domingo

ENRIQUE AMORIM - LA CARRETA (22)


IV (1)

A uno y otro lado del camino, las tierras laboradas ofrecían un armonioso conjunto. Hondonadas y cuestas, abiertas en surcos la tierra negra, infundían en el ánimo un estado noble de amor al trabajo. La entraña partida por el arado exhalaba un olor penetrante. Paralelos los surcos, determinaban un orden perfecto en las ideas de los que los contemplaban. A lo lejos, un rancho daba la sensación de la propiedad, lo que llaman el progreso lento y seguro. Un labriego, de pie en el medio de la tierra arada aparecía como surgiendo del surco. Alta y fornida estaca de carne y hueso, que traía a la mente una idea sana y alentadora. Imágenes de salud y de vida surgían al contemplar la labor realizada tal vez por aquel ejemplar humano, de pie sobre la tierra. Aquel hombre, vegetal, resuelta bestia de labranza. Era cuanto contemplaba.

Clorinda, cabizbaja, dejando ir sus ojos por la tierra arada. A lo lejos se perdían las últimas casas del pueblo, cada vez más pequeñas, a cada paso más insignificantes.

La carreta avanzaba. Clorinda iba silenciosa. Leopoldina y Rosa, dos chinitas vendedoras de quitanda, parecían viajar muy contentas y alegres. Entre las dos iba una brasilerita robusta y sana, una muchacha se escasos quince años, de pechos opulentos, carota rosada y trenzas a la espalda. Se llamaba Petronila. Tenía unos ojos picarescos y una dentadura pareja, fuerte y blanca, que al reír le aclaraba las facciones.

Adelante iban Secundina y Chiquiño. El muchacho arreaba los animales, conduciendo el carro.

Del circo había salido esta aventura hacia el norte. Matacabayo, dueño de la situación, catequizó, juntamente con Secundina, a la rubia Clorinda. Leonina no quiso correr la suerte de su hermana y, apresuradas por el comisario, tuvieron que decidirse sin pensarlo mucho.

La reconciliación de Clorinda con don Pedro no pudo realizarse. Las “Hermanas Felipe” supieron quién era el canalla que había armado la trampa de la última noche. Todas las culpas cayeron sobre el director. Sebastián y “la leona” casi no tuvieron resentimiento. El tordillo acróbata, por ser el boletero quien más dinero había invertido, quedó en manos de Leonina. Esa misma tarde cruzarían el río para seguir hacia el norte, con Kaliso, su mujer y su oso. Don Pedro se insolentó con el comisario y fue pasado al calabozo. Se guardó los pesos de las últimas funciones y entregó uno de los carretones a Matacabayo, quien lo adquirió por una bicoca. Pagadas las deudas en un santiamén, huyeron todos y quedó don Pedro a la sombra, con el dinero, tranquilo, resignado, pipa en la boca y negra y misteriosa mirada.

Clorinda divisó las últimas casas. Una congoja le apretaba la garganta. La tierra partida con honradez, el apacible paisaje y aquella visión de paz que le infundía el rancho clavado en el medio del labradío, terminaron por entristecerla del todo.

Oía la conversación animada de las muchachas. No eran más jóvenes que ella las dos carperas, pero tenían un carácter más libre de acechanzas. Nada les importaba dejar el caserío, si tenían promesas de Secundina de acampar en la proximidad de una pulpería, donde se realizarían carreras al día siguiente. Clorinda pensó si no sería mejor entregarse como aquellas tres mujeres y confiar en el porvenir. Pensó, para su tranquilidad, que hallaría otra vez a los mismos troperos. Tal vez el de negro, Chaves, volvería a preocuparla.

La Secundina se lo había dicho:

-Te tengo reservado un estanciero que me pidió te llevase a las carreras. Si te acomodás con él, de vas a ráir de todas las mujeres de la tierra.

Un vecino del lugar le había insinuado a Matacabayo su deseo de entrar en relaciones con la rubia.

En aquella promesa fincaba el viaje de Clorinda.

El sol se ocultó tras las casas del pueblo, y la tierra arada, más negra en el crepúsculo, fue quedando atrás. Una nube de polvo velaba el horizonte. Las ruedas sonaban en las piedras del camino. Los cuatro caballos que lo arrastraban eran fustigados por Secundina. Las bridas, en manos de Chiquiño, convertido en un hombre responsable.

Matacabayo había adelante, para conseguir lugar donde ubicar el vehículo.

Se hizo la noche y las mujeres se cansaron de reír y comentar las escenas de la jornada anterior. Se habló de Misia Rita, quien prometió venir con pasteles y fritangas a las carreras. Se pasó revista a uno por uno de los troperos.

Secundina no quiso terciar en la conversación.

Ya entrada la noche, resolvieron acampar. Las tres horas de rodar por malos caminos había hecho enmudecer a las vendedoras de quitanda. Pero cuando vieron las luces de un nuevo caserío se animaron. Era el rancherío de Cadenas.
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