domingo

UNA PENÚLTIMA CONVERSACIÓN CON MARIO LEVRERO


por Christian Arán y Pablo Silva Olazábal
SEGUNDA ENTREGA  (ver primera  entrega )
Recién dijiste que no tenías heladera y que estaba bien porque te obligaba a caminar para comprar la carne. ¿En esa época pasabas encerrado por alguna cuestión creativa?
No, ahora estoy mucho más encerrado. Me he vuelto muy fóbico. En aquel tiempo caminaba mucho y por todos lados. Muchísimo en Piriápolis y también en Montevideo. Un paseo casi regular era ir desde la calle Soriano y Río Branco hasta el Obelisco, ida y vuelta por 18 de Julio.
¿Mirando adentro tuyo o mirando al exterior?
Adentro y afuera. Es la forma de mirar que tiene el introvertido, siempre pasa todo por dentro antes de asimilarlo. Por eso soy bastante distraído… si manejara un auto lo habría chocado mil veces. No aprendí nunca por eso mismo. Voy caminando, viendo cosas distintas y de repente un color me llama la atención y me quedo mirándolo. Puede ser un cartel cualquiera, pero lo voy como componiendo, como ubicando en un contexto armonioso. Ordenando el mundo de una manera estética. Es un trabajo continuo, de nunca acabar, pero muy divertido.
Y para esa tarea ¿la gente no te molesta? ¿o contribuye?
Nunca busqué nada ni a nadie, eso es lo interesante. La gente aparece sola. Supongo que luego se da una selección espontánea, me quedo con este y con este no. En un tiempo mi casa estaba totalmente abierta, llegaba todo el mundo y todo el mundo pasaba. Una vez, en un arranque de desesperación eché como a doce personas, de las que solo conocía a cuatro. Cuando vino la Dictadura y la cosa se puso fea tuve que empezar a cerrar la puerta. Actualmente dosifico mucho la visita de la gente, sobre todo por problemas con el sueño. Mi tiempo de vigilia está muy limitado por los trastornos de sueño.
¿Estás durmiendo muchas horas?
Más bien en horarios inadecuados. De pronto me acuesto a las 8 de la mañana, entonces el tiempo útil de vigilia para lo social se restringe. Es muy pequeño porque vivo mucho de madrugada, cuando la gente está durmiendo. Por eso necesito reglamentar el flujo de visitantes. Además las reuniones con muchas personas me molestan porque no tienen profundidad, es imposible tener un diálogo profundo. Por eso trato de reunirme con una sola persona cada vez. Eso permite más el diálogo de alma a alma. Si no todo es muy superficial.
Así que de joven tu casa era el punto de encuentro de mucha gente.
Sí, tocaban timbre y yo abría la puerta. Sonaba el teléfono y atendía. No había contestador automático en aquella época.
¿De qué edad estamos hablando?
De mis 25, 26 años.
Y un día típico en aquella época ¿cómo era?
Difícil decirlo. Esquemáticamente, de mañana contestar correspondencia, de tarde hacer los mandados, de noche caminar bastante por la ciudad… 
¿Dónde vivías?
En la calle Soriano, esquina Río Branco. Viví ahí desde los ocho años.
¿Y Piriápolis qué significaba? ¿Las vacaciones?
No se trataba de eso. Como yo no trabajo no tengo vacaciones. Pasaba períodos, un fin de semana, una semana, un mes, tres meses, hasta que me aburría del lugar.
¿En qué momento descubriste Piriápolis?
No lo recuerdo, tenía 20 años y pico cuando mis padres alquilaron una casita allí para pasar la temporada de verano, pero pagaron por ella todo el año. Un día me aburrí de trabajar en la librería y planté todo. Me fui a aquella casa en pleno invierno. Allí hice amistades, como el Tola (Invernizzi), un pintor, un artista que me impulsó a la literatura. Era una especie de cacique o caudillo de Piriápolis, un tipo extraordinario. Así que en determinado momento pasé a tener dos lugares para vivir: Piriápolis y Montevideo, cada uno con sus características, cubriendo cada uno ciertas necesidades.
¿De joven eras lector?
Sí, de niño. Sobre todo de novelas policiales desde los diez, doce años.
¿En tu casa se leía, había biblioteca?
Muy pocos libros. Creo que mi madre me estimulaba un poco, tengo para agradecerle que me haya descubierto a Sherlock Holmes, por ejemplo. Otro factor muy importante era la curiosidad. Sigo siendo un lector insaciablemente curioso.
