sábado

CONDE DE LAUTRÉAMONT (ISIDORE DUCASSE) 76 - LOS CANTOS DE MALDOROR


CANTO TERCERO

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Recordemos los nombres de esos seres imaginarios de naturaleza angelical que mi pluma, durante el segundo canto, ha extraído de un cerebro que brilla con una luz emanada de ellos mismos. Mueren apenas nacidos, como esas chispas que, por su rápida desaparición, el ojo tiene dificultad en seguir sobre el papel encendido. ¡Leman!... ¡Lohengrin!... ¡Lombano!... Holzer!... Aparecisteis un instante, revestidos de las insignias de la juventud, en mi horizonte hechizado; pero os dejé caer otra vez en el caos como campanas de buzo. Ya no saldréis más. Me conformo con guardar vuestro recuerdo; tenéís que ceder el lugar a otras naturalezas, quizá menos bellas, que dará a luz el desbordamiento tempestuoso de un amor que ha resuelto no calmar su sed al lado de la raza humana. Amor insaciable que se devoraría a sí mismo de no buscar su alimento en ficciones celestiales, creando, con el andar del tiempo, una pirámide de serafines más numerosos que los animáculos que bullen en una gota de agua, para entrelazarlos formando una elipse que hará remolinar a su alrededor. Durante ese lapso, el viajero, detenido ante el espectáculo de una catarata, verá a lo lejos, al levantar el rostro, a un ser humano arrastrado hacia las cavernas del invierno por una guirnalda de camelias vivas. Pero… ¡silencio! La imagen flotante del quinto ideal se dibuja lentamente, como la sinuosidades indecisas de una aurora boreal, sobre el plano vaporoso de mi inteligencia, para ir tomando una consistencia cada vez más definida… 
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