domingo

JUAN CARLOS ONETTI - entrevistado por Emir Rodríguez Monegal (3)

¿HASTA DÓNDE UN HOMBRE ENTIENDE A UNA MUJER? ¿HASTA DÓNDE UNA MUJER ENTIENDE A UN MACHO?
(reportaje recuperado de la revista Eco, Bogotá, 1970)

A propósito de esto, tengo la sensación (que no está documentada porque mis ejemplares de tus libros están encajonados y fuera de consulta) de que Larsen cambia de tamaño, y hasta de peso y de apariencia física en las novelas.

No te entiendo.

Sí, a veces aparece más gordito y chiquito, otras más flaco y espigado. Tal vez sea una impresión mía, subjetiva, influencia tal vez del estilo o tono de cada novela.

Puede ser. Aunque mi impresión es que en Juntacadáveres todavía está fuerte y poderoso, eso que llamamos pesado, pisando fuerte. En El astillero está la desgracia, la decadencia de Larsen. Ahora es claro: que acepto como un fracasado sólo al de El astillero. Lo que pasa, se me ocurre, es que como terminé de escribir Juntacadáveres después de El astillero, la terminé de escribir sabiéndolo decadente, ya lo sabía anciano y liquidado. Entonces sí, es posible que dentro de Juntacadáveres, Larsen pierda peso.
Yo diría que si no pierde peso literalmente, lo pierde en otro sentido. Hay una diferencia de tono muy grande entre la primera parte de la novela, que es cómica, y tiene un empuje irónico, satírico, y la segunda parte en que se anuncia ya el tono fúnebre de El astillero. Lo que pasa es que ese cambio se puede explicar no sólo por el hecho de que la segunda parte fue escrita después de El astillero, sino porque hay también un cambio en la situación de la novela. El chiste del prostíbulo ya no es un chiste al final. Entonces, el cambio se justifica no sólo por los azares de la composición de ambos libros sino por el sentido mismo de la obra.

No sé, yo no te puedo decir si es por esos motivos, o por otros. Lo que sí te puedo decir es que otros críticos han tenido otras opiniones.

¿Qué querés decir?

Han llegado a decir que en Juntacadáveres los personajes se mueven de manera no explícita, que se termina la novela sin saber cuál es el destino de ellos, etc.

Con esa objeción también se podría atacar al Ulises. Leyéndolo no se sabe qué va a pasar al día siguiente, el 17 de junio de 1904. El argumento me parece idiota. Y además injusto, porque lo más interesante de Juntacadáveres es que es precisamente un libro que está abierto hacia otras novelas tuyas. Porque se continúa no sólo en El astillero, cerrando el destino de Larsen, sino en Para una tumba sin nombre, siguiéndole la pista a Jorge Malabia, y también en la novela que ahora estás escribiendo, por lo que me contás. Pero lo que yo quería discutir era otra cosa: para mí hay dos puntos de vista sobre Juntacadáveres. Uno es precisamente del lector que sabe que forma parte de un ciclo y que puede entender perfectamente que la novela continúa su desarrollo narrativo en otras. Pero está, además, el punto de vista del lector que no sabe o no le interesa esto y que se concentra en lo que la novela sí cuenta: la historia del prostíbulo, historia que tiene principio, medio y fin, y que es muy pero muy clarita.

A ese lector no le importa más que la novela. Y los otros, las personas que han seguido mi obra, que me conocen desde hace años, saben que mañana, a lo mejor, resucito un chivo enterrado donde se me ocurra, y donde me dé la gana...

Y tenés todo el derecho del mundo. Si enterraste al chivo en Para una tumba sin nombre, podés desenterrarlo donde quieras. A eso iba. Yo te diría más: El astillero se presta más a ese tipo de crítica que tú citabas, y que obviamente te tienen con la sangre en el ojo. Porque en esa novela los antecedentes de Larsen resultan más bien misteriosos, y sin haber leído Juntacadáveres, no se sabe de qué derrota se quiere vengar Larsen. Los antecedentes del personaje son totalmente desconocidos para el lector de esa única novela.

Claro, claro. Pero eso es lo que yo quiero; que se pregunten: ¿Quién es Larsen? ¿Por qué lo llaman Juntacadáveres? ¿Qué es el astillero?

Sí, pero el lector que se hace estas preguntas no tiene por qué pedir al autor que se las conteste con la biografía del personaje. Hay otra lectura posible de la novela, en que las respuestas a esas preguntas (y no a la biografía de Larsen, o del fundador del Astillero, o de quien sea) están en la novela misma, y son respuestas de otro tipo: respuestas existenciales, digamos. Por eso, la obra puede ser leída de dos maneras completas: como obra que forma parte de un ciclo, y como obra completamente independiente. Desde este punto de vista es tan legítimo decir que El astillero no se puede entender si no conocés todas las obras del ciclo, como decir que se puede entender perfectamente por sí sola. Es más: me parece que se podría sostener sin dificultad que El astillero ofrece un mundo cerrado, totalmente coherente y completo en sí mismo.

