domingo

LA PEQUEÑA CRÓNICA DE ANA MAGDALENA BACH (17) - ESTHER MEYNEL


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Pero no había de permanecer mucho tiempo en Mulhausen. No encontró allí el ambiente necesario para desarrollar en la forma que él quería la música sagrada. En aquella época había constantes controversias entre teólogos y doctores, y mi querido Sebastián, cuya fe era tan sencilla como profunda, y completamente inquebrantable por disputas sobre pequeñeces, creyó que su música no podía florecer en aquel ambiente lleno de discusiones. Por lo cual escribió al Consejo Municipal de Mulhausen: “Aunque siempre he considerado como meta de mis esfuerzos el dirigir la música sagrada en honor de Dios y de su voluntad, y he dedicado todos mis esfuerzos a extender la música por todos los pueblos de los contornos, he encontrado toda clase de obstáculos y, por el pronto, hay poca probabilidades de que las circunstancias varíen”. Esto aparte, sus ingresos, eran tan exiguos que tuvo que añadir: “Además, debo comunicaros humildemente que, descontados el alquiler de la casa y demás gastos indispensables, casi no me queda lo necesario para vivir”.

Cuando el duque de Sajonia-Weimar le comunicó que le confiaría con mucho gusto la plaza de organista de la corte y director de la orquesta de cámara, se puso muy contento de pensar en trasladarse a aquella pequeña ciudad, tan alegre, rodeada de bosques, de agua y de colinas.

En Weimar, el tercer día de las fiestas de Navidad de 1708, nació su primer hijo. La niña Catalina Dorotea. Era una muchachita de trece años cuando me casé con su padre y fue siempre para mí un consuelo y una ayuda en la casa, pues me auxilió, como una verdadera hija, en la crianza de mis hijos y en el cumplimiento de otras muchas obligaciones hogareñas. Los cuatro hijos de Sebastián que encontré en la casa cuando entré en ella como su esposa querida -puesto que los dos gemelos y el pequeño Leopoldo estaban ya bajo tierra, donde también hube de llevar a varios de los míos- fueron siempre para mí unos hijos e hijas buenos y obedientes; al poco tiempo de mi entrada en casa de Sebastián, me parecían hijos propios, y también ellos veían y sentían en mí a una verdadera madre. Yo no podía amar a Sebastián y no hacer míos a los que eran su carne y su sangre. Su hijo predilecto era el mayor de los varones, Friedmann, lleno de virtudes y de claro entendimiento, unido a su padre por una simpatía extraordinaria y, sin embargo, destinado a herir a su padre en lo más sensible; porque, aunque tenía los talentos de los Bach, carecía de su constancia y su buen juicio.

Pero solemos querer más a los hijos que nos hacen sufrir, y eso le ocurría a Sebastián, aunque su corazón era lo suficientemente grande para rodear de cariño paternal a todos sus hijos. Yo creo que sentía por Friedmann lo mismo que yo sentía por mi Godofredo, aunque Friedmann era un hombre brillante y de gran talento, mientras que me querido Godofredo no era sino lo que solemos llamar “un buen chico”. También creo algunas veces que el Todopoderoso nos da, por medio de nuestros hijos, las lecciones más profundas. El darles la vida y el perderlos, es alegría y esa pena, son anillos que nos sueldan a la cadena de la Eternidad.
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