domingo

ENRIQUE AMORIM - LA CARRETA (17)


III (3)

-¡Hasta el linyera va a mojar!... -aseguró el boletero, finalizando el comentario-. Le conté la cosa y abrió unos ojos más grandes que dos de oro.

Un pobre linyera hacía días que rondaba el circo en busca de trabajo. Rubio, de ojos claros, llamaba la atención porque de todo y a todos sonreía. Una sonrisa infantil ponía al descubierto una dentadura de incisivos pequeños y parejos, que lo mostraban más inofensivo aun. Al reír se le veían las encías rosadas. No tendría más de treinta años, pero las patas de gallo, las arrugas en la frente y su natural agobiado le aumentaban la edad.

Había que hacerle dos o tres veces una pregunta para que respondiese. De primera intención no iba más allá de una sonrisa. Mugriento, raído, con un insignificante lío de hierbas al hombro, cayó a Tacuaras.

Hizo amistad con un paisano cuentero de ley, quien “improvisaba” a cada instante y con cualquier motivo. Con él andaba el linyera. Lo seguía como un perro.

Desde luego que el paisano, con su labia, lo tenía cautivado. Era un tipo ladino y receloso, que hacía pocas amistades donde iba. Lo llamaban “El Guitarra”, y, aunque le hacían gracias las improvisaciones del paisano, no era personaje simpático.

-¡Parece que tiene malas costumbres! -le dijeron al linyera.

El rubio sonrió.

-Tenga cuidau, muchacho, no le afloje la rienda -aconsejole el mismo-. Yo sé de alguna historia feasa…

Dos troperos que rodeaban al linyera, insinuaron al enterado que contase el cuento.

-¡Pucha!... ¿Cuento le yama a eso? ¡Si se escaparon los gurises por milagro’e Dios! En yegó a las casas y apenitas vio dos lindos paisanitos rubios como este linyera… de entradita nomá se hizo el distráido y largó su matungo sotreta en un potrero que tenía un bajo, de ande no se veía las casas… Preguntó si podía largarlo ayí… Él estaba enterau que era una invernada y se hizo el sorprendido: ¡Canejo!, gritó, chicotiando un palenque; no lo había pensau… Y entonces le pidió a uno de los gurises… que, como les digo, eran lindazos como una muchacha de lindo-; le pidió que le ayudase a tráir el matungo. ¡Pa qué habrá dicho que sí el gurí! ¡Cuando estuvo en el bajo le yevó la carga! ¡Había que ver la disparada del gurí! Aura le conocen las mañas al “Guitarra”. Cuando cai por los pagos donde lo tienen marcau, las mujeres sienten asco y los gurises le arisquean.

-¡Tené cuidau, linyera! -díjole uno de los oyentes, golpeándolo en la espalda.

El linyera sonrió una vez más.

-¡A lo mejor al mozo le gusta! -bromeó el paisano de la historia.

-¡Buena porquería!

-¡Eso no es la pa los cristianos!

Y, en ese instante, se oyó la voz de “El Guitarra”, quien improvisaba payadas en un círculo donde abundaban las parejas.

-¡Pará la oreja que’l “Guitarra” rasca la tripa!
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