domingo

PICASSO SOBRE PAPEL: LAS VARIACIONES SIN FIN DE UN GENIO

Por Julio Villaro

Experimental y versátil, personal y universal a un mismo tiempo, centro y periferia de sí mismo, Pablo Picasso es el artista moderno por excelencia, no sólo porque a lo largo del siglo XX rompió y reconstruyó –siempre con fluido desenfado– el lenguaje plástico cuantas veces quiso, sino por esa inmensa conciencia de sí que lo acompañó desde el principio de su vida como artista. Así lo demuestran estos 74 dibujos seleccionados especialmente por Victoria Noorthoorn –junto a un equipo integrado por Marcelo Pacheco, Laura Hakel y Emilia Philippot– para Pablo Picasso. Más allá de la semejanza: exposición curada por el Museo de Arte Moderno de Buenos Aires con obras prestadas por el Museo Picasso de París, que atraviesa literalmente en una línea la vida de Picasso –y buena parte del siglo XX– a contrapelo de las categorías (harto conocidas) en la historiografía picassiana.
Haber gozado en vida de su éxito como artista –y padecido, mito o realidad, la leyenda cuenta que, al tanto de la cotización en el mercado de su firma, había decidido dejar de utilizar chequeras– podría ser otra de las características que convirtieron a Picasso en un moderno paradigmático. Eso lo llevó a decidir, poco antes de su muerte, que su familia saldara con obras de su colección privada sus deudas con el estado francés.
El Museo Picasso de París cobró forma entonces a partir de todos esos trabajos que eran para él una fuente de inspiración constante, aquellos de los que no había querido desprenderse a lo largo de su vida. “De entre mil seiscientos papeles hicimos una preselección de quinientos, que durante tres meses fuimos todos los días depurando hasta llegar a un conjunto esencial que nos permitiera una utopía: compartir con el público la posibilidad de dar cuenta de la vida artística de Picasso, sus intereses, influencias, obsesiones”, cuenta Noorthoorn. A su ayuda acudió Philippot (actual curadora de artes gráficas del museo en París) para asistir en el proceso de selección y sugerir cambios posibles en caso de que alguna de las obras solicitadas no pudiera llegar hasta las paredes del museo.
La que hoy presenta el Mamba es una muestra que trama de forma orgánica la vida plástica de un artista fundamental de la historia del arte de todos los tiempos con la lógica curatorial que el museo viene desarrollando, particularmente sensible al papel como territorio íntimo y prolífico, usina y fermento de obras plásticas disímiles. No es casual que mientras Picasso se exhibe en el primer piso, en la planta baja del mismo museo puedan verse los papeles inéditos de Antonio Berni (vertiente argentina de la modernidad). “Queríamos establecer un diálogo de muestras entre un importante artista argentino como Berni con Picasso –dice Noorthoorn–. Ambos reflexionando a partir de su encuentro con el dibujo”.
En Picasso, el dibujo funciona además como hilo de Ariadna del cual tirar para no extraviarse en la desmesura de una producción tan cuantiosa como variada. Pintor, grabador, escultor y ceramista, de esta selección de papeles se desprende la preeminencia del dibujo como herramienta fundamental, suerte de sustrato al cual el artista parece volver siempre, acaso para no perderse tampoco él en su propio laberinto. Algo parecido sucede con la figura humana, a la que también vuelve una y otra vez para de-construir y reconstruir según lo necesite. Sobre estas dos ideas principales (y en un mismo espacio, una sala que se pliega y se despliega sobre sí misma) se montan entonces en esta muestra diversos períodos, momentos históricos, políticos y personales.
