domingo

CONDE DE LAUTRÉAMONT (ISIDORE DUCASSE) 79 - LOS CANTOS DE MALDOROR


CANTO TERCERO

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Respondió sin reparo a mi atrevida pregunta, y he aquí cómo lo hizo: “No te preocupes por mí. Así como la bruma de los ríos se arrastra a lo largo de las laderas de la colina, y, una vez alcanzada la cumbre, asciende a la atmósfera formando nubes, así tus inquietudes en cuanto a mí han ido aumentando insensiblemente, sin un motivo justificado, y forman por encima de tu imaginación el cuerpo falaz de un espejismo desolador. Te aseguro que no hay fuego en mis ojos, aunque yo experimente la impresión de que mi cráneo estuviera colocado dentro de un casco de carbones encendidos. ¿Cómo pretendes que las carnes de mi inocencia hiervan en la caldera si no oigo más que gritos débiles y confusos, que para mí son tan sólo los gemidos del viento que pasa por encima de nuestras cabezas? Es imposible que un escorpión haya fijado su residencia y sus afiladas pinzas en el fondo de mi órbita despedazada; creo más bien que son poderosas tenazas que trituran los nervios ópticos. Sin embargo, coincido contigo en la opinión de que la sangre que llena el recipiente, fue extraída de mis venas la última noche por un verdugo invisible mientras yo dormía. Te he estado esperando mucho tiempo, hijo amado del océano, y mis brazos entumecidos entablaron un inútil combate con Aquel que había penetrado en el vestíbulo de mi casa… Sí, siento que mi alma lleva un candado sobre el cerrojo de mi cuerpo, por lo que no puede soltarse para huir lejos de las costas que azota el mar humano, y para no seguir siendo testigo del espectáculo de la jauría lívida de los infortunios que persiguen sin descanso, a través de los barrancos y precipicios del inmenso desaliento, a las gamuzas humanas. Pero no me quejaré. Recibí la vida como una herida, y he prohibido al suicidio que haga desaparecer la cicatriz. Quiero que el Creador contemple hora tras hora, durante su eternidad, ese tajo abierto. Es el castigo que le inflijo. Nuestros corceles disminuyen la velocidad de sus patas de bronce; sus cuerpos tiemblan como el cazador sorprendido por una manada de pécaris. No conviene que ellos presten atención a lo que decimos. Con tanta atención, sus inteligencias se desarrollarían y podrían llegar a comprendernos. ¡Pobres de ellos, porque entonces sufrirían mucho más! Para convencerte, no tienes más que pensar en los jabatos de la humanidad: el grado de inteligencia que los separa de otros seres de la creación, ¿no parece haberles sido otorgado únicamente al precio indefectible de sufrimientos incalculables? Imita mi ejemplo, y que tu espuela de plata se hunda en los ijares de tu corcel…”. Nuestros caballos galopaban a lo largo de la costa como si rehuyeran la mirada humana.
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