domingo

PARÍS ERA UNA FIESTA - ERNEST HEMINGWAY (15)



EL HOMBRE MARCADO PARA LA MUERTE

La tarde en la que conocí a Ernest Walsh, en el estudio de Ezra, el poeta estaba acompañado por dos muchachas que usaban largos abrigos de visón, y en la calle le esperaba un largo coche reluciente, alquilado en el Claridge, con un chófer de uniforme. Las chicas eran rubias y habían atravesado el Atlántico junto con Walsh. El barco había llegado el día anterior, y el poeta las llevó a visitar a Ezra.

Ernest Walsh era morocho, vehemente, impecablemente irlandés, poético, y estaba ostensiblemente marcado para la muerte, igual que como aparecen los personajes marcados para la muerte en las películas. Mientras él conversaba con Ezra, las muchachas me preguntaron si había leído los poemas de Mr. Walsh. Yo no los había leído, y entonces una de ellas sacó un número de la revista de Harriet Monroe, Poetry: A Magazine of Verse, que tenía una tapa verde, para mostrarme unos poemas de Walsh.

-Le pagan mil doscientos dólares por poema -dijo la muchacha.

-Por cada poema -dijo la otra.

Si la memoria no me fallaba, lo máximo que yo cobraba en esa revista eran doce dólares por página.

-Debe ser un gran poeta -dije.

-Ni a Eddie Guest le pagan tanto por sus canciones -me informó la primera chica.

-Y ni siquiera le pagan tanto a un poeta que usted ya podrá imaginarse quién es.

-Kipling -dijo su amiga.

-Es que a nadie le pagan tanto -dijo la primera muchacha.

-¿Se quedan en París mucho tiempo? -les pregunté.

-No mucho. Vinimos con un grupo de amigos.

-Usted puede imaginarse en qué barco viajamos. No había casi nadie a bordo. Bueno, por supuesto que estaba Mr. Walsh.

-Perdón, ¿pero usted me habla de ese famoso tahúr que se llama Mr. Walsh?

Ella me miró con una decepción comprensiva.

-No. Alguien que escribe como Mr. Walsh no precisa vivir de la baraja.

-¿Y en qué barco piensan volver?

-Depende. Depende de los barcos y de muchas otras cosas. ¿Usted piensa volver?

-No. Aquí me defiendo.

-Y eso que este barrio parece más bien pobre.

-Sí. Pero es un buen barrio. Yo trabajo en los cafés, y de vez en cuando doy una vuelta por los hipódromos.

-¿Y lo dejan entrar en el hipódromo vestido así?

-No. Este es mi traje de café.

-Ah, ya entiendo el truco -dijo una de las muchachas. -Me gustaría conocer un poco esa vida de cafés. ¿A vos no te gustaría, corazón?

-Claro que me gustaría -contestó la otra muchacha.

Apunté sus nombres en mi libreta de direcciones y les prometí llamarlas al Claridge. Eran buenas muchachas, y les dije adiós a ellas y a Walsh y a Ezra. Walsh todavía estaba conversando eufóricamente con Ezra.

-No se olvide -dijo la muchacha más alta.

-Imposible olvidarlo -dije, y les apreté otra vez la mano a las dos.

Recién volví a saber algo de Walsh cuando Ezra me contó que para que pudiera dejar el Claridge tuvieron que pagarle la cuenta ciertas damas devotas de la poesía y de los poetas marcados para la muerte. Y un tiempo después supe que había conseguido otro apoyo financiero para fundar una revista trimestral con el cargo de codirector.

El Dial, una revista literaria americana que dirigía Scofield Thayer, le otorgaba un premio anual, me parece que de mil dólares, a alguno de sus colaboradores más importantes. Era una buena plata para un escritor puro, aparte del prestigio que le aportaba, y ya le habían dado el premio a varios escritores obviamente muy meritorios. En aquel tiempo una pareja podía vivir cómodamente en Europa por cinco dólares al día, y hasta darse el lujo de viajar.

Aquella revista trimestral que iba a codirigir Walsh también tenía en carpeta, según se comentaba, el proyecto de premiar a algún colaborador muy destacado cada cuatro números.

Es imposible saber si la noticia circuló en base a rumores o infidencias, y quisiéramos creer que las cosas se manejaron con total honradez. A la persona que compartía la dirección con Walsh, además, nunca pudo demostrársele haber actuado con ninguna turbiedad ni acusársela de nada.

Walsh me invitó a almorzar en el mejor restaurante de los alrededores del boulevard Saint-Michel al poco tiempo de que alguien me hablara de la existencia de aquel supuesto premio. Después que nos sirvieron las ostras marennes planas que tienen un regusto a cobre, y no las ordinarias y baratas portugaises redondeadas, junto con una botella de Poully-Fuissé, me fue llevando delicadamente al tema que le importaba. Ahora parecía un cafisho tratando de transformarme en su putita, como hizo con las muchachas del barco, suponiendo que ellas fueran putitas y él fuera su cafisho, y cuando me preguntó si quería comer otra docena de ostras planas, como le gustaba llamarlas, le contesté que con muchísimo gusto. Conmigo no exageraba en parecer un hombre marcado para la muerte, lo cual era un alivio. Él sabía que yo sabía que él ya estaba podrido, y no quiero decir podrido como los cafishos sino como los tísicos terminales, y no hacía fuerza para toser, cosa que me provocaba un profundo agradecimiento, sobre todo porque estábamos almorzando. Me hubiese gustado preguntarle si comía las ostras planas con el mismo convencimiento de las putas de Kansas City, que estaban marcadas para la muerte y puede decirse que para todo, y que siempre querían tragar esperma como soberano remedio contra la tisis; pero me callé. Empecé mi segunda docena de ostras planas, sacándolas de su colchón de hielo machacado en la bandeja de plata, y observando cómo sus increíbles y sutiles bordes pardos reaccionaban encogiéndose cuando las rociaba con jugo de limón, y cortando el músculo que las juntaba con la concha, antes de ponerme a masticarlas cuidadosamente.

