domingo

JULIO HERRERA Y REISSIG - EPÍLOGO WAGNERIANO A LA “POLÍTICA DE FUSIÓN” (7)


Con surtidos de psicología sobre el Imperio de Zapicán

Todos estos peajeros, y estos Reyes, y estos mercaderes; todos estos guardianes de países y de tiendas, todos son mis enemigos. Abomino todo sacrificio al dios vulgo o al dios éxito. Me repugna lo trivial. Odio la hipocresía y el servilismo como los mayores crímenes. He de decir la Verdad aunque me aplaste el Universo.

NIETZSCHE: 
Así hablaba Zaratustra.


Esto explica el odio de nuestro pueblo, odio ínsito, irresponsable, casi de bestias, a los que emprenden innovaciones, a los que se distinguen en sus prácticas y en su carácter de la bobálica totalidad. “Según Tylor, los africanos muestras un odio selvático a toda innovación, castigando con una multa a los que emplean en su trabajo usanzas europeas”. “¡Yo soy blanco hasta la muerte; soy y seré colorado, como lo han sido mis abuelos!” exclaman nuestros bípedos. Dicen los negros husas: “¡Queremos hacer lo que han hecho nuestros padres!”. No hay en esto diferencia entre los salvajes y nuestros hombres.

En el concepto de los uruguayos el que varía en sus modos de pensar es un miserable tránsfuga; un descarado traidor; o bien, dicen del hereje: “se ha enloquecido”. Ellos no ven el cambio la conquista de una idea que antes no se tenía, el rayo fulgurante del camino de Damasco; la marcha hacia la Verdad por las estepas de la reflexión; que se pasa de la noche a la mañana como dice Michelet; el abandono de los pesados arreos llenos de pátina convencional por el pelo modernista que abre sus pliegues soberbios al viento de las persuasiones.

Cuando se reprochó a Víctor Hugo que hubiese cambiado con frecuencia de ideas políticas y filosóficas, dijo serenamente el genio de La Leyenda…: “He cambiado, he subido, he dominado otros horizontes, otros panoramas; voy en marcha a la Verdad; el hombre que piensa como pensó, ¿qué ha podido comprender, qué le ha enseñado el pensamiento?”.

Sólo el salvaje no cambia porque no ve nada de nuevo; es incapaz de subir un tramo de la evolución. “El que deje nuestras filas es un puerco”; “firme hasta que me trague la tierra; “viva eternamente esta divisa”; “a la horca los veletas”, son los gritos de una turba millonaria de hombres y mujeres aferrados a las creencias históricas de que Rivera y Oribe han sido y serán los salvadores de la patria, los mesías eternales de la humanidad, aquellos en quienes el mundo tiene fija la atención, y sin los cuales no se concibe gloria ni adelanto (1).

Y no tan sólo en política y en hábitos sociales, sino en distintas especulaciones de la inteligencia, los uruguayos se manifiestan rocosos, inconmovibles, momias, estacas de razonamiento, peludos de la convicción. No hay quien les pueda mover el seso. Son ciegos que no quieren ver. Ni Aristóteles ni Buda podrían hacerlos variar. Ellos jamás se equivocan; siempre se hallan en lo cierto. A semejanza del indio creek, quien según Spencer, se ríe estrepitosamente cuando le proponen que altere costumbres y géneros de vida, desde hace tiempo en vigor, los uruguayos se mofan hasta caerse de hilaridad cuando es les habla de las doctrinas sociales, del anarquismo científico, de las nuevas inducciones de la psicología, de la socialización, del problema del trabajo, del sofisma legislativo, de la barbarie judicial, de la criminología, de la sugestión, de los fenómenos telepáticos… Para ellos ser rojo o nacionalista es sólo hallarse en lo cierto. Lo demás es todo un sueño ridículo de charlatanes, de pobres desequilibrados.

Esta necia seguridad, este quietismo impertérrito, esta firmeza petrosa de arquitectura pelasga, que se la elogia llamándosela constancia, es un símbolo inequívoco de estagnación de la mente, de ascético sedentarismo y constituye una prueba del aislamiento intelectual en que viven nuestros hombres respecto al mundo civilizado; de su tosca mecánica primitiva, de que sus vibraciones cerebrales difieren poco de la acción refleja, de que se representan los hechos ni más ni menos que como el salvaje. Lo afirma Spencer donde dice: “Cuando las creencias son inflexibles, inquebrantables, que es carácter de inteligencias imperfectas, la correspondencia con el mundo externo es menos lata, la representación de los fenómenos es escasísima, y la inteligencia dista menos de ese estado mental inferior, en el cual las impresiones causan invariablemente los movimientos automáticos” (Principios de Sociología).

El horror a variar, o misoneísmo como llama Lombroso a esta espantosa aversión contra lo nuevo, asume en nuestras gentes proporciones fenomenales. Sabido es que esta hostilidad es más aguda en los salvajes, en el niño y en el animal, y se la encuentra en mayor o menor grado proporcional a la estupidez de los individuos. Tal espanto en nuestros hombres por una cosa cualquiera distinta de la que existía, que provoca en ellos sensaciones desagradables -o como dice un psicólogo- convulsiones atávicas, es una prueba explícita de la ordinariez de su intelecto, enlazado como un murciélago a las rutinas más seculares. Agregaremos a los citados algunos otros ejemplos que demuestran hasta qué punto llega el misoneísmo de la nación, el cual puede ser comparado al de los hotentotes, al de los sumatrenses, al de los negros husas y al de los dayacos, que según Tylor se enloquecen en cuanto ven algo que les desagrada.



Notas

(1) El misoneísmo de los uruguayos pudiera tener por símbolo las murallas de la China.

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