domingo

PHILIP GLASS - “QUERÍA ENCONTRAR ALGO SIMILAR A LA OBRA DE WARHOL”


por Susana Gavina

(ABC CULTURAL)


PRIMERA ENTREGA

A Philip Glass (Baltimore, 1937) le llega un poco tarde uno de los regalos por su 75 cumpleaños. Se trata del estreno mundial de la ópera «The Perfect American», un encargo que le hizo Gerard Mortier cuando diseñaba la programación de la New York Opera City como nuevo (y breve) responsable del teatro neoyorquino. Tras su salida de la Gran Manzana, el encargo fue asumido después por el Teatro Real –en coproducción con la English National Opera, donde se estrenará el próximo mes de junio–. Se quería festejar así a uno de los compositores norteamericanos más importantes del siglo XX y también más inclasificables, pues a sus casi 76 años (los cumple este mes) Glass sigue rechazando la etiqueta de padre del minimalismo, corriente en la que militó y fue fundamental (junto a Steve Reich y Terry Riley) y bajo la que alumbró su primera ópera, «Einstein on the Beach». Una obra con la que Glass dio por concluida aquella etapa y que supuso, gracias al éxito obtenido, un cheque en blanco para crear y experimentar.

Aquella obra, estrenada en 1976, le permitiría componer libremente para todo tipo de géneros y colaborar con artistas de distintas procedencias: visuales, como Richard Serra y Chuck Close; escritores, como Doris Lessing y Allen Ginsberg; coreógrafos, como Twyla Tharp, Lucinda Childs y Jerome Robbins; cineastas, como Martin Scorsese, Paul Schrader y Godfrey Reggio; y músicos, como Ravi Shankar, David Byrne, Laurie Anderson, David Bowie, Brian Eno o Leonard Cohen. Perseguido por la etiqueta del minimalismo desde los años setenta, Glass rehuye cualquier definición. «Esas son invenciones de los periodistas», sostiene, y resume su trayectoria, de más de medio siglo, de manera sucinta y sencilla: «Soy un compositor teatral». «He escrito para teatro, para danza, para películas, he compuesto óperas...», afirma durante una entrevista en el Teatro Real, al que viene durante estos días, compaginando sus múltiples compromisos. «Este mes se programan tres de mis óperas, en Amsterdam, Gante y Madrid», explica con orgullo. Mientras que en abril tendrá lugar un nuevo estreno de otra partitura, «Traces of the Lost», escrita en alemán e inspirada en un texto del escritor austriaco Peter Handke, con la que se inaugurará la nueva Ópera de Linz.

Al adjetivo de inclasificable se le puede añadir también el de prolífico, avalado por una veintena de óperas, nueve sinfonías (la última se pudo escuchar la pasada primavera en Madrid), música para teatro experimental y para más de una docena de películas (Bent, Candyman, la versión de Drácula de 1931, El show de TrumanLas horasEl ilusionistaNotes on a ScandalEl sueño de Casandra...), con algún cameo incluido, que le han valido tres nominaciones a los Oscar.
Esta es la segunda ocasión en la que Glass, al que también se le atribuye el mérito de captar la atención de un público joven, presenta una de sus óperas en el teatro madrileño (junto a Henze, es el único compositor vivo que repite). La primera, en 1998, fue «Corvo branco», una coproducción con la Ópera de Lisboa compuesta con motivo de la Exposición Universal que tuvo lugar en la capital lusa, y en la que contó con la colaboración de su buen amigo Robert Wilson.

Mientras recorremos los pasillos del Real, tras conceder una entrevista a la BBC, Glass no puede evitar asomarse a las salas de ensayos, donde se escucha a los músicos practicar. La curiosidad es el motor que ha alimentado y nutrido su carrera como creador. Ya en el último piso, desde los grandes ventanales se puede ver la fachada del Palacio Real, tamizada por la densa niebla con la que ha amanecido Madrid.
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En sus óperas anteriores se ha centrado en personajes como Einstein, Gandhi, Cristóbal Colón o Kepler. ¿Qué le atrajo de Walt Disney?
Gerard Mortier me envió el libro de Jungk y me gustó la historia. Uno no se puede imaginar la cultura popular americana sin Disney. Es un icono fundamental. Sus personajes son universales. Aunque Disney nunca fue una persona con una gran educación, sino un hombre muy simple, tuvo una gran intuición sobre lo que le interesaba a la gente. Eso es lo que le hace interesante.

El libreto está inspirado en la biografía novelada y un tanto controvertida de Peter Stephan Jungk, en la que se muestra a Disney como una persona egocéntrica, endiosada, antisemita y misógina. ¿No le preocupó?
Esos sentimientos eran algo muy normal entonces. Especialmente en los hombres de aquella generación. Si no hubiesen nacido en aquel momento y aquel lugar, tal vez hubiesen pensado de otra manera. Eso marcaba las ideas. Somos seres humanos con limitaciones y las limitaciones nos hacen interesantes. Y de eso habla esta obra.
Es el primer personaje americano que aborda. ¿Le ha resultado más difícil?
Es verdad... No, ha sido más fácil porque le entiendo muy bien. Yo también procedo de una zona muy similar. De un estado entre el norte y el sur. Las ideas de Disney sobre la sociedad eran muy comunes allí. Resulta muy familiar para mí. Además, no deberíamos pensar que los grandes artistas deben ser necesariamente personas humanitarias y liberales. Pueden generar todo tipo de sentimientos, ser gente a la que odies o quieras, pero en definitiva solo se trata de personas, y eso no significa que no sean grandes artistas. En cualquier época y sociedad ocurre esto. También podemos hablar de los españoles, la Historia de España está llena de contradicciones. Gente maravillosa viviendo en tiempos terribles...

Han pasado casi 40 años desde el estreno de «Einstein on the Beach». ¿Ha cambiado su concepto de la ópera en estos años?
Lo que realmente cambió tras aquel estreno es que me di cuenta de que tenía una carrera real como compositor de ópera [bromea]. Este mes tengo tres estrenos en Europa. El cambio que se ha producido en mí probablemente tenga que ver con la gente tan diferente con la que he colaborado a lo largo de estos años: escritores, bailarines, diseñadores, cantantes..., lo que me ha permitido trabajar con distintas disciplinas artísticas. Sobre todos ellos destacaría a los cantantes.
Durante estos años he podido conocer muy bien a los cantantes, el tipo de voces, y especialmente cómo abordan los personajes. Esto me ha proporcionado un conocimiento más profundo de la ópera. Por otra parte, a partir de mi segunda obra, «Satyagraha» (1981), me di cuenta de que la ópera podía ser un vehículo para mostrar temas sociales, que no políticos, hablando sobre los derechos humanos, los derechos de las mujeres, la independencia de los países y la relación entre los pueblos.
En las salas de conciertos no puedes discutir sobre esto, pero en los teatros de ópera sí. «Satyagraha», una ópera sobre Gandhi, se centra en los cambios sociales. Aunque en 1981 no parecía un tema tan importante, después se ha programado frecuentemente y ha llegado a más público. Habla de un cambio y de cómo se produce. Y esto es posible gracias a una ópera. En la de Disney también se habla de un tema social, de la relación entre los trabajadores, de la creatividad y de cómo colaboraban juntos. Disney de hecho no dibujaba, eran sus trabajadores quienes lo hacían, pero aún así consideraba los dibujos suyos. Algo que sucedió con muchos artistas que tenían asistentes. Disney siempre afirmó que él era el creador y que sin él no hubiera sido posible, y yo estoy de acuerdo.

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