domingo

LA TIERRA PURPÚREA (70) - GUILLERMO ENRIQUE HUDSON

XVII / DOLORES (5)


No podía averiguar la hora sin ir a la gran sala donde estaba un antiguo reloj de péndola. Fui, y me asombró sobremanera, al entrar en la pieza, encontrar a Dolores con su vestido blanco, sentada al lado de la ventana abierta, en una actitud del más profundo abatimiento. Se sobrecogió cuando entré, y se levantó precipitadamente su larga cabellera, negra como el iribú, que colgaba suelta sobre los hombros, haciendo resaltar la extremada palidez de su semblante.

-¡Dolores! -exclamé-. ¡Usted aquí a estas horas!

-¡Sí! -repuso fríamente, sentándose otra vez-. ¿Le parece muy extraño, Ricardo?

-¿Perdóneme que la haya estorbado! Vine a ver el reloj para averiguar la hora.

-Son las dos; ¿es eso lo único por lo que ha venido? ¿Se imaginaba usted que me acostaría a dormir sin saber primero cuál fuese el motivo de su venida a esta casa? ¿Qué se ha olvidado usted de todo?

Me aproximé a ella y me senté al lado de la ventana antes de hablar. -¡No, Dolores! Si me hubiese olvidado, no me tendría aquí unido a una causa que miraba puramente como la suya.

-¡Ah!, ya entiendo; usted ha honrado a la Casa Blanca con su presencia, no para hablarme a mí, ¡ah, no!, a eso no le daba ninguna importancia; era sólo para lucir su espada.

Me punzó profundamente la extremada amargura en su acento. -Usted me hace una injusticia -dije-. Desde aquel momento en que fui arrebatado por mi pasión, no he dejado de pensar un solo instante en usted, angustiado por haberla ofendido. No, no vine a lucir mi espada, que no uso como adorno; sólo vine a hablarle a usted, Dolores, y usted se equivocó deliberadamente.

-¡No sin razón! -repuso al momento-. ¿No me quedé tranquila a su lado después del modo que se portó conmigo, esperando que hablara… que se explicara, y usted se quedó callado? Pues bien, señor, aquí me tiene otra vez esperando.

-Es esto lo que tengo que decirle -repuse-. Después de lo que pasó entre nosotros, me sentí moralmente obligado a unirme a su causa, Dolores. ¿Qué más puedo hacer sino implorarle que me perdone? Créame, querida amiga, en ese momento de pasión me olvidé de todo…, olvidé que yo…, olvidé que su mano estaba ya prometida a otro…

-¿Prometida a otro…? ¿Qué quiere decir con eso, Ricardo?... ¿Quién le ha dicho eso?

-El General Santa Coloma…

-¿El general? ¿Qué derecho tiene el general de ocuparse en mis asuntos? Esto es algo que sólo me concierne a mí y es una gran impertinencia de su parte entrometerse en ello.

-¿Cómo puede hablar así de su héroe, Dolores? Acuérdese que sólo él me previno del peligro que corría, por pura amistad y nada más. Pero, desgraciadamente, su advertencia, en todo caso, fue en balde; mi desdichada pasión, la vista de si hermosura, sus incautas palabras…

Dejó caer el rostro sobre entrambas manos y se quedó callada.

-Harto he sufrido por mi culpa y aun he de sufrir más. ¿No quiere decirme que me perdona, Dolores? -dije, ofreciéndole la mano.

La tomó, pero guardó silencio

-Dígame que me persona, queridísima amiga, y que al separarmos, partimos amigos.

-¡Oh, Ricardo! ¿Y es preciso que nos separemos? -balbuceó.

-Sí, Dolores, ahora mismo, pues antes de que usted se levante yo estaré a caballo y en camino para juntarme con la tropa. La marcha a Montevideo comenzará, probablemente, muy pronto.

-¡Ay, no puedo soportarlo! -exclamó súbitamente, tomándome la mano entrambas suyas-. Ahora, permítame abrirle mi corazón, Ricardo. Perdóneme por haber estado tan enojada con usted, pero no sabía que el general había dicho eso. Créame, él se imagina mucho más de lo que sabe. Cuando usted me tomó en sus brazos y me estrechó contra su pecho… fue una revelación para mí…; no puedo amar ni dar mano a ningún otro. Usted, Ricardo, es ahora todo lo que tengo en el mundo; ¿cómo puede usted dejarme para mezclarse en esta cruel lucha civil, en la que he perdido todos mis más queridos amigos y parientes?

Había tenido su revelación; ahora tuve yo la mía y fue extremadamente amarga. Temblaba con sólo pensar en confesarle mi secreto, ahora que había correspondido de un modo tan inequívoco a la pasión que mi insensatez le mostrara.

De repente, alzó sus brillantes ojos oscuros a los míos, trasluciéndose a la vez en su pálido rostro la lucha que se trababa entre la indignación y la vergüenza.

-¡Hable, Ricardo! -exclamó-. Su silencio, después de lo que he dicho, es un insulto!

-¡Por Dios, Dolores, compadécete de mí! -balbucí-. -No soy libre…, estoy casado…

Se quedó mirándome fijamente un momento, y en seguida, soltando mi mano bruscamente, se cubrió el rostro. Luego lo descubrió otra vez, pues la vergüenza había sido vencida y ahuyentada por su cólera. Se levantó y se volvió hacia mí con el rostro extremadamente pálido.
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