sábado

LA TIERRA PURPÚREA (78) - GUILLERMO ENRIQUE HUDSON


XIX / CUENTOS DE LA TIERRA PURPÚREA (2)

Al anochecer nos hallábamos todos muy despiertos y nos sentamos hasta muy tarde en la noche alrededor del fuego que habíamos hecho en el hueco, tomando mate y conversando. Estábamos todos muy habladores, y luego que hubimos agotado los temas corrientes de conversación en la Banda Oriental, nos pusimos a conversar de asuntos extraordinarios, de animales raros, fantasmas y otras maravillosas aventuras.

-El modo como la lampalagua caza a su presa es muy curioso -dijo uno de los circunstantes, llamado Rivarola; era un hombre grueso, de enorme barba y bigote negros, de feroz aspecto, pero de suave mirada y voz arrulladora.

Todos habíamos oído hablar de la lampalagua, especie de boa que se encuentra en estos países; es de cuerpo muy grueso y de movimientos extremadamente tardos. Se alimenta de los roedores mayores y los caza, creo, agitándolos adentro de sus madrigueras, donde no pueden correr ni escapar a sus mandíbulas.

-Les contaré lo que vide una vez, pues nunca jamás he visto cosa más rara -continuó Rivarola-. Pasando un día a caballo por un monte, divisé a alguna distancia delante de mí a un zorro sentao en el pasto oservándome mientras me acercaba. De repente, lo vide dar un brinco en el aire y dio un gritazo de susto; entonces cayó al suelo, ande quedó aullando y mordiendo, como si estuviera luchando por su vida con algún alversario invisible. Luego empezó a alejarse por el monte, pero muy despacito, y siempre luchando desesperao. Parecía estar que ya no podía más de cansao; arrastraba la cola, echaba espuma por el hocico y le colgaba la lengua ajuera, mientras que siempre se movía como si fuera arrastrao por alguna soga invisible. Lo seguí de cerquita, pero no me hizo ningún caso. A veces, enterraba las uñas en la tierra, o agarraba algún tallo o rama con los dientes y se quedaba descansando algunos momentos, hasta que por fin el tallo o la rama aflojaba; entonces empezaba a revolcarse en el suelo dando juertes aullidos, pero siempre arrastrao hacia adelante. Luego vide en la dirección en que íbamos caminando, una enorme serpiente del grueso del muslo de un hombre, con la cabeza levantada alta sobre el pasto y sin moverse, tal como si juera de piedra. Su boca, como una cueva de color de sangre, la tenía de par en par abierta y la vista fija en el zorro. Lo que llegó a unos veinte pasos de la serpiente, el zorro empezó a moverse a toda priesa por el suelo, sus esfuerzos para librarse iban haciéndose más y más débiles cada momento, hasta que parecía estar volando por el aire y lueguito llegó a la boca de la serpiente. Entonces la culebra agachó la cabeza y empezó a tragarse a su presa tranquilamente.

-¿Y quiere decirnos, amigo, que usted mismo vio eso? -le pregunté.

-Con estos mesmísimos ojos -repuso, señalándolos con la bombilla del mate que tenía en la mano-. Esa jue la única vez que he visto a la lampalagua cazar a su presa, pero todo bicho ha oído hablar del modo que lo hace. Ha de saber, señor, que la lampalagua arrastra a un animal hacia ella, gracias al poder que tiene de chupar el aire. A veces, lo que el animal al que quiere hacer presa es muy juerte o está alejao, digamos a una media legua, se enyena tanto de aire la lampalagua, mientras está arrastrando a su vítima, que… que…

-¡Que revienta! -le sugerí.

-Que tiene que dejar de arrastrarla pa soltar el resuello. Lo que esto sucede, el animal, viéndose libre de aquella juerza que lo arrastra, aprieta a correr a tuito escape. ¡Pero es al ñudo!, pues apenas echa ajuera la serpiente tuito aquel viento acumulao, con un estallido como el estallido de un cañón…

-¡No! ¡No! ¡Como un fusil! Yo mismo lo he oído -interrumpió Blas Arias, uno de los oyentes.

-Como un fusil -continuó Rivarola-, cuando güelve otra vez a chupar el aire; y ansina sigue la lucha hasta que por último la vítima es arrastrada dentro del garguero del monstruo. Es bien sabido que la lampalagua es la más fuerte de tuitas las criaturas que Dios ha criao, y que si un hombre en pelota pelea con una y la gana por la pura juerza, el poder de la serpiente le dentra a él ansina que naides se la gana.

Me reí de esta fábula y mi falta de seriedad fue severamente reprendida.
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