domingo

(A PROPÓSITO DEL RODAJE DE LA GALANTE CALAVERA)


¿CÓMO PIENSA EL CIELO?

Hugo Giovanetti Viola

Cuando a Álvaro Moure Clouzet se le ocurrió filmar un short-cut transcreando el discurso que les escupió en la cara el jovencísimo Alberto Zum Felde a la comparsa directriz de la hipocresía tontovideana en pleno entierro de Julio Herrera y Reissig hace 105 años, concibió como posible locación un teatro iluminado cenitalmente.

Pero ayer asistimos a un rodaje realizado exactamente en el lugar donde fue despedido el ataúd del imperator, y daba la sensación de que todo el Cementerio Central estaba transfigurado por la PAX-LUX de una mortaja mansa.

El aire es de terciopelo. / Por el camino violeta, / cual a través de una grieta / se ve cómo piensa el cielo.

Y daba la sensación de que la abismalidad desprendida por el relanzamiento de esta literal bomba de tiempo que se activó ayer frente a un Panteón Nacional donde ni siquiera hay lugar para Leandro Gómez (que cabalga estatuizado a la entrada del cementerio) está tan soberanamente sintetizada por la estrofa más perfecta de La muerte del pastor, que lo que va a quedar filmado en La galante calavera es la visión de un pensamiento capaz de abrigarnos y crucificarnos al mismo tiempo.

¿Les molesta este amor?

Moure Clouzet logró que la poética actoral que nos encandila oscurísimamente desde el monólogo de María José Pedraja Colman se constituya en una implosión interpelatoria que sólo podemos comparar con la hipnosis fundacional de El pozo, la Tertulia lunática Les Chants de Maldoror.

Y que ladren los que ladran.

En 1934, dos años antes de ser fusilado, Federico García Lorca visitó Montevideo y le pidió a Enrique Amorin que lo llevara hasta la tumba de uno de los máximos maestros tanto de la generación del 27 como de César Vallejo, para leerle un soneto que acababa de dedicarle.

Y lo que debe haber sido una avergonzadísima respuesta fue que jamás sabremos con exactitud dónde está enterrado Julio.

Entonces el andaluz no se dio por vencido y pidió para pronunciar su ofrenda en el mismo ámbito donde Zum Felde había denunciado la maniobra más asquerosa organizada jamás por los cuervos culturales de nuestra toldería.

No duerme nadie por el cielo, había escrito cinco años antes en Nueva York el poeta mártir que también trastornó a la perrada del oro: Nadie, nadie. / No duerme nadie. /  Pero si alguien cierra los ojos, / ¡azotadlo, hijos míos, azotadlo! / Haya un panorama de ojos abiertos / y amargas llagas encendidas. / No duerme nadie por el mundo. Nadie, nadie. / Ya lo he dicho. / No duerme nadie. /  Pero si alguien tiene por la noche exceso de musgo en las sienes, / abrid los escotillones para que vea bajo la luna / las copas falsas, el veneno y la calavera de los teatros.

Julio sigue despierto.

La galante calavera les va a seguir mordiendo las entrañan a los que piensan que el arquetipo de la Purificación no es una verdad del cielo.

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