domingo

LOS RECOVECOS DE MANUEL MIGUEL (20) - Desbocada reinvención de la vida de Manuel Espínola Gómez



Hugo Giovanetti Viola

Primera edición: Caracol al Galope, 1999.
Primera edición WEB: elMontevideano Laboratorio de Artes, 2016.


QUINTA PUERTA: CIERTO REGRESO, CIERTA CONTINUIDAD, CIERTO SUEÑO (4)

Hicimos todo el trayecto -el tramo de la carretera rumbo al norte, el cruce del monte eucaliptuno (según lo adjetivó Manolo) y la posterior caminata hasta Malvín- sobrevolados por una luna llena que apareció como una nave prodigiosamente programada para custodiar a la patrulla del Bromazo.

-Allá está. Es un molino de agua hecho por el 1800 -expliqué al llegar a la cantera, mientras contorneábamos el roquedal proyectado a pico sobre el pequeño valle donde el arroyo viboreaba rielando hasta desembocar en el Río de la Plata.

La fachada casi cuadrada del Molino de Pérez se erguía como una esfinge pulida por las mareas, y su sombra devoraba el ala inferior del edificio -donde vi titilar la ventana del ruso- con una ferocidad de ángulos picassianos.


Mijail no nos hace pasar al subsuelo donde vive. Adentro suena un armonio.

-Tengo visitas -murmura soplando el humo dulzón hacia la luna. -¿Qué precisan? ¿Es urgente?

-Sí -sonríe Tomatito. -Habría que demostrarle a quien sea que CADA SENTIDO OLVIDADO TENDRÁ SU FIESTA DE RESURRECCIÓN. Hoy estos locos lloraron como yeguas viendo De carne somos, allá en Solís de Mataojo.

-Bueno, no se olviden que estamos en 1958 y ustedes vienen de 1931 -se entusiasma el ruso. Hay muchos adelantos. ¿Qué quieren ver?

-La filmación que hicieron en el pueblo -dice Manolo, espiando por la ventana. Y nos hace una seña: -Che, mirá. Ahí adentro está Eduardo Fabini!!!!


-Ahí adentro hay una Brigada del Gran Tiempo trabajando. No armen barullo -nos atajó el ruso. -El que toca el armonio se llama Wolgfang Amadeus y el viejito barbudo León Nicoláievich: siglos XVIII y XIX reconectando diálogos. Joseph Conrad, Eduardo Fabini y Felisberto Hernández están invitados como moderadores.

Y traspuso la diagonal de sombra  y caminó en dirección a la fachada del molino igual que un barco empenachado.


-La MUTACIÓN DEL TIEMPO siempre debe celebrarse frente al COLOR ESENCIAL -nos explica encendiendo dos velas que apenas apenumbran el balcón. -Siéntense en el suelo, hijos.

Los tablones están muy húmedos.

-Oiga -dice Manolo. -¿Por casualidad usted no conoce el Bromazo del Pedo?

-¿El de Quintín Castillos? -se ríe el ruso. -Lo tengo en primera fase de reconstrucción. Sin ángeles.

-No importa -dice Tomatito. -Páselo igual.

Entonces Mijail pone en funcionamiento un destellador de ardor -que parece una farola empotrada en el muro- y las piedras del fondo del galpón se entreabren implantando un escenario tridimensional donde el joven Quintín Castillos galopa hacia el rancho de una familia conocida.

En el rancho con piso de tierra había un bailongo muy iluminado y Quintín ató el caballo y se paró en la puerta después de meses de no frecuentar a los Carrión por unos problemas que habían tenido y cuando la dueña de casa lo vio le comentó altisonantemente a otra comadre No te dije que hasta el terutero cantaba y Quintín dejó pasar la burla y esperó que los bailarines se sentaran y enderezó hacia la hija menor de la casa y empezó a galantearla como si no existiera ofensa capaz de resistir el encanto un poco gordo pero de busto altivo y pupilas de topacio de la moza ya casadera y cuando empezó la próxima polca Quintín sacó a bailar a la susodicha  y al volver para sentarse él terció su ponchito veraniego sobre el respaldo de la silla que iba a ocupar la muchacha quedando parte del mismo sobre el asiento lo cual significaba toda una galantería y cuando ella apoyó la vaporosidad de su vestido  en la paja románticamente tapizada se le escapó un pedo tan fenomenal que no hubo nadie en el bailongo que no quedara oyendo el latir de los grillos y ella se levantó de golpe y corrió llorando para adentro seguida por el mujerío familiar y Quintín se quejaba de la irrespetuosidad de los Carrión dándose golpes en el pecho como los cocoliches de los sainetes y hubo quien se acercó a calmarlo o a disculparse pero el bailarín salió dando zancadas y jurando vengarse y ya nadie lo siguió y al enfrentar los ojos de su caballo le mostró la vejiga a medio desinflar que le había atado a los flecos del poncho y le dijo al alazán Amigazo de aquí fue que salió el pedo mortal y montó y lloró de risa hasta llegar a su casa.
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