miércoles

MUJERES QUE CORREN CON LOS LOBOS - CLARISSA PINKOLA ESTÉS



CIENTOVIGESIMOCUARTA ENTREGA

CAPÍTULO 13

Las cicatrices de la batalla: La pertenencia al Clan de la Cicatriz (5)

La zona muerta (4)

Muchas de las historias secretas de las mujeres son de las que no se pueden comentar con la familia y los amigos, pues estos no se las creen, intentan tomarlas a broma o no darles importancia y tienen comprensibles motivos para hacerlo. Si las discutieran, las examinaran al trasluz y las analizaran, tendrían que compartir el dolor de la mujer. No podrían mostrarse impasibles. No podrían decir: "Sí, ya se sabe... ", y no añadir nada más. No podrían decir: "Tienes que procurar distraerte y no pensar en estas cosas." Si el compañero de la mujer, la familia o la comunidad tuvieran que compartir el dolor de la mujer de los cabellos de oro, todos tendrían que ocupar su lugar en el cortejo fúnebre. Todos tendrían que llorar alrededor del sepulcro. Nadie podría escabullirse y sería una experiencia muy dura para todos ellos.

Cuando las mujeres piensan más en su vergüenza secreta que otros miembros de su familia o de su comunidad, son sólo ellas las que sufren concientemente (5). La finalidad psicológica de la familia -estar juntos- jamás se produce.

Y, sin embargo, la naturaleza salvaje exige que el ambiente de la mujer se libre de los elementos irritantes y las amenazas y que las cuestiones que la oprimen se reduzcan todo lo posible. Por consiguiente, sólo suele ser cuestión de tiempo que una mujer haga acopio del valor que nace de los huesos de su alma, corte una dorada caña y entone el secreto con su poderosa voz.

Veamos lo que hay que hacer con los secretos vergonzosos según un estudio de consejos arquetípicos extrapolados de docenas de cuentos de hadas como "Barba Azul", "Mr. Fox", "El novio bandido", "Mary Culhane" (6) y otros, en los que la heroína se niega a guardar el secreto de una u otra manera y, al final, alcanza la libertad de vivir su existencia en toda su plenitud.

Mira lo que tengas que mirar. Díselo a alguien. Nunca es demasiado tarde. Si crees que no puedes decirlo en voz alta, escríbelo. Elige a una persona que instintivamente consideres digna de confianza. Es mejor que salgan los gusanos de la lata que temes abrir en lugar de que estos se multipliquen dentro de ti. Si lo prefieres, busca a un terapeuta que sepa cómo tratar los secretos. Tendrá que ser una persona compasiva que no pronuncie sentencias sobre lo que está bien y lo que está mal y que comprenda la diferencia entre la culpa y el remordimiento y conozca la naturaleza del dolor y la resurrección espiritual.

Cualquiera que sea el secreto, sabemos que ahora este forma parte de nuestra tarea durante toda la vida. La redención sana una herida antaño abierta. Pero, aun así, siempre quedará una cicatriz. Con los cambios de tiempo, la cicatriz podrá dolernos. Esta es la naturaleza del auténtico dolor.

Durante años las distintas psicologías clásicas creyeron erróneamente que el dolor era un proceso por el que se pasaba una vez, a ser posible durante un año, y después terminaba, por lo que, si alguna persona no podía o no quería completarlo en el tiempo prescrito, significaba que le ocurría algo. Sin embargo, ahora sabemos lo que los seres humanos saben instintivamente desde hace siglos: que ciertos dolores y daños y vergüenzas nunca se pueden dejar de llorar; la pérdida de un hijo por muerte o abandono es uno de los más intensos o el más intenso.

En un estudio (7) de unos diarios escritos a lo largo de muchos años, el doctor Paul C. Rosenblatt descubrió que las personas se pueden recuperar del dolor más profundo de su alma en el primero o los dos primeros años después de una tragedia, según sean los sistemas de apoyo y de otro tipo con que cuenten. Pero después la persona sigue experimentando períodos de sufrimiento activo. Aunque los episodios se van espaciando cada vez más en el tiempo y su duración es cada vez más corta, cada uno de ellos es casi tan desgarradoramente intenso como el de la primera ocasión.

Estos datos nos ayudarán a comprender la normalidad del dolor de larga duración. Cuando un secreto no se cuenta a nadie, el dolor persiste durante toda la vida. La ocultación de los secretos constituye un obstáculo para la natural higiene autocurativa de la psique y el espíritu. Esta es otra razón para que contemos nuestros secretos. Contarlos y sufrir por su causa nos ayuda a resucitar de la zona muerta y nos permite dejar a nuestra espalda el culto mortuorio de los secretos. Podemos sufrir con todas nuestras fuerzas y salir de la experiencia con el rostro surcado por las lágrimas y no por la vergüenza. Podemos salir de ella con un sentimiento más profundo, plenamente reconocidas y rebosantes de nueva vida.

La Mujer Salvaje nos sostendrá durante nuestra pena. Ella es el Yo instintivo. Puede soportar nuestros alaridos, nuestros lamentos, nuestro deseo de morir sin estar muertas. Ella aplicará la mejor medicina en los lugares que más nos duelan. Ella nos hablará al oído en susurros. Sentirá dolor por nuestro dolor. Lo resistirá. No huirá. Aunque habrá cicatrices, y muchas, por cierto, es bueno recordar que, por su resistencia a la tracción y su capacidad de absorber la presión, una cicatriz es más fuerte que la piel.


Notas

(5) Sólo ellas sufren como chivos expiatorios y devoradoras de pecados sin disfrutar del poder y los beneficios de ninguna de las dos cosas, por ejemplo, la gratitud, el honor y la mejora de la comunidad.
(6) Mary Culhane and the Dead ManEs uno de los cuentos de The Folktellers ®,dos inteligentes y pícaras mujeres de Carolina del Norte llamadas Barbara Freeman y Cormie Regan-Blake.
(7) Dr. Paul C. Rosenblatt, Bitter, Bitter Tears: Nineteenth-Century Diarists andTwentieth-Century Grief Theories(Mineápolis, University of Minnesota Press, 1983).Referencia facilitada por Judith Savage.

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