domingo

ENRIQUE AMORIM - LA CARRETA (14)


II (4)

-¿Qué cojinche es ese?... Yo no sé nada… -aseguró don Pedro.

-¡Avise, si me quiere hacer pasar gato por liebre! -lo encaró don Nicomedes, levantando su mano hasta la reja de la comisaría, como para sostener su pesado cuerpo. Y prosiguió enérgico-: Le hablo de ese negocio que han formau las carperas en combinación con su gente. Cuando se les acaban las fritangas y la rapadura empiezan a vender lo que no puede permitirse… Entre la vieja Secundina y el Matacabayo ese, han armau un negocio muy productivo… Las hermanas que jinetean, ya lo habrá visto usté, también se han enrolau… ¿Acaso usté no lo sabe? ¡Déjeme de cuentos, amigaso!... Yo se lo permito por unos días, porque me gusta la alegría. Pero más de una semana, imposible. ¡La justicia no lo puede tolerar, amigaso!

Don Pedro, rojo de indignación, juró ignorar el negocio. Dijo que habría que vengarse de aquella gente, que echaba a perder el oficio.

Don Nicomedes terminó el diálogo con una orden:

-Hay que preparar la retirada. Mañana deben empezar a levantar el toldo, y con la música a otra parte. Yo sé que las chinas pasteleras, la Leopoldina, Rosita y la vieja esa que las ayuda, son las que ha inventau la cosa. Usté no tiene la culpa. ¡La indiada anda alzada y puede ser peligroso si a algún borracho le da por hacer escándalo una noche de estas!...

A Don Pedro se le ocurrió una idea. Y, hombre de empresa, se decidió a ejecutarla. Para ello sólo le hacía falta el apoyo del comisario:

-¿Me deja una noche más, comisario? Mañana es domingo y va a caer gente al circo. Sólo le pido un favor. Obligue a que en la carpa de las vendedoras de quitanda no se pueda hacer fuego, ni encender luz, después de medianoche.

A don Nicomedes no le gustó mucho el pedido. Rogó al director que le explicase sus planes. El hombre no tuvo reparo en ello, desde que, sin la colaboración del comisario, le sería imposible vengarse. Lo enteró de un plan ingenioso para burlar a las atrevidas.

-¡Sabe que es muy gracioso, amigaso, muy gracioso!... ¡La pucha que había sido vivo usté!... Bueno, hágalo, pero ni mus de habérmelo contau… Como me comprometa, lo meto preso… ¡Ja, ja, ja, que había sido bicho! ¡Me gusta ese escarmiento! Así no tendremos que proceder y recibirán una buena lición esas locas… ¡Pucha que me voy a rair con esa treta! ¡Acetau, amigaso!

Don Pedro triunfaba, y se mostró satisfecho.

El asistente de don Nicomedes, que los había seguido sigilosamente, sin ser visto por el director, abrió la puerta de la comisaría. Rechinaron los goznes y salió un perro de la casa, coleando y haciéndole fiestas al comisario. Entraron los dos hombres y, frotándose las manos, el director se dirigió hacia la carreta donde tenía su cama tendida. Antes de cerrar los ojos para buscar el sueño, exclamó  fuera de sí:

-¡Malditas perras. Me las van a pagar!

A lo lejos, se arrodillaba una capillita tocada de gris. Amanecía.
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