martes

LA INTIFADA PALESTINA Y SU POESÍA (14) - Alejandro Hamed Franco


Poemas palestinos de resistencia

Taufiq Zayyad
Mahmud Darwish
Fadua Tuqán
Samih Al-Qasim
Salim Yubrán

Prólogo, selección y notas de Alejandro Hamed Franco

Primera edición WEB: elMontevideano Laboratorio de Artes, 2016 / Primera edición: Arandurâ Editorial, 2002.


MAHMUD DARWISH (6)


Cantor del arrepentimiento

Cincuenta cuerdas hay, sobre el olivo,
para este que te canta.
Tu cantor, que fue esclavo de la lluvia,
rehén del viento,
y que ya, arrepentido de dormir,
se distrajo velando.


Así, como deseas, llamará chispa al cáliz de la rosa,
al olivar de tus ojos, alborada
y lloraré también, como solía,
cuando una brisa pase sobre cincuenta cuerdas
-¡qué cincuenta sangrantes melodías!-
Y al compás que la alberca de sangre se hace
estrellas y árboles,
el que muere, ¡guitarra!, es el tirano
mientras vence el cantor.

*  *  *

Abre, aldea, tus puertas.
Ábrelas a los vientos.
Y deja que se incendien esas cincuenta heridas.
Kufr Quasim es un pueblo que sueña con espigas,
con violetas,
y bodas de palomas.

*  *  *

“¡Segadlos de una vez!...
¡Segadlos ya!...”

*  *  *

Y los segaron…

*  *  *

¡Ay, espiga en el pecho de los campos!
Tu cantor dice aun:
¡Si supiera el secreto del árbol!
¡Si enterrara todas las palabras ya muertas!
¡Si tuviera la fuerza de la tumba silente!
¡Si escribiera mi historia
-oh, mano avergonzada que pulsa esas cincuenta cuerdas-
con luz y ala de alondra!...

*  *  *
                                                                                        
Kufr Quasim:
Regreso de la muerte para vivir cantando.
Déjame que me preste la voz una herida luciente,
y venme contra el odio
que siembra, en mi alma, la zarza.

Me envía la intransigencia de una llaga
y el golpe del verdugo me ha enseñado
a andar sobre mi herida.
A andar y más andar.
A resistir.


Los pañuelos

Callas como las tumbas de los mártires.
El camino se extiende, y tus manos
-recuerdo-
son dos pájaros revoloteando
sobre mi corazón.
Deja el parto del rayo
al horizonte envuelto en la negrura,
y espera besos rojos
y un día sin viático.
Mientras seas para mí,
vete haciendo a mi muerte
y a las penas del luto.

Los pañuelos, cuando dicen adiós,
son como una mortaja,
y el pálpito del viento en las cenizas
se agita solamente
cuando corre una sangre en lo hondo del valle,
y llora -por una voz cualquiera-
una añoranza
en la gallarda vela de Simbad.

Yo te pido que trueques el gemir del pañuelo
en flauta que convoque.
Mi alegría, a la vuelta, de encontrarte,
aumentaba conforme me iba yendo.
¿Tengo algo más, aparte de tus ojos?...
No llores la promesa de una muerte,
ni les pidas prestado,
a mis pañuelos,
su canto de cariño.
Te lo ruego:
Envuelve las heridas,
de mi país,
con ellos.
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