domingo

GASTON BACHELARD - LAUTRÉAMONT (CONCLUSIÓN 5)

III (3)

Pero, en el mundo de las imágenes, la concreción no reclama el dominio de las causas eficientes, y el espíritu, en su actividad imaginante, va a ser descargado del peso de las cosas. Lo que hay que dominar, ante todo, es la causa formal. La imaginación debe evitar que las causas formales sigan el destino catagenético que, de alguna manera, por una inercia especial, deja a las formas indurarse; después, opacarse poco a poco y usarse como toba comida por musgo, traicionada también, de manera más íntima, por la materia porosa y floja. El espíritu debe pues volver a encontrar la juventud de la forma, el vigor, o más bien la alegría, de la causalidad formal; debe calcar un crecimiento de belleza cuando la inocencia de una mirada se transforma en ternura. Finalmente, en la plenitud de la edad, el espíritu debe alcanzar una causalidad formal estremecedora que desarrolle proyectos en todos sentidos.

Llegamos así a una poesía del proyecto que abre verdaderamente la imaginación. El pasado, lo real, el sueño mismo, sólo nos daban la imaginación cerrada, puesto que no tienen a su disposición sino una colección determinada de imágenes. Con la imaginación abierta aparece una especie de mito de la esperanza que es simétrico del mito del recuerdo. O más bien la esperanza es la impresión vaga, vulgar, pobre que coloreaba el porvenir de un hombre casi ciego. Otra luz es la que aporta la doctrina de la imaginación activa. El proyecto, dicho de otra manera, la esperanza formal, que vislumbra una forma por sí misma, es muy diferente del proyecto que vislumbra una forma como el signo de una realidad deseada, de una realidad condensada en una materia. Las formas no son signos, son las verdaderas realidades. La imaginación pura designa sus formas proyectadas como la esencia de la concretización que le conviene. De manera natural disfruta imaginar, por lo tanto, cambiar de formas. La metamorfosis se convierte así en la función específica de la imaginación. La imaginación sólo comprende a una forma si la transforma, si le dinamiza su porvenir, si la toma como una copa en el flujo de la causalidad formal, exactamente como un físico sólo comprende un fenómeno si lo toma como una copa en el flujo de la causalidad eficiente.
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