domingo

ROUNDS DE CARIÑO CON ONETTI - Hugo Giovanetti Viola


(texto publicado por la revista mexicana Plural en 1983 con el título de Algo más sobre Onetti)

PRIMERA ENTREGA

Cuando se me propuso -en ocasión de la aparición de Dejemos hablar al viento y la entrega del Premio Cervantes- escribir un artículo sobre Juan Carlos Onetti, rechacé de inmediato la posibilidad de amontonarle un homenaje más.

Preferí navegar corrientes peligrosas y fraguar una suite donde se acollararan pantallazos inéditos de aquel mito en embrión que nos tocó vivir -para suerte y desgracia de cada cultor- en el apartamento de Gonzalo Ramírez. Ya se ha hablado en simposios internacionales de aquellos no-discípulos que frecuentábamos el habitáculo con balcón al Blue Star (un desafortunado club de básquetbol de 3ra. de ascenso) hace década y pico.

Un homúnculo creativamente castrato ha dicho, incluso -en México y entre popes- que quien firma estas notas dejó de escribir y terminó vagando por el mundo como un krishna, o algo por el estilo. No me imagino qué puede tener que ver esta disparatada burla con Onetti o conmigo. Y casi la agradezco. Ahora me toca el turno de testimoniar.


Viaje a Santa María

La culpa la tuvo Guido Castillo por haber anotado -en un muy difundido suplemento que publicó el diario El País hace casi dos décadas- que Juan Carlos Onetti vivía la mayor parte del año en un lugar llamado Santa María.

Yo entonces no entendí lo que quería decir. ¿Habré pensado en un balneario? Ya me había deslumbrado con la primera reedición de El pozo cuando estaba en segundo de Preparatorios y arruinado las vacaciones próximas (ganadas a pulmón después de seis exámenes) por leer Tierra de nadie, que me cayó en el alma como un cóctel de barro. Ese año Gabriel Barnes me llevó a conocer al Viejo al Municipio y engranamos fenómeno y acabé por husmear el habitáculo de Gonzalo Ramírez donde no se adoraba al Buda estatuizado en la mesa de luz sino al que fabricaba su leyenda en la cama, toda vez que el cariño le dejaba ofrecer una paciencia huraña (si caían chiquilinas la cosa cambiaba: lo llegué a ver salir en pleno robe de chambre para ofrecer su mano encantadoramente).

Aquel año me tragué El astillero, Una tumba sin nombre -como se llamaba la nouvelle en la primera edición- y un prestado ejemplar de El infierno tan temido (ediciones Asir) del que hablaré después. Quiere decir: conocí Santa María. Y entonces sucedió. En vacaciones de julio del 67 nos íbamos a Buenos Aires con Gabriel y a mí se me ocurrió preguntarle al Viejo cómo se hacía para llegar a Santa María. Gabriel se entusiasmó. Onetti estaba sesionando con la Comisión de Teatros Municipales y cargoseamos al portero que custodiaba una escalera lateral del Solís hasta que fue a llamarlo y nos hizo subir el alfombrado púrpura: el Viejo nos miraba con una pose exacta de “maestro recostado en una balaustrada” y un agradecimiento paralíticamente silencioso por haberlo librado de la augusta sesión. Conversamos un rato sobre Faulkner y Hemingway y Céline y Dos Passos (“lean nomás que el Manhattan”) y Miss Gertrude Stein (“no te vale la pena perder tiempo con eso”) hasta que me animé a plantearle lo de Santa María. Onetti nos miró con toda la confianza, engendradora del respeto y la delicadeza, que se puede otorgarle a la inocencia pura. “No: les queda muy lejos” dijo casi enseguida: “Allá por Tucumán Les alcanza con ir a Santa María de los Buenos Aires”. Y nos prensó la mano y nos miró salir quién sabe con qué asombro. “Estoy leyendo el Junta” gritó Gabriel contento mientras dábamos saltos para bajar al mundo por la pendiente púrpura. “Hacés bien” dijo el Viejo, sin demasiadas ganas.


La crueldad no era mala disciplina

Onetti tuvo siempre la implacable virtud de leer los manuscritos que se le deslizaban debajo de la puerta, sin importarle quién era el autor o qué trabajo diera descifrar cualquier caligrafía. Después hacía pasar a los que le golpeaban -en caso de no estar colgado el maldito cartel con osos hibernantes clausurando la entrada- y daba el veredicto. La función podía ser con el peor de los vinos o el mejor de los whiskies (aunque más bien con vino), Gardel intercalado y Dolly consolando a los ejecutados con la mudez auténtica de María Magdalena.

La noche que le llevé mi primer libro -acompañado por mi jovencísima novia- Dolly apenas nos dejó pasar diciendo que Juan no iba a poder atendernos porque estaba escribiendo. Cometió sin embargo la torpeza (para sus intereses, claro está) de ir a mostrarle el libro, y el Viejo gritó enseguida que pasara: agregó lentamente una frase al cuaderno y nos hizo firmar abajo. Soy un animal por haber interrumpido el decurso de una obra maestra, fue lo que rubricamos. Y el capítulo trunco pertenecía a Dejemos hablar al viento, por aquel tiempo rotulada como “la policial”. Esa noche le pedí que vichara adelante mío uno de los cuentos cortos que no le había mostrado antes de publicar. Lo leyó -cabeceando en silencio o haciendo algunas trompas de desaprobación- y después firmó Onetti debajo de la fecha que remataba el cuento. Nada más.

Otra noche me llegó a sugerir -con un prolijo relato mecanografiado en la mano- por qué no me dedicaba exclusivamente a dar clases de música. “Eso es hermoso” dijo. Y yo tasqué la almohada con lágrimas etílicas al volver a mi casa mientras amanecía. Vale decir: ningún muchacho rana que haya intentado hacer “carrera literaria” fue perdonado nunca por el escritor pùro que es Juan Carlos Onetti: quien lo vivió, lo sabe. Bastaba con pegarle un palazo a la piñata, en cambio, para que el Viejo festejara -abriendo sus tentáculos- la triunfal filtración de la belleza. Todo esto en el terreno de la literatura. Otro tipo de acosos practicados por Juan Carlos Onetti deberán olvidarse igual que las películas dirigidas por el mismísimo Roman Polanski.
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