domingo

GASTON BACHELARD - LAUTRÉAMONT (62)


VI. EL COMPLEJO DE LAUTRÉAMONT

IV

Nos limitamos a esos dos ejemplos de una explicación de los complejos en el terreno de la crítica literaria. Los elegimos tan opuestos como nos fue posible, ya que en el primero evocamos una organización social casi consciente del tema, mientras que en el segundo tenemos que ver con un brote mucho más sordo, enteramente inconsciente.

El lector familiarizado con las obras de Leconte de L’Isle tal vez sienta repugnancia en aceptar tal explicación. Lo cargamos entonces con el onus probando, y le pediremos explicar las acumulaciones de las referencias al animal en los Poèmes barbares; le pediremos que justifique la dureza buscada, la aspereza deseada, los ecos roncos de una vida primitiva, en suma, toda esa sabia leyenda de la primitividad, leyenda expuesta sin el menor apoyo objetivo. Tendrá que responder que no se puede adherir a las rudas emociones de los Poèmes barbares o seguir la pesada hipótesis de Wells más que por la comunicación de ciertos ensueños, más que por un retorno pueril hacia un origen vital, hacia un origen brutal donde siempre se cree captar ingenuamente la fuerza joven y terrible. El hombre más sensible, el más suavizado por la vida, en determinadas horas, sueña con lo indomable. Respeta, admira, ama la fuerza que lo desafía.

Comprender la violencia, para un filósofo, es, en un modo permitido, en un modo menor, en la vida ya aérea de las ideas, ejercerla. Comprender la violencia es dar a la violencia la garantía moral del idealismo. Se descubre así un platonismo de la violencia, una violencia platónica. Esos filósofos no cazarían; leen Le Runoia:

Chasseurs d’ours et de loups, debout, ó mes guerriers. (Cazadores de osos y de lobos, de pie, ¡oh guerreros míos!)

En resumen, si en los poemas de la primitividad hay una razón de convicción, una atracción, un encanto, el origen no podrá estar en la seducción de las imágenes objetivas, en el recuerdo exacto o en la reminiscencia de un lejano pasado. Esos poemas desconocen tanto la realidad histórica como la realidad objetiva. No pueden pues tomar su fuerza de síntesis sino de un complejo inconsciente, de un complejo tan oculto, tan alejado de lo que se sabe sobre sí mismo, que, al volverlo explícito, se cree descubrir una realidad.
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