domingo

JULIO HERRERA Y REISSIG - EPÍLOGO WAGNERIANO A LA “POLÍTICA DE FUSIÓN” (6)



Con surtidos de psicología sobre el Imperio de Zapicán

Todos estos peajeros, y estos Reyes, y estos mercaderes; todos estos guardianes de países y de tiendas, todos son mis enemigos. Abomino todo sacrificio al dios vulgo o al dios éxito. Me repugna lo trivial. Odio la hipocresía y el servilismo como los mayores crímenes. He de decir la Verdad aunque me aplaste el Universo.

NIETZSCHE:
 Así hablaba Zaratustra.

Dice el autor de Principios de Sociología: “Como el medio en que se agita el hombre primitivo es de tal condición que las relaciones que sostiene con las cosas están relativamente limitadas por el espacio y el tiempo, así como por la variedad, las asociaciones de ideas que forma son poco susceptibles de alteración. A medida que las experiencias, ora propias, ora ajenas, recogidas en más vasto círculo, se hacen más heterogéneas, las primeras nociones estrechas, adquiridas a la sazón que no existían experiencias contradictorias, se hacen más plásticas, y entonces es cuando las creencias son más modificables.”

Siempre que se establezca un paralelo entre el primitivo y el uruguayo preciso es regirse por un criterio de relatividades equivalentes, sin el cual no hay comparación que resulte lógica. En este punto de nuestro análisis es necesario considerar lo distinto que es el medio en que se agitan ambos, no obstante la semejanza relativa en la invariabilidad de las costumbres, en la monotonía del mecanismo social, en el límite homogéneo de las correspondencias, de lo que se deriva una pobreza monótona en el trabajo del pensamiento.

El hombre incivilizado es un producto de la oscuridad del medio; sus relaciones con las cosas se hallan limitadas, como hemos visto, por el espacio y el tiempo; sus experiencias son tan simples como iguálitas. Asimismo, es indudable que nuestros hombres en sociedad son el fruto legítimo de un medio primitivo cuyos aluviones inmigratorios de una crasa ordinariez constituyen un receso intelectual agudamente acentuado. Las correspondencias que mantienen nuestros elementos híbridos con las cosas tiene por valla, lo hemos probado, el tiempo, la variación y el espacio. No existiendo relaciones de futuro, que merezcan este nombre, ni cambio de perspectivas, ni nada que no implique un familiarizamiento consuetudinario de la mentalidad con impresiones monótonas y continuas, dentro del círculo empírico de los hechos particulares, las asociaciones de idea resultan lógicamente poco susceptibles de modificación. Sólo una heterogeneidad de experiencias propias y ajenas de índole contradictoria, recogidas en un exterior más vasto, pudiera hacer más susceptibles de cambio las nociones rudimentarias de nuestra gente, y en tal caso resultaran sus creencias más modificables, vigorizándose el orden de la evolución. Lejos de los uruguayos las curiosidades expectantes del intelecto susano, las ventilaciones de la psique perfeccionada, el acomodamiento a su carácter y al organismo social de las corrientes translúcidas que emanan de otras esferas. Su instinto de circunscripción y de quietud timorata; su índole disyuntiva; su impavidez conservadora, la tendencia a la homogeneidad, se oponen absolutamente a los vínculos integrativos, a la admiración del pensamiento extranjero. Hoy como hace media centuria la potencia refractaria lucha contra la Europa; el viento de las ideas y de las grandes pasiones que se baten en los teatros más cultos no puede franquear el muro de localismo aborigen que defiende con tenacidad el espíritu de nuestro pueblo. En el medio del fragor universal que produce el desmoronamiento de sistemas y legislaciones, el entrevero de los fluidos anímicos, de las tendencias mentales, el derrumbe de lo que se aplasta y la ola de lo que triunfa, el Uruguay es un pantano lúgubre de política trasnochada, de costumbres pastoriles, de trivialidad eglógica, de práctica empedernidas: un cementerio de campo donde se adora morbosamente los manes de dos caudillos. Nadie da un paso adelante; la sociedad es un rebaño homogéneo que marcha, paso a paso, por las sendas más trilladas, al son de las antiguas esquilas. El uruguayo, como el hombre primitivo, es conservador en alto grado, para lo cual tiene un entusiasmo de conserje de Museo. El “horror a variar” que dice Spencer, lo estrecha en los redila de las experiencias ordinarias. “Esta aversión a la novedad es el carácter del hombre incivilizado. Su sistema nervioso más sencillo pierde muy pronto la plasticidad y se incapacita para acomodarse a nuevas maneras. De ahí resulta una adhesión inconsciente a las costumbres establecidas”.
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