domingo

GASTON BACHELARD - LAUTRÉAMONT (38)



II (2)

Tal vez también debemos indicar una nota apenas sensible en la página, pero que siempre hay que despertar cuando se evoca una cultura matemática. Es precisamente la violencia, una violencia fría y racional. No hay educación matemática sin una cierta maldad de la Razón. ¿Hay ironía más fina, más rápida, más glacial que la ironía del profesor de matemáticas? Agazapado en un ángulo de la clase, como la araña en su rincón, espera. ¿Quién no ha conocido el horrible silencio, las horas muertas, la exquisita lentitud de los suplicios en que el mejor alumno de pronto pierde, con la confianza, el dinamismo del pensamiento concatenado? El impulso se rompe con la pérdida de velocidad. ¿No hay un lejano recuerdo de las sevicias espirituales en esta imprecación ducassiana: “¡Oh, matemáticas!, ¡el que no os ha conocido es un insensato! Merece la prueba de los mayores suplicios; pues hay desprecio ciego en (su) descuidada ignorancia”?

Imponer la razón nos parece una violencia insigne, puesto que la razón se impone por sí misma. Y aquí no podemos deshacernos de una idea que, en formas diferentes, se desliza en nuestro espíritu: la severidad es una psicosis; se trata, en particular, de la psicosis profesional del profesor. Es más grave en el profesor de matemáticas que en cualquier otro, pues la severidad en matemáticas es coherente; puede demostrarse su necesidad; es el aspecto psicológico de un teorema. Únicamente el profesor de matemáticas puede a la vez ser severo y justo. Si el profesor de retórica -perdiendo el beneficio de la hermosa y dulce relatividad de su cultura- es severo, al mismo tiempo es parcial. De pronto, se vuelve un profesor autómata. Pude uno entonces salvaguardarse fácilmente de su severidad. Su severidad no tiene éxito. El alumno vigoroso tiene mil medios para amortiguar o desviar la serenidad de su maestro.

¿Hay que añadir que en el reino de la cultura adolescente, como en el reino de la educación  infantil, la severidad es neurotizante? No se asombrará uno entonces de que una misma alma matemática pueda ser duramente marcada por los tiempos escolares. Un alma matemática puede tener, debido a su cultura especial, gustos múltiples, delicados, contradictorios. Las almas matemáticas son tan diversas como las almas poéticas. Soportan de manera diferente el peso de la severidad, de la burla, de la fría demostración. Puede ser que los Cantos d Maldoror sean la reacción al mal humor de u profesor pirineico. De todos modos, puede verse uno tentado a buscar la acción personal de un maestro para explicar esa profunda palabra de Lautréamont (Poesías, p. 388). “El teorema es burlón por naturaleza.” Sí, es verdad, hay teoremas burlones, otros son hipocrítas y perversos, otros son aburridos…

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