Además de que el argumento de que la obra no se entiende del todo o es incompleta, se puede aplicar a muchas obras y muchos autores. En Balzac hay miles de ejemplos de personajes que aparecen un momento en una obra y apenas si uno tiene tiempo de conocerlos, y después resulta que son protagonistas de otras novelas importantes. Y lo mismo te podría decir de Faulkner. No hay obligación de que el autor tenga que escribir una obra completa sobre cada personaje, una obra cerrada, una obra perfecta.

También hay que tener en cuenta que ese desarrollo de un personaje a través de varias novelas, ofrece otro interés al lector: el ver el ciclo novelesco con una gran perspectiva. Así, por ejemplo, cuando vos presentás a Larsen a través de las varias novelas le das al lector la oportunidad de ir descubriendo a un personaje y desde ángulos a veces muy distintos. En Tierra de nadie, Larsen aparece con sus caracteres así más sórdidos, pero a través de todas las novelas, leyéndolas no en el orden de publicación, sino en el de la historia misma, vemos que el personaje empieza a espiritualizarse, a trascendentalizarse casi, y en El astillero ya se le ve con una dimensión superior a la que hubiera podido imaginarse al conocer al personaje en la primer novela.

Estoy totalmente de acuerdo. Rememorando al Larsen de las primeras obras, hay que verlo como un personaje totalmente cursi, un pobre desgraciado, un pobre diablo. Por el ejercicio de la voluntad, que el tipo ejerce o contra la que surge, se va espiritualizando. Es decir: en esos años en que el tipo se pasa llevando los libros de contabilidad del Astillero es para esconder que es, que ha sido, un cafisho, un explotador de mujeres, toda su vida. Buenos, todo eso es para mí, al menos. No sé qué puede pensar el lector, o un crítico. Creo que es al crítico al que le toca en realidad discutir el personaje desde el punto de vista del espiritualismo, o aún del misticismo.

Siguiendo un poco por este camino, te digo que al final lo veo casi como una figura de Cristo. No sé si son palabras que te parecen demasiado fuertes.

No tanto, no.

No digamos un Cristo, así entero sino un personaje con una parte de Cristo; una víctima expiatoria, un chivo emisario. Es decir: hay toda una parte de la tragedia final de Larsen en El astillero que muestra un sentido profundo de la expiación, y no sólo la expiación por los pecados propios. Al asumir Larsen la gerencia del Astillero, asume la culpa entera de la empresa. Es decir: de todos.

Sí, eso puede ser, porque hay un fondo cristiano mío. En el sentido de una cosa ideal que está allí. No como una cosa deliberada, es claro.

Sí, no tenés nada de Graham Greene, por suerte, ni tus novelas son "edificantes", en este sentido, ni tampoco deliberadamente alegóricas, aunque puedan leerse como alegorías.

No, no podría hacer eso, ni aunque quisiera. ¿Conocés el chiste viejo del tipo que le preguntaron qué mensaje tenía su novela? Les contestó: Si necesita un mensaje use la Western Union. Es decir: yo no puedo concebir a un individuo que se sienta a escribir para transmitir un mensaje en una novela. Sí concibo, y lo concibo porque yo mismo lo he hecho alguna vez, que uno se siente a escribir algo semejante a un ensayo, o un artículo periodístico para dar un mensaje. Pero en una novela, no. En la novela están Tata Dios y Onetti, y nada más.

Volviendo a Larsen y a El astillero, no sé si sabés que esta novela fue interpretada por el crítico inglés David Gallagher, en el New York Times, como una alegoría de la decadencia actual del Uruguay. Como además la novela está dedicada a Luis Batlle, tal vez sería posible atar esas dos moscas por el rabo y sacar algunas conclusiones. ¿Qué te parece?

Mirá, en primer lugar, Luis Batlle era mi amigo y por eso le dediqué el libro. Como he dedicado otros libros a otros amigos. Además, Batlle era un gran hombre, una gran persona. Ahí tenés su retrato. Miralo. Era como un niño. En cuanto a lo de si El astillero es o no una alegoría, ya te dije que no me interesa ese tipo de novela. No hay alegoría de ninguna decadencia. Hay una decadencia real, la del astillero, la de Larsen.

De acuerdo, y además sé que te enojaste mucho cuando el editor de la segunda edición de El astillero suprimió por su cuenta la dedicatoria a Luis Batlle. Pero yo iba a otra cosa. La lectura de Gallagher es una lectura de crítico, y puede ser legítima. En ese sentido, yo sugería ir más lejos y establecer ese paralelo (no directo, sino alegórico) entre el esfuerzo de Larsen por salvar el astillero y salvarse, y el de Luis Batlle por salvar el Uruguay y la herencia del viejo Batlle, y su propia carrera. Creo que es más linda esa interpretación, aunque a ti no te guste.

No es que no me guste, entendeme. Es que para mí Luis Batlle es un gran amigo, y Larsen es un personaje imaginario que yo vi, completo, en un solo gesto definitorio, un día de 1948. Ya te lo conté. Así que no puedo ver la relación. Pero no importa.

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