jueves

MUJERES QUE CORREN CON LOS LOBOS (162) - CLARISSA PINKOLA ESTÉS



CAPÍTULO 14
   
La selva subterránea:

La sexta fase: El reino de la Mujer Salvaje (4)
   
En muchas mujeres, la primera mitad de estas fases de la sabiduría femenina, digamos hacia los cuarenta años más o menos, va claramente desde el cuerpo real de las comprensiones infantiles instintivas a la sabiduría corporal de la madre profunda. Pero, en la segunda mitad de las fases, el cuerpo se convierte casi por entero en un dispositivo de percepción interior y las mujeres adquieren una creciente sagacidad.
  
A medida que la mujer va transitando por todos estos ciclos, sus capas de defensa, protección y densidad se vuelven cada vez más finas hasta que se empieza a transparentar el alma. Podemos percibir y ver el movimiento del alma dentro de la psique corporal de una manera asombrosa conforme nos vamos haciendo mayores.
  
Por consiguiente, el siete es el número de la iniciación. En la psicología arquetípica hay literalmente docenas de referencias al símbolo del siete. Una referencia que me parece extremadamente valiosa para ayudar a las mujeres a diferenciar las tareas que tienen por delante y a establecer su situación actual en la selva subterránea corresponde a las facultades atribuidas antiguamente a los siete sentidos. Se creía que dichos atributos simbólicos pertenecían a todos los seres humanos y, al parecer, constituían una iniciación en el conocimiento del alma por medio de las metáforas y de los sistemas efectivos del cuerpo.
  
Por ejemplo, según las antiguas enseñanzas de los métodos de curación nahuas, los sentidos representan aspectos del alma o del "sagrado cuerpo interior" y se tienen que ejercitar y desarrollar. La tarea es demasiado larga como para que se pueda describir aquí, pero se decía que los sentidos eran siete y, por consiguiente, las áreas que se tenían que desarrollar también eran siete: la animación, el tacto, el lenguaje, el gusto, la vista, el oído y el olfato (33).
  
Se decía que cada sentido se encontraba bajo la influencia de una energía de los cielos. Aplicando todos estos conocimientos a la actualidad, diremos que, cuando las mujeres que trabajan en grupo hablan de estas cosas, las pueden describir, explorar y examinar utilizando las siguientes metáforas pertenecientes al mismo ritual, con el fin de escudriñar los misterios de los sentidos: el fuego anima, la tierra produce una sensación táctil, el agua otorga el habla, el aire concede el gusto, la bruma da la vista, las flores dan el oído, el viento del sur da el olfato.
  
Por el pequeño vestigio del antiguo rito de iniciación que se conserva en esta parte del cuento, especialmente la frase en la que se habla de los "siete años", deduzco que las fases de la vida de la mujer y otras cuestiones tales como los siete sentidos y otros ciclos y acontecimientos a los que tradicionalmente se atribuía el número siete, eran objeto de especial atención en la antigüedad y se incluían en la tarea de la iniciada. Un antiguo fragmento de un relato que me intriga enormemente procede de Cratynana, una anciana y querida cuentista suaba de nuestra numerosa familia, quien decía que antiguamente las mujeres tenían por costumbre irse a pasar varios años a un lugar de la montaña, de la misma manera que los hombres se pasaban mucho tiempo ausentes, prestando servicio en lejanos países en el ejército del rey.
  
Por consiguiente, en la fase del aprendizaje de la doncella en la espesura del bosque, se produce otro milagro. Las manos le empiezan a crecer poco a poco, primero como las de una niña. Eso tal vez representa que al principio su comprensión de todo lo ocurrido es imitativa, como lo es el comportamiento de un niño de pecho. Cuando las manos le crecen como las de una niña, la doncella adquiere una comprensión concreta pero no absoluta de todas las cosas. Cuando al final se convierten en unas manos de mujer adulta, ya posee una comprensión más práctica y profunda de lo no concreto, lo metafórico, el sagrado camino por el que ha estado transitando.
  
Cuando adquirimos un profundo conocimiento instintivo de todas las cosas que hemos venido aprendiendo a lo largo de la vida, recuperamos las manos de la plena feminidad. A veces resulta divertido observarnos cuando entramos por primera vez en una fase psíquica de nuestro proceso de individuación, imitando torpemente la conducta que desearíamos dominar. Más adelante adquirimos nuestro propio lenguaje espiritual y nuestras singulares formas personales.
  
A veces, en nuestras representaciones y sesiones de análisis, utilizo otra versión literaria de este cuento. La joven reina va al pozo. Mientras se inclina para sacar agua, su hijo cae al pozo. La joven reina se pone a gritar, aparece un espíritu y le pregunta por qué no rescata al niño.
  
-¡Porque no tengo manos! -contesta ella
  
-Pruébalo -le dice el espíritu y, cuando la doncella introduce los brazos en el agua para tomar a su hijo. las manos se le regeneran de inmediato y el niño se salva.

Se trata de una poderosa metáfora de la idea de la salvación del Yo-hijo, del Yo del alma, del peligro de perderse de nuevo en el inconciente, de olvidar quiénes somos y cuál es nuestra tarea. En este momento de la vida es fácil rechazar incluso a las personas más encantadoras, las ideas más atrayentes, la música más sugestiva, especialmente cuando estas no alimentan la unión de la mujer con lo salvaje. Para muchas mujeres, el hecho de no sentirse ya arrastradas o esclavizadas por todas las ideas o las personas que llaman a su puerta y de ser en cambio unas mujeres rebosantes de Destino, es decir imbuidas de una profunda conciencia de su destino, constituye una transformación auténticamente milagrosa. Con los ojos mirando de frente, las palmas de las manos extendidas y el oído del yo instintivo intacto, la mujer entra en la vida derrochando poder.


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