La muestra inicia el recorrido con sus dibujos tempranos: un joven Picasso aceptado en la Academia que también está al corriente de las rupturas que se vienen gestando en el corazón de los lenguajes. Trazo enfático para figuras que viajan de la línea a la mancha en escenas de la bohemia catalana de fin de siglo. Apuntes de café que van poco a poco alejando su punto de vista: viaje a París y encuentro con la obra de Gauguin y Matisse mediante –también con la escultura ibérica que descubre en el Museo del Louvre– ante el objeto su ojo comienza a poner distancia analítica. Así lo reflejan sus bocetos para diversas pinturas y esculturas de los años 1904 a 1908, composiciones cada vez más sintéticas y en algún sentido monumentales. Figuras en las que el cuerpo se construye en base a gestos, a líneas de movimiento, a direcciones. La inminencia del cubismo deja rastro en estos cuerpos femeninos, trasfondo sobre el que pueden leerse sus pinturas, entre las cuales debe incluirse la célebre “Señoritas de Avignon”, piedra de toque del nuevo lenguaje.
Los dibujos en la sala dan cuenta de la absoluta libertad con que Picasso trabaja, aun cuando se atenga a una programática precisa como lo fue el cubismo. Entre los músicos, mujeres desnudas y hombres con pipa diseccionados en haces y aristas de los años 1914 y 1915, y las figuras de líneas mucho más límpidas que realiza para el Ballet Ruso entre 1916 y 1920, Picasso explora con el papier collé, cuestionando en una misma operación, hechos en un principio tan disímiles como la representación de los objetos en las artes visuales y la guerra. Tampoco duda en ponerse bajo su propia lupa y dar al asunto otra vuelta de tuerca: junto a los papiers collés de la sala puede verse un dibujo, la representación de una de sus composiciones… con papeles pegados.
Las figuras de Picasso no “evolucionan” sino que trasmutan: no hay en su carrera un derrotero progresivo o lineal sino movimientos centrífugos y simultáneos. Entonces en la muestra las obras se precipitan en una sala sin textos, por la que el ojo fluye. Los dibujos conviven, dialogan y hasta se permiten desdecirse. Cada papel refiere un campo de experimentación distinto, condensa un umbral plástico que Picasso abre pero en el que no se detiene.
De la deconstrucción analítica a la síntesis, y de esta al sarcasmo, sus figuras son maleables y ante todo cuestionadoras: tanto en su “Mujer desnuda en un sillón y hombre de bigotes con una botella de vino” como en su “Mujer acostada y guitarrista” (de 1915 y 1914, respectivamente) cierto viraje al absurdo lo emparenta a un surrealismo todavía por emerger. Otro salto lo lleva a realizar mujeres de cabezas pequeñas y cuerpos monumentales, contorsionados, sexuales. Cuerpos que son puro volumen, encastre, cabezas genitales, presencias indescriptibles, corporalidades ambiguas, sugestivas, cuya certeza es imposible de poner en palabras.
Los dibujos de la década del treinta son acaso los más emocionalmente intensos. Ahora los cuerpos, casi inertes son presa de felinos, de quimeras, de la oscuridad misma de la tinta que parece tragárselo todo. En 1936 el fascismo se precipita en todos lados. Picasso deja por un tiempo de pintar, nunca de dibujar. En la sala puede verse la página de su diario con una de sus escrituras automáticas –recurso al que acudía con frecuencia– junto a un maxilar dentado en cuyo centro habita un ojo. Cuerpos atrapados en la misma retícula que les da la forma. Humanidades violentadas, animales fantásticos, bestias.
De la mujer más anónima hasta la más amada, desde los músicos hasta los arlequines y los amigos. Hasta el cuerpo más íntimo está siempre en Picasso atravesado por el filo de la historia. Esto es lo que hizo de su taller (y hace de esta exposición) un fractal de la historia del siglo XX. Y de todas sus variaciones –estilísticas, técnicas, poéticas– una sola insistencia, el mismo modo –genialmente único– de cuestionarse sobre la condición humana.
FICHA
Pablo Picasso / Más allá de la semejanza
Lugar: Museo de Arte Moderno de Buenos Aires (MAMBA), Av. San Juan 350
Fecha: hasta el 28 de febrero de 2017
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