domingo

IDEA VILARIÑO - JULIO HERRERA Y REISSIG: ESTE HOMBRE DE TAN BREVE VIDA (2)


(prólogo de POESÍA COMPLETA Y PROSA SELECTA, Biblioteca Ayacucho, 1978)

A menudo se cita una frase de ese folleto como prueba del desinterés de Herrera por la problemática nacional, pero ella dice más bien lo contrario; su actitud displicente es de repulsa por el despreciable espectáculo que el escenario político le ofrece: “…me arrebujo en mi desdén por todo lo de mi país, y (…) desperezándome en los matorrales de la indiferencia, miro, sonriente y complacido, los sucesos, las polémicas, los volatines de la maroma, el galope de la tropa púnica por las llanuras presupuestívoras, el tiempo que huye cantando, los acuerdos electorales, las fusiones y las escisiones…” Hace extensivos a todo el país los caracteres conservadores, reaccionarios y oscurantistas: “…los uruguayos se mofan hasta caerse de hilaridad  cuando se les habla de la doctrinas sociales, del anarquismo científico, de las nuevas inducciones de la psicología, de las ciencias económicas, de la socialización, del problema del trabajo”. La lucidez le alcanza para registrar otros fenómenos que consideraba derivados de esa misma actitud y que por entonces no nos importaban mucho: “A eso se debe que las diplomacias hayan desmembrado el territorio cuantas veces lo han querido (…). Confesémoslo: los extranjeros, desde la oficina de una empresa de Ferrocarriles o de Aguas Corrientes, o desde el gabinete de las diplomacias en Buenos Aires o en el Janeiro, han comercializado con la infelicidad, con el carácter primitivo de los uruguayos cual si lo hicieran con salvajes a quienes por una fruslería se les toman valores considerables en oro y piedras preciosas…”

“Es un anarquista”, decían las gentes sensatas. Y algo de eso había y podría rastrearse en sus prosas -nunca en sus versos-, y no era insólito ni excepcional. Todo lo contrario: entre las mezcladas ideologías que las editoriales francesas y españolas arrojaban sobre los jóvenes lectores del Plata -Nietzsche, Kropotkin, France, Marx, Schopenhauer, Guyau, Bakunin, Renan, Reclus- una de las prendió mejor fue el anarquismo. “Por aquellos años toda la mocedad inquieta de Montevideo sentíamos el anarquismo”, diría hace algunos años Emilio Frugoni (1). “Éramos jóvenes revolucionarios”, afirmaba Alberto Zum Felde (2), y, refiriéndose al famoso discurso “contra la sociedad burguesa” que pronunció en el entierro de Julio Herrera, aclara: “No olvide usted que yo, además de ser un joven lírico, era anarquista”. También pronunciaban discursos de esa tendencia en el “Centro de estudios sociales” Rafael Barrett, Florencio Sánchez y hasta el propio Roberto de las Carreras. Y para entonces hacía décadas que los obreros de origen europeo habían constituido -en 1875- la primera central sindical, de predominancia anarquista, que había logrado conquistas importantes hacia fines del siglo XIX. Por otra parte, esa fue la ideología que prefirieron los decadentes europeos y que heredaron algunos de los simbolistas. No se trata de que Herrera tuviese una ideología política coherente ni una mínima militancia; en el Epílogo wagneriano se muestra mucho más atraído por los Principios de Sociología se Spencer que por otra cosa. Pero son evidentes sus simpatías y, para sus vecinos de aquel pequeño Montevideo, era un anarquista. O un loco.

Su poesía, tan escasamente confesional, no ayuda a conocerle, ni siquiera -o menos aun- cuando parece serlo más; Los Parques Abandonados, sentimentales y eróticos, en ningún momento reflejan el frenético deseo, la avidez que denuncian las cartas a Julieta. En ninguna parte, salvo en un hemistiquio de Elocuencia suprema, aparece el sentimiento de la fugacidad de la vida, la espina de la vida breve que, si bien no son epocales, asomaron, a su tiempo, en Darío, y que hubieran estado más que justificados en Herrera. Tal vez fue así porque, pese a estar bailando en la cuerda floja, casi nunca le abandonará su buen humor de hombre y de poeta; o porque, en una dicotomía muy de época, discriminaba vida de poesía e integraba en el poema sólo aquellos materiales que, escindidos de la vida, cupieran en su organización. Hasta tal punto que, cuando dice “amo y soy un moribundo” no sabemos si se refiere a su verdadera y agónica situación o si sólo está cumpliendo con la décima. Noticias de sus últimos días parecen ir más allá, revelando que a este vital le importaba más la poesía que la vida. Se estaba muriendo y se preocupaba por la puesta a punto de la Berceuse blanca; no escribió que se moría, trató de terminar el poema que tenía entre manos. No dijo al final a su hermano Teodoro “no quiero morirme”; le dijo “no quiero morirme así, sin haber hecho nada”.


Notas

(1) Carlos Machado, La historia de los orientales, Montevideo, Banda Oriental, 1973.
(2) A. S. Visca, Conversando con Zum Felde.
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