-Ezra es un poeta grande, muy grande -dijo Walsh, con sus ojos ensombrecidos que también eran de poeta.

-Sí -dije. -Y muy buena persona.

-Noble -dijo Walsh. -Noble de pies a cabeza.

Comimos y bebimos en silencio, en homenaje a la nobleza de Ezra. Ahora extrañaba a Ezra, y me hubiera gustado que estuviera con nosotros. El tampoco comía marennes muy a menudo.

-Joyce es grande -dijo Walsh. -Grande. Grande.

-Grande -dije. -Y un buen amigo.

Nos hicimos amigos en aquel maravilloso intervalo que hubo después que terminó el Ulysses y todavía no había empezado a trabajar en aquello que durante largos años se tituló Work in Progress. Pensé en Joyce, y me acordé de muchas cosas.

-Ojalá que s e le mejore la vista -dijo Walsh.

-Él también querría eso -dije yo.

-Es la tragedia de nuestra época -sentenció Walsh.

-Todo el mundo tiene algo estropeado -dije, tratando de alegrar el almuerzo.

-Vos no.

Ahora Walsh se decidió a apestarme con todo su encanto, además de ostentar su marca para la muerte.

-¿Querés decir que no estoy marcado para la muerte? -pregunté, sin poder aguantarme.

-No. Vos estás marcado para la Vida -retrucó, pronunciando la palabra con mayúscula.

-Esperá un poco -dije.

Walsh quería comer un buen steak, un steak de rara calidad, y pedí dos tournedos con salsa bearnesa. Pensé que la manteca le iba a caer bien.

-¿Qué te parece un buen tinto? -preguntó.

Cuando vino el sommelier le pedí un Châteauneuf-du-Pape. Después podía despejarme caminando por los muelles. Walsh podía irse a dormirse una siesta, o lo que le viniera mejor. Lo que es a mí, el vino no va a pesarme demasiado, pensé.

El carozo de la cosa recién apareció cuando acabábamos la carne y las papas y andábamos por los dos tercios del Cháteauneuf-du-Pape, que no es un vino de mesa.

-Mejor no seguir dándole vueltas a la cosa -dijo Walsh. -Vos ya sabés que vas a ganar el premio, ¿verdad?

-¿Yo? -dije. -¿Por qué?

-Lo vas a ganar -dijo.

Y empezó a hablar de mi obra y yo trataba de no escucharlo. Me angustiaba la gente que se ponía a hablarme de mi obra en la cara, y contemplé su expresión de marcado para la muerte y pensé, podrido que querés pudrirme con tu podre. He visto batallones que caminaban por el polvo de la carretera hacia el frente, y una tercera parte de aquellos hombres iba hacia la muerte o algo peor, y nadie precisaba distinguirse con ninguna pose porque el polvo era el mismo para todos, y ahí estás vos con tu facha de marcado para la muerte. Y ahora querés pudrirme a mí. No pudras a los demás con lo que no querés que te pudran a vos. Lo único no podrido era su muerte. Iba a llegarle sin hacerle trampas.

-Me parece que no me lo merezco, Ernest -le dije, y me divertía llamarlo por mi propio nombre, que odio. -Además, Ernest, no sería ético, Ernest.

-¿No te parece curioso que seamos tocayos?

-Sí, Ernest -dije. -Y cada uno es el único responsable de que su nombre termine por ser pronunciado como el de una persona digna. ¿Verdad que me entendés, Ernest?

-Sí, Ernest -dijo.

Y desplegó todo su encanto para dedicarme una nostálgica y completa comprensión irlandesa.

Así que siempre me porté muy bien con él y con su revista, cuando tuvo que hospitalizarse por sus hemoptisis y me pidió que supervisara la impresión porque los tipógrafos no dominaban el inglés. Además estuve presente en una de las hemoptisis y me di cuenta que era perfectamente auténtica y que iba a morirse sin escapatoria. Yo estaba pasando por momentos difíciles y me hacía mucho bien ser tan amable con él y llamarlo por mi nombre, además de que sentía simpatía y admiración por la codirectora de la revista. Ella no me había prometido ningún premio, y lo único que le importaba era hacer una buena publicación y pagarle bien a los colaboradores.

Hasta que un día, después de mucho tiempo, encontré a Joyce paseando por el boulevard Saint-Germain, después de haberse pasado toda la tarde solo en el teatro. Le gustaba escuchar a los actores, aunque no les veía. Me invitó a beber una copa y nos sentamos en los Deux Magots y pedimos jerez seco, aunque todos los biógrafos escriben que él nunca bebió más que vino blanco de Suiza.

-¿Qué me dice de Walsh? -preguntó Joyce.

-De tal vivo, tal muerto -contesté.

-¿A usted también le prometió aquel premio?

-Sí.

-Me lo imaginaba -dijo Joyce.

-Así que a usted también se lo prometió.

-Sí -contestó Joyce, y después de un silencio preguntó: -¿No le parece que también debe haérselo prometido a Pound?

-No sé.

-Mejor no preguntárselo -dijo Joyce.

Y entonces le conté a Joyce mi primer encuentro con Walsh en el estudio de Ezra, con las muchachas llenas de pieles, y la anécdota le divirtió.

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