sábado

CONDE DE LAUTRÉAMONT (ISIDORE DUCASSE) 67 - LOS CANTOS DE MALDOROR


CANTO SEGUNDO

13 (2)

Hicieron funcionar las bombas durante todo el día. Esfuerzos inútiles. Llega la noche densa, implacable, para llevar al máximo ese espectáculo seductor. Cada uno piensa que, una vez en el agua, ya no podrá respirar, pues, por más que busque en lo remoto de la memoria, no reconoce a ningún pez por antecesor; pero se exhorta a sí mismo a contener la respiración el mayor tiempo posible, a fin de prolongar su vida por dos o tres segundos más: es la ironía vengadora que quiere enviar a la muerte… El navío en peligro lanza cañonazos de alarma, pero zozobra lentamente… majestuosamente. No sabe que el barco, al hundirse, provoca una poderosa circunvolución de olas que giran sobre sí mismas, que el limo cenagoso se mezcla con las aguas turbias, y que una fuerza proveniente de abajo, contragolpe de la tempestad que realiza sus estragos arriba, imprime al elemento sacudidas bruscas y nerviosas. De este modo, a pesar del acopio de sangre fría que ha hecho previamente el futuro ahogado, después de amplia reflexión, tendrá que sentirse feliz si prolonga su vida, en los torbellinos del abismo, la mitad de una respiración corriente, para hacer un cálculo holgado. Le será imposible, por lo tanto, burlarse de la muerte, aspiración suprema. El navío en peligro lanza cañonazos de alarma, pero zozobra lentamente… majestuosamente. Es un error; ya no tira cañonazos, ya no zozobra. La cáscara de nuez se abismó por completo. ¡Oh cielo! ¿Cómo es posible vivir después de haber experimentado tales voluptuosidades? Acababa de tener el privilegio de ser testigo de las agonías mortales de varios de mis congéneres. Minuto a minuto seguí las peripecias de sus congojas. Unas veces, el bramido de alguna vieja que había enloquecido de terror lo dominaba todo. Otras, el simple vagido de un niño de pecho impedía oír las órdenes para las maniobras. El barco estaba demasiado lejos para percibir distintamente los gemidos que me traían las ráfagas; pero yo los acercaba mediante la voluntad, y la ilusión óptica resultaba completa. Cada cuarto de hora, cuando una borrasca más fuerte que las otras, entregando sus lúgubres acentos a través del grito de los petreles despavoridos, desquiciaba al navío con un crujido longitudinal, aumentando los lamentos de aquellos que iban a ser ofrendados en holocausto a la muerte, yo me hundía en la mejilla la punta aguda de un hierro, y pensaba para mí: “Ellos sufren aun más.” De este modo tenía, al menos, un término de comparación. Desde la orilla los apostrofaba, lanzándoles imprecaciones y amenazas. Me parecía que podían oírme. Me parecía que mi odio y mis palabras, salvando la distancia, anulaban las leyes físicas del sonido, y llegaban claras a sus oídos, ensordecidos por el fragor del océano encolerizado. Me parecía que debían estar pensando en mí, y desahogaban su venganza en una rabia impotente. De vez en cuando echaba una mirada hacia las ciudades adormecidas en la tierra firme, y al ver que nadie sospechaba que un barco se hundía a pocas millas de la costa, con una corona de aves de rapiña y un pedestal de gigantes acuáticos con el vientre vacío, yo recobraba el ánimo y volvía a tener esperanza: ¡estaba seguro de su perdición! ¡No podían escapar! Para mayor seguridad, había ido a buscar mi escopeta de dos cañones, a fin de que, si algún náufrago intentara llegar a las rocas a nado para librarse de una muerte inminente, una bala en el hombro le destrozaría el brazo, impidiéndole así cumplir su propósito. En un momento en que la tempestad arreciaba vi, sosteniéndose sobre las aguas con desesperados esfuerzos, una cabeza enérgica con los cabellos erizados. Tragaba litros de líquido y se hundía en la profundidad balanceándose como un corcho. Pero poco después reaparecía con los cabellos chorreantes, y, clavando los ojos en la orilla, parecía desafiar a la muerte. Mostraba una presencia de ánimo admirable. Una ancha herida sangrante, provocada por la punta de algún escollo sumergido, le cruzaba el rostro intrépido y noble. No debía tener más de dieciséis años, pues apenas se notaba, a la luz de los relámpagos que iluminaban la noche, un vello de melocotón sobre su labio. Estaba ahora tan sólo a doscientos metros del acantilado, y yo lo distinguía claramente. ¡Qué coraje! ¡Qué espíritu indómito! ¡Cómo parecía burlarse del destino la actitud firme de su cabeza, mientras hendía vigorosamente las aguas cuyos surcos cedían con dificultad ante él!... Lo había decidido con anticipación. Era una promesa contraída conmigo mismo y debía mantenerla: la hora final había sonado para todos, y nadie debía escapar. Tal era mi resolución; nada la cambiaría… Se oyó un ruido seco, e inmediatamente se hundió su cabeza para no reaparecer más. Ese asesinato no me produjo tanto placer como podría suponerse, por el hartazgo de matar continuamente, lo que hacía en adelante como una mera costumbre de la que uno no puede prescindir, pero que sólo proporciona un goce insignificante. La sensibilidad se embota, se endurece. ¿Qué placer podría experimentar con la muerte de aquel ser humano, cuando más de un centenar me ofrecían el espectáculo de su lucha final contra las olas, una vez hundido el navío?
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