miércoles

GABRIEL PAREDES (Uruguay, 1995)


CARTA AL VACÍO

Me siento y escribo con la intención de compartir con cualquier alma, que dispuesta a mantener su atención en los caracteres de la pantalla, lea lo que en mi mente quema.

Mi ambición no es sino la de llegar al otro con el puro deseo del encuentro, sin embargo, debo admitir con vergüenza que lo hago de igual manera por la intención egoísta de sobrevivir.

No me decido a confiar totalmente en que alguna vez alguien pueda entenderme, porque todo lo que en el mundo tiene sentido es determinado por mi mente, siendo portador de la dudosa potestad de decidir qué es real y qué no. Existe la posibilidad latente, incómoda, de que para quien lea mis palabras, estas sean nada más que imágenes o evocaciones de la nada misma.

No quiero sentirme derrotado por el vacío que me condena a la desaparición y me mantiene respirando, la lógica contradicción. Me resigno a creer en la idea fría y desgarradora que niega la posibilidad de la comunicación.

Por esa razón creo un mensaje, una señal, bits de información. Creo en este mensaje. Intento materializar mi pensar, para volver algún día al plano de la existencia, con suerte, compartida. Planto la semilla y busco encontrar sentido a la sucesión de letras que van apareciendo y corrompen la blancura de la hoja, por desesperación. Por miedo al olvido. Y así sentirme útil.

Necesito mantener las esperanzas en que no soy sólo una muy elaborada ilusión. Quiero pensar que mi alma es inmortal, que existirá cuando ya no sea consciente y viajará a su voluntad, o a merced de los vientos del destino. Un ente etéreo, un fantasma, energía trasmitida por células nerviosas con la finalidad de mover músculos, glándulas, tendones y huesos; presente en el mundo, en el universo, cuando todo sea cenizas. Apoyándome en la afirmación que eleva a la energía como una sustancia con la capacidad de no ser creada ni destruida sino nada más que utilizada, rescatada.

Pienso en el destino, en el futuro y en el pasado. En cómo todo converge en este instante. Lo que alguna vez ocurrió en cualquier lugar del tiempo y del espacio es directamente una causa de que mi cuerpo sentado en esta silla esté tratando de transmitir algo.

Me invade la vergüenza. Me avergüenza tener conciencia de que hemos saqueado y contaminado, como especie, el cuerpo celeste en que habitamos. Pero me reconforta saber que somos distintos entre nosotros mismos.

¿Qué tienen en común las tribus de la amazonia que sobreviven y existen en armonía con la naturaleza, y el sofisticado hombre de ciudad, al que todo le es brindado por el mercado y vende su tiempo por dinero, servil a un modo de vida que lleva a la destrucción de su entorno y su identidad?

Mucho, pero en una forma muy básica. Compartimos la capacidad de creernos inteligentes, de vivir en sociedad. En que nuestras acciones afectan siempre a otro semejante. Las acciones de la sociedad urbana de la que soy parte afecta a la selvática, pervirtiendo su espacio y utilizando sus recursos. Recursos para el que los sustrae. Componentes visibles de Dios madre para el accidentalmente nombrado indio. De la misma manera las ideas de esa gente distante, aparentemente, se cuelan en mi mente.

La Pachamama, Madre Tierra, es una idea primitiva desde el punto de vista de quienes llevan adelante el desarrollo de mi especie, ellos tendrán, tal vez, para Dios una conceptualización retorcida e incompresible a los seres de a pie, preocupados por llegar a fin de mes, seguros sólo de la inseguridad.

Las ideas primitivas parecen no ser respetables. Condenadas por su condición de haber sido creadas por seres lejanos en el tiempo, y lo lejano en el tiempo es viejo, y lo viejo no es lo que lleva al progreso.

El progreso de la civilización a pesar de su reputación de ser algo deseable, me despierta desolación, tiene un costo. Estamos convirtiendo al lugar que nos sostiene como forma de vida en una esfera estéril, dejándoles a nuestros sucesores la tarea de remendar el daño hecho y el que estamos haciendo. Y si eso no fuese ya posible en el momento en que el sistema les explote en la cara, de abandonar un planeta hostil que por tanto tiempo fue nuestro hogar, en busca de la tierra prometida a través del espacio.

Entonces, ¿por qué es primitivo dotar a nuestro planeta, nuestro hogar, con conciencia como si fuera un ente inteligente, semejante a nosotros? Cuando respetar leyes, normas y costumbres que parecen ir en contra de nuestras propias necesidades es considerado aceptable, civilizado. Civilizado, moderno, actual y vanguardista. Palabras motivadas por la búsqueda de ser mejor que otra cosa, más avanzado, como si se fuera hacia adelante con la finalidad de llegar a algún punto. La destrucción, la desaparición.

Todo me lleva a pensar que el ser humano está dividido en grupos. Cada grupo como un conjunto de seres con ideas en común. Es posible que cada uno de estos sea una vía a seguir de la evolución, una futura especie y cada integrante tiene el mandato instintivo, visceral, de defenderlas con su vida sin importar las consecuencias para su supervivencia intelectual, menos aun las causadas a otros seres ajenos al grupo. Compitiendo entre ellos, nosotros, por sobrevivir. Siendo el más fuerte coronado con la permanencia en el tiempo. Teoría emparentada con Darwinismo social rescatado de la historia, que justificó acciones de gobiernos e instituciones que utilizaban orgullosos esa doctrina con la intención de saquear tierras, diezmar poblaciones y destruir culturas.

Me niego a aceptar que mi especie vaya por ese camino, ignorando la alarma de la memoria. Negándome de forma infantil, porque percibo la competencia, el egoísmo, la destrucción en el día a día a través de pantallas, voces y miradas. Entonces me anestesio resguardando mis esperanzas en los casos menos frecuentes. Episodios y personas que no por aparentar ser menos numerosas estén condenadas a desaparecer.

Es posible que la verdadera razón por la que escribo sea para darme una esperanza, a mí en primer lugar y también a alguien más. Siendo ignorante de la barrera entre los demás y yo.

A vos, quien quiera que seas, tal vez yo mismo a través de tus ojos y tu mente. O vos mismo apropiándote de mis palabras, dirijo este grito, este intento de pasar al frente, de comunión entre seres. No estamos solos. Y si no estamos solos somos eternos.”

El hombre dio por concluida la carta, su grito de desesperación y dejó llevar su atención hacia sus quehaceres cotidianos, dejándose arrastrar por sus necesidades fisiológicas y sociales. Entregándose al mundo perdido, material, alienante y solitario al que pertenecía. Con una pequeña chispa de esperanza. Inseguro de querer, y de merecer ser eterno.

1 comentario:

Wiston dijo...

¡Muy bueno! ¡Que nunca falte una chispa de esperanza ni un grito de desesperación que nos recuerde que estamos vivos!

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