domingo

ENRIQUE AMORIM - LA CARRETA (18)


III (4)

Acompañado por un rasgueo de guitarra, escucharon esta improvisación:


Esta noche la junción
va a ser a candil dormido,
¡nunca cosa igual se vido
Parece en revolución!
Cuando el jefe nos mandaba
volcarle el agua al fogón
y nadie hacía custión
ni nenguno se mamaba.


Aurita va a ser ansina
tuitos de pico cerrau,
algún manotón de ahogau
en la teta de una china,


que si es gauchasa y ladina
va a saberlo aprovechar.
¡Está lindo pa gatear
De la sala a la cocina!


¡Que nenguno se entreviere
ni sufra una reculada!
¡Ya toda la paisanada
Puede tantiar lo que quiere!


Los autores materiales de la farsa descansaban en la carreta, fumaban y reían, distantes unos doscientos metros de las carpas de las vendedoras de pasteles. Vigilaban el escenario, esperando el resultado de la estratagema, listos ya para levantar campamento al día siguiente, con todo lo que de valor tenía en el circo. Los caballos, las lonas, instrumentos de música y las “Hermanas Felipe”. Con ellas habría que arrear también.

Don Nicomedes esperaba, asimismo, el resultado de lo que él consideraba una lección, para terminar con la extraña especie de mujeres, tan nueva por aquellos pagos. Apostado a pocos pasos de la carreta, conversaba con un vecino, un almacenero del lugar. Este estaba al tanto de la tramoya y ponderaba la picardía de don Pedro, seguro de que aquello serviría de escarmiento.

El asistente del comisario, un sargento más serio que un mojón, había sido comisionado para vigilar las tolderías. Pasadas las doce de la noche, se acercó a su superior y le enseñó los papeles que le había entregado Misia Rita.

-Mire lo que me dio la bruja esa, comesario -dijo, alargándole dos papeles de los preparados por don Pedro. -¡Pa comprarme un par de botas, dijo la Mandamás!...

Don Nicomedes cogió los papeles y curioseó:

-¿Y qué hace la vieja esa en la función?

-¡Y… es la capataza, mi superior, la que guarda la plata! Sentadita en el suelo, la muy disgraciada, no pierde el paso a la Leopoldina, la Rosita y l’autra paisanita de la quitanda… La vieja es la que manda más, la que capitanea a las carperas.

-Pero son diablas estas paicas -comentó el almacenero-. Venirse al pueblo nada menos que a hacer esas porquerías. ¡Cochinas! ¿Se da cuenta?...

-¡Pero se las ha fumau lindo el gringo del circo, amigaso! Me gusta el hombre ese, pa lidiar con mujeres. Al ñudo no más, es el que los capitanea a todos esos…

El asistente reía disimuladamente, pasándose la mano por los caídos mostachos.

-Me voy, pa no dar lugar a desconfianza -dijo el comisario. Y, al tenderle la mano al almacenero, aseguró-: ¡Mañana no queda ni rastros de toda esta gentuza, y a vivir tranquilos en el poblau!... ¡Pero hacía falta una lición ansina, para estas emputecidas del otro lau!...

En la toldería, el entusiasmo continuaba. Secundina y la bruja Rita hacían rollitos con la plata. Después iban los supuestos billetes bajo la media o el corpiño.

Entraban y salían los paisanos. Algunos alejados de las carpas, fuera de la vista de la Mandamás, en el pasto, cumplían con el deseo. Había también pasteleras desinteresadas que tenían sus simpatías y preferencias para tirarse entre los yuyos.

Clorinda y Leonina pasaron hasta la madrugada conformando bocas sedientas y manos ásperas, sin decir palabra, sin explicar los hechos, sin contener las ansias. A Clorinda le tocó en suerte un hombre extraño, que formaba parte del núcleo de los troperos. Era un sujeto alto, de cara despejada y facciones nobles. Vestía de luto y tenía esa mirada tan característica de los hombres que sufren en silencio. Al ver el entusiasmo de sus compañeros en la treta de estafar a las mujeres, no titubeó un momento en ser partícipe de la canallada. Entre los hombres de campo hay una solidaridad mucho mayor que entre la gente de la ciudad. No podía aquel extraño sujeto traicionar a su grupo. Tendría unos treinta años, y se llamaba Chaves. Treinta años de soles y vientos ásperos, que bien pueden sumar cuarenta de vida. Se dejaba llevar por la alocada algarabía de sus compañeros y había aceptado de la partida ideada por don Pedro. En su bolsillo tenía diez o quince pedazos de papel secante. Convenció a Clorinda y con ella se fue a la carpa.
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