¿De joven tenías un panorama de lo que iba a ser tu vida?
Para nada. Nunca tuve lo que los psiquiatras llaman proyección de futuro. No sé, a veces alcanzo a ver hasta el día de mañana pero hasta por ahí nomás. No soy ambicioso.
Se nota que no sos ambicioso. Es de las cosas más lindas que tiene tu literatura.
No nos engañemos, no soy ambicioso porque soy demasiado ambicioso.
Me arruinaste la teoría.
Soy un tipo insaciable. Si le diera rienda suelta a lo que es mi tendencia natural sería alguien terrible, inimaginablemente ambicioso.
¿Insaciable en qué sentido, como Napoleón?
En cualquier sentido. En todo, cualquier cosa horrible que se te ocurra. Creo que tempranamente empecé a crear defensas porque veía que mis ambiciones, además de ser inalcanzables, eran prácticamente totales. Abarcaban el Universo.
¿Por ejemplo?
Por ejemplo la librería. Estaba siempre disconforme con ella. Veía que había otras mejores y yo quería tener la mejor de todas, pero la verdad, no solo no era la mejor sino que al revés, era una mierda. Qué le vamos a hacer. Pero siempre luchaba por mejorarla. Todo eso era inútil y además para qué, si a mí no me interesaba demasiado el dinero. Cuando me di cuenta de esta tendencia de mi personalidad empecé a ir hacia el lado contrario: si no puedo tenerlo todo entonces no quiero tener nada. Es más realista.
Un poco extremista también.
Sí, por eso empecé a perder muchas cosas valiosas. Simplemente las perdía o las prestaba y no me las devolvían. Todo lo que se te ocurra: cámara fotográfica, filmadora, colecciones enteras de discos, bibliotecas... Si mi pareja se deshacía y nos separábamos yo, por ejemplo, no me llevaba nada, salvo un bolsito con mis calzoncillos. Todas mis cosas quedaban ahí. Cuando me trasladaba a otro país lo mismo: dejaba las cosas, las abandonaba. Algunas se recuperaban pero la gran mayoría se perdía para siempre.
¿Y con la escritura sos igual de ambicioso? ¿Te proponés hacer el mejor libro, ser el mejor escritor?
No, si pensara eso no escribiría. Me bloquearía.
Hay muchos escritores que piensan eso…
Sí, pero así les sale también. Escribir para mí es un diálogo conmigo mismo, una forma de conectarme con un ser interior. Es lo que más me interesa, porque al poner las cosas por escrito va surgiendo una información que yo no sabía que existía. Después, al leerla y meditarla, la voy asimilando, la voy haciendo mía. Me voy conociendo más y mejor. Es decir, voy ensanchando mi ser. Los relatos, las novelas son como una puesta al día de mí mismo. Yo no tengo una percepción afinada de mí, no me percibo mucho profundamente, ni me conozco naturalmente, nunca sé bien dónde estoy ni qué soy ni quién soy. Al escribirlo voy incorporando toda esa información. El proceso de escribir me forma incluso como persona. Me voy creando sobre eso que sale a través de la punta de los dedos. Dicho de otra forma, escribir es para mí una forma trabajosa y complicada de hacer conciencia.
Entonces, releés tus libros. ¿Sos un buen lector de vos mismo?
A veces sí, pero no demasiado, no hace falta. Es en el momento de la creación literaria cuando se produce el fenómeno de creación de conciencia.
Y en tu experiencia personal, ¿no está un poco prostituido el mundo creativo?
Al principio yo tenía la idea ingenua que tiene todo el mundo sobre el proceso editorial, la idea de que es un proceso serio y sólido. Después, cuando empecé a publicar, me fui dando cuenta lentamente de que no era así. Concursos tramposos, jurados acomodaticios, editoriales que roban, donde nunca cuenta el mérito artístico o el valor intrínseco de la obra, etcétera. Nada era serio. Todo absolutamente una joda, un juego entre económico y político. Apenas vi cómo venía la cosa dije “bueno, este mundo no es para mí” y me aparté. Pero es cierto que en algún momento, en los inicios, vi todo con ojos ingenuos como si realmente el proceso fuera una cosa importante y no lo es para nada.
¿Pasaron años de la primera publicación hasta que te diste cuenta?
No, fue bastante rápido.
¿Uno se puede perder en eso?
Se pierden todos.
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