sábado

IDEA VILARIÑO - JULIO HERRERA Y REISSIG: ESTE HOMBRE DE TAN BREVE VIDA (16)



La torre de las esfinges, este extraño poema, que no lo habría de parecer tanto tras las experiencias a que se iba a precipitar la poesía pasada una década, fue escrito antes de su tiempo. Herrera se lanza a esta aventura mientras la poesía francesa chapotea en la descorazonada zona que M. Raymond llama le reflux y cuando no tienen aun miras de surgir en Latinoamérica otras nuevas y difíciles aventuras poéticas. Tal vez por eso, desde el comienzo, se fueron achacando sucesivamente a la osada empresa inspiración y móviles espurios o despistados: esnobismo, drogas, afán de singularizarse, delirio, juego. Y luego, por esta escritura, se ha ido tachando a Herrera de oscuro, hermético, de barroco, de demencial; y se ha aconsejado no buscar en ella un “tema” preciso. Nada de eso explica la espléndida parábola que va de La vida La torre. Ni la tendencia lúdica ni la loca capacidad desintegradora y reintegradora ni la omnímoda libertad que ejerce Herrera se bastan para explicar el poema ni la insistencia en esa idea poética ni las coherencia esenciales que se escudan tras las aparentes incoherencias.

La aducida oscuridad no es tanta. Unas pocas notas al pie, como las que lleva La vida, hubieran liquidado los verdaderos enigmas; lo demás son meros problemas de exégesis. Nada parece confirmar una voluntad de oscuridad como, por ejemplo, la que animó a Góngora, quien declara en una carta (1) que el entendimiento del lector “quedará más deleitado cuando, obligándolo a la especulación por la oscuridad de la obra, fuera hallando, debajo de las sombras de la oscuridad, asimilaciones a su concepto”. Es más posible que en su caso actúen las tres causas de la oscuridad involuntaria que propone Valéry al explicarla en la génesis de Ebauche d’une serpent (2). Ella resulta, dice, de tres factores: “la propia dificultad de los temas que se plantean al escritor”, la cantidad de “condiciones independientes que se impone el poeta”, y, consecuencia de estos dos factores. “la acumulación sobre un texto poético de una trabajo demasiado prolongado”. Es posible que Herrera haya asumido lo que puede llamarse su hermetismo como una forma de total libertad -dentro, eso sí, de una prisión formal rigurosísima- libertad que se manifiesta diversamente, en el desparpajo léxico, en su “arbitraria lógica” que tal vez se inspire en la de los cielos, en la osadía semántica, en los cada vez más riesgosos alejamientos del término metafórico con respecto al referente.

Tampoco es correcta una de las más habituales calificaciones: la de poesía barroca. En todo caso habría que decir manierista -siguiendo los criterios de Hauser-, porque le falta, entre otras cosas, el patetismo del barroco, y por lo complejo y lo artificioso de la forma, por una búsqueda de la originalidad llevada a veces hasta la extravagancia, por el cúmulo de antítesis, de figuras entrelazadas, por la mixtura de elementos graves y cómicos, sensuales e intelectuales, por sus cosas que resultan ser otras, por cuanto hay en su poesía de mágico, de absurdo, de insano, de sobrenatural, por la idea de lo incomprensible, de lo enigmático del cosmos, por su concepción teatral del mundo y de la vida.

Es, sin duda, un poema desconcertante, y el desconcierto inicial puede llevar al lector a preguntarse en seguida si no hay allí, simplemente, dos poemas imbricados: uno constituido por las partes I, II, IV VI, que se ensañan con aquel mundo exterior y nocturno; otro, por las partes III, V VII que apostrofan el ente femenino y devorante. Serían dos poemas fáctica, léxica y retóricamente distintos, ajenos. ¿Qué los liga? Ese “pitagorizador / que horoscopa de ultra-noche”, ese de la “doble vista”, ese “búho de ojos de azufre” que “sobre la torre, enigmático” “su canto insalubre sufre”. Y la relación de ese insomne con la heteróclita noche que rodea su torre está aludida y declarada  desde la primera estrofa: “Objetívase un aciago / suplicio de pensamiento”. Hacia la noche de “opio” es abierto “el ojo de una conciencia / profunda de espectroscopio”, que filtra y distorsiona, que muda como un calidoscopio los colores y las formas y las relaciones del mundo exterior.

La realidad espectral
pasa a través de la trágica
y turbia linterna mágica
de mi razón espectral.

O, tal vez más expresamente, en esta otra estrofa clave:

Las cosas se hacen facsímiles
de mis alucinaciones
y son como asociaciones
simbólicas de facsímiles.

En la alta noche y en la alta torre su yo padece difíciles avatares, oscuros naufragios; la escisión del yo, que ya se había alegorizado en La vida, se vuelve a dar aquí, y la conciencia se vuelve sobre sí misma:

En la abstracción de un espejo
introspectivo me copio,
y me reitero en mi propio
como en un cóncavo espejo.

El enfrentamiento con lo insondable, con la arbitrariedad y el enigma cósmicos puede ser aun más desquiciante, provocar en él una fractura más grave, y, también como en La vida, se lanza ahora en persecución de una identidad que se le escapa:

En el eco que refluye,
mi voz otra voz me nombra,
y hosco persigo en mi sombra
mi propia entidad que huye.

Sus convicciones metafísicas, sus certezas, que asoman aquí y allá no le son, sin embargo, refugio ni áncora; monismo, panteísmo, pampsiquismo, el Inconsciente, el alma del mundo están ahí, coherentes, pero el “genio de lo Absoluto” es lóbrego, “todo es tiniebla / en la conciencia del mundo”; el Infinito “derrumba / su interrogación huraña”, el Gran Todo inconsciente es tan aterrador como el silencio de los abismos de Pascal. El cielo estupefacto tampoco ofrece mucho: la música de las esferas es fingida y ni siquiera es más que un borrador:

Y en su gran página atómica
finge el cielo de estupor
el inmenso borrador
de una música astronómica.

Ni es tal el pretendido orden de los mundos, la aparente lógica del estrellerío en que se hace corpórea el alma del mundo.

Y cunde ante la arbitraria
lógica de la extensión
la materialización
del ánima planetaria.


Notas

(1) Fragmento de una carta de Góngora tanscrito por E. Noulet en Études littéraires, México, 1944.

/2) Frédéric Lefèvre, Entretiens avec Paul Valéry, Le libre, París, 1926.
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