sábado

MARTÍN SALABERRY - LOS POETAS TIENEN SU TIEMPO


Hugo Giovanetti Viola

La aparición en soporte papel de Las flores tienen su tiempo (elMontevideano Laboratorio de Artes / PDVSA, 2015), segundo libro de Martín Salaberry (Uruguay, 1977) marcan la consolidación de un poeta que es capaz de ordenar los paisajes, para hablarlo en García Lorca.

En la contraportada de su primer libro, Estrellas libres (elMontevidano Laboratorio de Artes / Bandes, 2013) escribí que cuando fuimos recibidos en su casa de Cerro Colorado supe que este hombre-muchacho estaba marcado para durar frente a su exigencia vocacional a fuerza de trabajo puro y humildad todopoderosa.

Y además afirmé que sus obsesivas pulsaciones minimalistas eran capaces de tensar, condensar y enjoyar nuestro titilar arquetípico con la misma eficacia hipnótica que irradia tanto una canción criolla como un koan zen.

En Las flores tienen su tiempo Salaberry vuelve a presentar cuarenta textos breves que se inscriben en la misma línea lírica de Estrellas libres, aunque ya en el poema 2 detectamos un insólito ensanchamiento onírico que proviene seguramente del haber aprendido a bucear con mayor disciplina en los oleajes del inconsciente: Rojas cenizas / Respiran tus peces / Crucificados en el mar / Un pez descalzo / Camina el verde cemento / Donde tu soledad de alfiler / Desnuda mi piel.

Hasta que en el poema 7 se redondea un dominio total en la combinatoria de las imágenes, que logran instalarnos en una cresta de iceberg sorprendentemente más misteriosa y abismal que las ofrecidas por sus primeros paisajes: Mudo tu mundo / Donde tu tiempo siembra / Jardines de hierro / Donde nace una perla / En el agua de tus flores.

Y dentro de una progresión de densidad muy pareja sobresaldrán después los numerales 12, 17, 24 y 27, que ya son piezas maestras de una inclasificable abstracción culminada en el 30 con una especie de lápida mortuoria-amatoria que el autor se dedica y le dedica a alguien que lo habita desde un intangible reino redentor de esta realidad perra: La muerte llora / En el frío horno / De mis noches / Donde la cruz / Sangra su belleza.

Aquí se respira una desesperación subyacente que en La rueda del hambriento vallejiana se expresa con una incontrolable sismografía de la sangre: (…) pero dadme / una piedra en que sentarme, / pero dadme, por favor, un pedazo de pan en que sentarme / (…) algo, en fin, de beber, de comer, de vivir, de reposarse / y después me iré…

La heroicidad de Salaberry, en cambio, consiste en sosegar, con una particularísima orfebrería de raigambre barroca, tanto vislumbre horrendo.

(…) El fin del día respira como un fuego sin muerte. / El secreto de mi cielo / Son escaleras de flores / Donde la tierra de las estrellas / Es el oro de mis labios / El fin del día es el humo muerto del infierno.

Estos versos bien pudieron ser escritos por un acampante del Ayuí, lamiéndose las lágrimas dulces de la esperanza y sabiendo que la poesía es hija del Gran Tiempo.

Y que la Purificación de la tristeza no admite la menor demora.

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