domingo

ENRIQUE AMORIM - LA CARRETA (19)


III (5)

No procedió como los otros, que se lanzaban sobre la presa. Se sentó en un cajón de kerosene, y acariciándose la caña de las botas, provocó la curiosidad de Clorinda. La muchacha, tirada en el suelo sobre unas mantas, le aguardaba.

-¿De ande sos? -le preguntó muy por lo bajo Chaves.

Aquella apremiante pregunta bordeada de oscuridad, sorprendió a Clorinda.

-¿Qué importa de dónde? -le contestó bostezando.

-¿Venís del sur?...

-Sí.

-¿Cuánto tiempo hace que estás con esa gente?

-¡Parecés comisario! Te da por preguntarme ahora… Durante el día te quedás cayadito como con miedo y ahora querés conversar. ¿Sos casado?

-No, soy viudo -contestó con voz velada-. Hace poco tiempo perdí a mi mujer.

-Me lo imaginaba, por el luto… ¿Sos de por aquí?

-De muy lejos, m’hijita… ¡Y enredau en tanto camino, que cada día me parece que está más lejos mi casa!...

-Vení, acostate, y me contás de dónde sos… Yo también he andado mucho. Pero no con el circo. Con un corredor de ferretería, por todo el norte…

-¿Dónde aprendiste a jinetear?

-De chica, en una estancia. Mi padre era puestero y yo caí en la bobada de acostarme con el capataz. Mi padre lo mató de una puñalada…

-¿Está preso?

-Sí, y tumbado por una tuberculosis a los huesos. No puede moverse. ¡Ya va para tres años que no lo veo!

-¡La cárcel es cosa brava y sucia!

-¿Nunca estuviste preso?

-Sí; despaché a un bolichero p’al otro mundo y me tuvieron dos años a la sombra. Lo maté peliando.

-¡A mí me gusta el hombre capaz de peliar! Una vez conocí a uno que tenía el costurón de una feroz puñalada como una víbora que arrancaba del pescuezo y caía hasta la vejiga. ¡Parecía mentira que hubiese estado así, abierto como una res!...

-Tocá este tajo que tengo en la espalda -dijo Chaves, acercándose y guiando la mano de la mujer bajo la camisa.

-¿Una puñalada de a traición?

-¡Eso mismo, pero el que me la dio es el que está bajo tierra!

La mano de Clorinda quedó junto al cuerpo del tropero. Era una mano fría y pequeña, sobre la piel sudorosa de Chaves.

-¡Acostate, querido!... -le insinuó la mujer.

Volcó su cuerpo el hombre. Cayó como un saco pesado. No se movió hasta que Clorinda quitó su mano de la cicatriz. Las ropas, traspasadas de sudor, olían fuertemente. Ella lo besó en el pescuezo y comenzó a respirar hondo, cerca de su oído.

-¿No te cansás de esta vida? -volvió a interrogar Chaves.

-¡Claro que me canso!... ¡Si por lo menos sacásemos algunos pesos!... Pero el negocio del circo es un desastre. Se nos escaparon los pruebistas con toda la plata que hicimos en la ciudad. Es lo que cuenta don Pedro…

-Me gusta verte saltar sobre ese tordillo. No falté a una sola de las funciones. Aura me gusta tocarte las piernas y pienso que no son las mismas que saltan sobre el pingo…

-¿Qué creés? ¿Qué tengo piernas de repuesto? -rió nerviosa.

-No, pero me parece que no sos la misma.

Le acariciaba los muslos con suavidad. La muchacha reía de aquella ocurrencia. Al pasar las manos por los músculos de las pantorrillas se detenía, y los apretaba un tanto. Al llegar a las ligas sostenes de las medias, hacía picar los elásticos sobre la carne.

-¡Che, que me duele!... -protestaba Clorinda.

Se quedaron un rato silenciosos. La oscuridad que los envolvía parecía pesar sobre los cuerpos, juntándolos.

-Me gustaría verte a la luz, las piernas desnudas… ¡Lástima que no se pueda ver ni encender un fósforo!...

-¡Viejito caprichoso!

-Tenés la misma voz que la finada… Así me decía siempre ella siempre: ¡Viejito caprichoso!...

-¡Dejate de hablar de muertos, caray!... Cerrá los ojos y dame un beso…

-Si abro los ojos no te veo lo mismo…
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