domingo

GASTON BACHELARD - LAUTRÉAMONT (63)


VI. EL COMPLEJO DE LAUTRÉAMONT

V (1)

Pero, puesto que hemos hecho así el proceso del realismo ingenuo de la animalidad, tenemos que preguntarnos si están mejor dirigidos los primeros esfuerzos de la objetividad científica, si escapan a la seducción primera del complejo de Lautréamont. No lo parece. A propósito del reino animal, más que de cualquier otro reino de la naturaleza, el sentido común obedece a sus primeras ideas, a sus primeros errores y por mucho tiempo traba los conocimientos positivos. De allí los increíbles preceptos que obstruyen las Materias médicas y que llevan a la utilización de remedios específicos tomados del reino animal.

Por otra parte, no se cambia nunca de opinión respecto a un animal porque esté clasificado de buenas a primeras en el grupo de animales peligrosos o en el grupo de animales inofensivos. Aquí, el conocimiento es, más claramente que en cualquier otra parte, función del miedo. El conocimiento de un animal es así el inventario de la agresión respectiva del hombre y del animal. La imagen primera es la concreción de una emoción primera. Jung ha hecho notar que “es casi imposible escapar al poder de las imágenes primordiales”. (10) Ahora bien, el animal corresponde a los más sólidos arquetipos. No debe uno pues asombrarse ante la profunda induración de las fobias animales.

Una clasificación completa de las fobias y de las filias animales daría una especie de reino animal afectivo que sería interesante comparar con el reino animal descrito por los Bestiarios de la antigüedad y de la Edad Media. Se vería que en ambos casos -en las vesanías y en los bestiarios- los valores objetivos son tan raros y, en ambos casos, igualmente clara la polarización afectiva.

Podría entonces acentuarse el acercamiento cada vez más estrecho entre la psiquiatría y la psicología animal. En efecto, Korzybski ha mostrado recientemente que la psicología animal podría ilustrar la mayoría de las diátesis descubiertas por la psiquiatría. Así, las malformaciones de la imaginación humana recaen en formas animales reales. Los hermosos trabajos de H. Baruk sobre la experimentación animal en psiquiatría aportarían innumerables argumentos para sostener esa tesis. (11)

Tal vez habría que ir más lejos y plantear francamente una tesis contraria a la precedente. Se vería uno entonces conducido a decir que el animal es un alienado, o más aun, forzando la nota para hacerla notoria, que las diversas especies de animales son diversas formas de alienaciones mentales. Para ello hay una razón; es que el animal está sometido a un determinismo vital específico. No es una “máquina”, sino, con más exactitud, el juguete de una animalidad maquinada. El instinto es una monomanía, y toda monomanía revela un instinto específico. La manera más rápida de describir una aberración humana es aproximarla a un comportamiento animal. El animal es un psiquismo monovalente.

En el otro polo, está lo humano. Dado por la hermosa definición propuesta por André Gide: “Yo llamaba hombre al animal capaz de una acción gratuita”. El apaciguamiento verdaderamente humano dará pues un constante mentís a los instintos; será una liberación que escapa a todas las formas de alienación animalizante. Por consiguiente la acción debe atravesar un tiempo de inhibición para poderse especificar verdaderamente como acción humana. Tal vez un buen entrenamiento a esta inhibición consista en ejecutar los instintos a contratiempo: poniendo, por ejemplo, cierta agresión en la ternura, cierta piedad en el holocausto. Entonces la afectividad ofrece flores múltiples y multicolores.


Notas

(10) C.G. Jung, Le moi et l’inconscient, N.R.F., p. 236.
(11) Cf. Korzybski, Science and Sanity, p. 362, Nueva York, H. Baruk, Psychiatrie, médicale, psysiologique et expérimentale, pp. 188 ss, París, Masson, 1
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