domingo

LA TIERRA PURPÚREA (82) - GUILLERMO ENRIQUE HUDSON



XIX / CUENTOS DE LA TIERRA PURPÚREA (7)

El cuento de Lechuza dio gran satisfacción. Yo no dije nada, quedando medio atontado de asombro, porque era evidente que el hombre lo había contado enteramente convencido de que era verdad, mientras que los otros parecían aceptar cada palabra con la más implícita fe. Empecé a sentirme muy desanimado, pues era evidente que ellos esperaban ahora algo de mí, y qué cosa contarles, no sabía. Me repugnaba ser el único embustero entre estos extremadamente veraces orientales, así que ni por pienso podría haber inventado algo.

-Amigos -empecé, por último- soy solamente un joven; además vengo de un país donde no suceden con frecuencia cosas maravillosas, de modo que no puedo contarles nada comparable en interés a los cuentos que he oído contar aquí esta noche. Sólo puedo relatarles un pequeño incidente que me pasó en mi país, poco antes de venirme. Es, tal vez, trivial, pero servirá para contarles algo de Londres, aquella gran ciudad de la cual habrán oído hablar, seguramente.

-¡Sí! Hemos oído de Londres; está en Inglaterra, creo. Pues bien, cuéntenos su cue de Londres-, dijo Blas animándose.

-Yo era muy joven, tenía sólo catorce años-, continué lisonjeándome de que mi modesta introducción no había dejado de producir su efecto-, cuando una noche fui de mi casa a Londres. Era en el mes de enero, en pleno invierno, y todo el país estaba cubierto de nieve.

-Perdone, mi capitán -dijo Blas-, pero usté ha tomao el pepino por el revés. Nosotros aquí en la Banda Oriental, decimos que Enero está en el verano.

-En mi país no es así, donde las estaciones son todo lo contrario de aquí. Cuando me levanté a la mañana siguiente, todo estaba oscuro como la noche, pues había caído una neblina negra sobre la ciudad.

-¡Una neblina negra! -exclamó Lechuza.

-¡Sí! Una neblina negra que duraría todo el día y lo haría más negro que la noche; pues, aunque estaban alumbrados los faroles en las calles, no daban luz.

-¡Ay juna! -exclamó Rivarola-, no hay agua en el balde. Tengo que ir al pozo a buscar un poco de agua, o no tendremos una gota que beber en tuyita la noche.

-Me parece que por lo menos podría esperar hasta que acabe mi cuento.

-¡No, no, mi capitán! -repuso él-. Siga con su cuento nomás, no podemos estar sin agua. -Y tomando el balde, se marchó.

-Viendo que iba a estar obscuro todo el día-, continué- resolví irme a corta distancia, no enteramente fuera de Londres, ¿entiende? Sino a unas tres leguas de mi hotel, a un gran cerro donde pensé que la neblina no estaría tan espesa y donde hay un palacio de cristal…

-¡Un palacio de cristal! -repitió Lechuza, fijando severamente en mí sus enormes ojos redondos.

-¡Sí, un palacio de cristal! ¿Qué tiene de muy maravillosos eso?

-¡Mirá Mariano! ¿Vos tenés tabaco en tu chispa? -preguntó Blas-. Disculpe que lo interrumpa, mi capitán, pero las cosas que usté nos está contando piden un cigarrillo  y mi chispa está vacida.

-¡Muy bien señores! Tal vez que ahora me permitan proceder-, dije empezando a fastidiarme un poco estas continuas interrupciones. -Un palacio de cristal suficientemente grande para contener toda la gente de este país…

-¡Por Dios santo! ¡Mirá, Mariano! Tu tabaco está como yesca de seco-, exclamó Blas.

-Eso no tiene nada de raro -dijo el otro-, porque lo he tenido en el bolsillo hace tres días. ¡Siga nomás con su cuento, mi capitán! Usté iba diciendo algo de un palacio de cristal en que cabía tuita la gente del mundo entero. ¿Y qué pasó entonces?

-¡No! No seguiré con mi cuento -contesté, enojándome ahora-. Es muy evidente que ustedes no quieren oírlo. Sin embargo, señores, por mera cortesía, podrían ustedes haber disimulado un poco su falta de interés en lo que estaba por contarles, pues he oído decir que los orientales son una gente muy cortés.

-Eso es demasiado decir, amigo -interumpió Lechuza-. Acuérdese que estábamos hablando de cosas de veras, y no inventando cuentos de neblinas negras, palacios de cristal y de hombres que andan patas pa arriba y qué sé yo qué otras maravillas.

-¿Creen ustedes, entonces, que no es cierto lo que le estoy inventando? -pregunté, indignado.

-¡Pero amigo! ¿Usté seguramente no nos creerá tan simples en la Banda Oriental pa no poder distinguir entre un cuento y la verdá?

¡Y esto, del individuo que acababa de contarnos de su trágico encuentro con Apolonio, un cuento tan increíble que hasta la relación de Bunyan mismo quedaba en la sombra!
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