sábado

ESTHER MEYNEL - LA PEQUEÑA CRÓNICA DE ANA MAGADALENA BACH (4)


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Sería necio decir que fue hermoso. Pocos de los Bach fueron hombres bellos y, sin embargo, la fuerza de su espíritu se expresaba en sus facciones. Verdaderamente notables eran su frente poderosa y sus ojos, con sus cejas extraordinarias siempre fruncidas, como si estuviese sumido en profunda meditación. Cuando yo lo conocí tenía él los ojos muy grandes, pero, con los años, se fueron encogiendo y enturbiando por el sufrimiento y el trabajo excesivo, y los párpados le fueron descendiendo. Su intensa mirada parecía dirigida hacia el interior, lo cual impresionaba mucho. Eran, si me puedo expresar así, unos ojos oyentes, que tenían a veces un resplandor místico.

Su boca era ancha y móvil, tenía una expresión de generosidad y, en las comisuras de los labios se escondía una sonrisa. El mentón era ancho y cuadrado, como convenía para guardar la debida proporción con la frente. Nadie podía verla una vez sin volver a mirarle, pues sobre él flotaba algo extraordinario que se comunicaba inmediatamente a cualquiera que se le acercase, fuese quien fuese. Una mezcla maravillosa de grandeza y humildad irradiaba de él… Estaba convencido de su fuerza, pero que él fuese el portador de esa fuerza le dejaba completamente indiferente y ni siquiera pensaba en ello: lo único que le conmovía era la música, y algunas veces aparentaba creer que con aplicación, estudio constante y fervor, cualquier hombre hubiese podido elevarse hasta el lugar que él ocupaba. ¡Cuántas veces le oí decir, al entrar casualmente en su cuarto y encontrarle con un alumno, junto al clavicordio: “Si eres tan aplicado como yo he sido, pronto sabrás tocar como yo”. Uno de sus discípulos de órgano, que le quería mucho y que sabía lo mucho que me gustaba oír las frases del maestro, vino a verme un día y me contó que Sebastián, después de darle la lección, había tocado el órgano maravillosamente. El alumno no pudo contener una explosión de entusiasmo y admiración, y Sebastián le miró contrariado y le dijo, muy serio: “¡No hay nada que admirar; todo consiste en poner el dedo conveniente en la nota apropiada y en el momento preciso; lo demás lo hace el órgano!”. Los dos reímos mucho de aquella salida, porque entonces ya sabía yo lo suficiente de arte de tocar el órgano para no creer que bastase con apoyar el dedo en la tecla precisa y en el momento debido, pues, poco después de nuestra boda, supliqué a Sebastián que me diese lecciones de órgano, a lo que accedió con gusto, a pesar de opinar que el órgano no era un instrumento propio para mujeres. Pero lo que yo quería era saber tocar lo suficiente para comprender mejor su música escrita y apreciar mejor su interpretación.

A fines del verano de 1727, aproximadamente un año después de la muerte de su primera mujer, Sebastián pidió mi mano a mi padre. Yo no le había visto con mucha frecuencia; pero, no obstante, había pensado en él mucho más de lo que mi madre hubiera deseado. Llegué a ver con claridad, mucho antes de atreverme a esperar que quisiera hacerme su esposa, que no podría ser de ningún otro hombre. Mis padres comprendieron el honor que representaba su petición, pero creyéronse en el deber de recordarme que Sebastian me llevaba quince años y tenía cuatro hijos. Otros tres se le habían muerto, y si me decidía a casare con Sebastián había de ser una verdadera madre para los cuatro que quedaban. Cuando, por mis balbuceos, mi rubor y mis lágrimas -no podía expresarse de otra manera mi felicidad- comprendieron que aceptaba la petición de Sebastián, dijéronme que fuera a otro cuarto donde él esperaba mi contestación. Me parece que estaba seguro de mi respuesta, pues sus ojos penetrantes habían leído en mi corazón, a pesar de que habíamos cruzado muy pocas palabras y de que, en su presencia, siempre estuve sumamente reservada y silenciosa. Cada vez que le veía, mi corazón empezaba a latir con tal fuerza que me impedía hablar. Estaba de pie junto a la ventana. Cuando entré se volvió, dio dos pasos hacia mí y me dijo: “Querida Magdalena. Ya sabes mis deseos. Tus padres están conformes. ¿Quieres ser mi mujer?”. Yo le respondí: “¡Oh, sí, gracias!” y rompí en lágrimas, lo que realmente no estaba muy indicado; pero eran lágrimas de felicidad pura, lágrimas de agradecimiento a Dios y a Sebastián. Cuando apoyó su brazo en mis hombros saliéronme del corazón estas palabras: “Una sólida fortaleza” (Ein’ feste Burg), y canté con la imaginación la gran melodía de aquel coral que tantas veces habíamos cantado junto ala chimenea, en las noches invernales. Sí, una sólida fortaleza era mi Sebastián, y siguió siéndolo para mí toda su vida. Nuestros esponsales fueron una fiesta extraordinariamente alegre. Observaba con alegría lo orgullosos que estaban mis padres y de que su hija se casase con un músico tan distinguido y, además, tan apreciado por el príncipe. El duque Leopoldo me habló con mucha amabilidad y me dijo que, al casarme con su Maestro de Capilla, me casaba con un hombre cuyo nombre sería honrado y admirado mientras se oyese música en el mundo. Después me hizo un cumplido sobre la feliz casualidad de que yo estuviese en condiciones de cantar la música de mi marido. Mantenía con Sebastián relaciones afables y hasta amistosas, y de ello dio buena prueba aceptando sacar de pila al último dijo del primer matrimonio del músico. Sebastián tenía que acompañarle en todos sus viajes, y al regresar de uno de estos, como ya he referido, fue cuando se encontró con que la pobre María Bárbara estaba ya enterrada.
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