tal les manifiesta, responden, con aire de filósofos: “Por Dios, amigo, déjese de soñar; no se rompa la cabeza inútilmente; tenga juicio; no pierda su tiempo en ridiculeces; haga lo posible por emplearse; procúrese un dinerito; mande esas cosas al diablo, que no dan ni para comer; un buen empleo es una gran cosa; la cuestión es pasarlo bien; entre a figurar en la política activa; no se ande por las nubes; piense en que la vida es corta; diviértase; trate de ser práctico, de hacerse hombre; de formar una familia. ¿Qué le van ni le vienen a usted semejantes problemas?; deje que otros se quemen las pestañas; si es aficionado a letras, escriba un folleto sobre Quinteros, trate de hacerse cargo de un periódico anticuestista que reviente a todo el mundo; haga la apología de Rivera, que aun está por escribirse la historia de nuestro bando, lo que es una vergüenza para el país. Esas son cosas de verdadero provecho que le darán a usted espectabilidad, aprecio y buenos cobres. Guíese por mis palabras; lo demás se lo lleva el río”.
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