domingo

MARLON BRANDO versus TRUMAN CAPOTE

CUARTA ENTREGA
Brando comienza a tejer con sus dedos en el aire, como con la esperanza de que sus dedos describan lo que no puede articular con precisión. “La actuación es algo tan tenue” dijo. “Un algo tímido y frágil que un director sensible puede ayudarte a sacar al descubierto. Ahora, en la actuación en las películas, lo importante, el momento sensible, llega alrededor de la tercer toma de una escena; para entonces sólo necesitas un murmullo del director para cristalizarlo. Gadge (el apodo de Elia Kazan) por lo general sabe hacerlo. Él es maravilloso con los actores”.
Supongo que un actor habría entendido de inmediato lo que Brando estaba diciendo, pero yo lo encontraba difícil de seguir: “Es lo que sucede dentro tuyo en la tercera toma”, dijo, con un cuidado énfasis que no disminuyó mi incomprensión. Una de las escenas más memorables de Brando sucede en “Nido de ratas”, bajo la dirección de Kazan: el viaje en auto en el que Rod Steiger, en el papel del hermano mafioso, confiesa que está llevando a Brando a una trampa mortal. Le pregunté si podía tomar ese episodio como ejemplo y así explicarme cómo aplicaría allí su teoría del “momento sensible”.


“Sí. Bah, no. Bueno, veamos…”. Frunció su rostro haciendo como un murmullo. “Esa era una séptima toma, y no me gustaba la manera en que la escena estaba escrita, tenía muchas contradicciones. Y estaba harto de la película esa. Toda la locación se llevó a cabo en Nueva Jersey, al final del invierno –¡el frío que hacía, Dios! Y yo estaba teniendo problemas en esa época. Problemas con mujeres. Ésa escena. Dejame ver. Se hicieron siete tomas porque Rod Steiger no podía parar de llorar. Él es uno de esos actores que ama llorar. Lo hicimos una y otra vez. Pero no recuerdo cómo se cristalizó para mí. La primera vez que vi “Nido”, en una sala de proyección, con Gadge, pensé que era tan mala que me levanté y me fui sin siquiera hablarle”.
Un mes antes, un amigo de Brando me había contado: “Marlon siempre se vuelve contra lo que sea que esté haciendo. Contra algún elemento que haya ahí, sea el guión, el director o alguien del elenco. Y no siempre es por algo racional, es como si no estar satisfecho lo hiciera sentir bien, lo mismo cuando se enoja por algo. Es parte de su forma de ser. Con ‘Sayonara’ apuesto diez dólares contra uno que en algún momento algo lo va a desencajar. Quizá se enoje con Logan. O quizá con Japón, con todo el maldito país. Él ama al Japón ahora. Pero con Marlon nunca se sabe qué puede pasar de un minuto al otro”.
Me preguntaba si debía mencionarle esta supuesta “forma de ser” a Brando, preguntarle si lo consideraba una mirada válida acerca de él. Pero fue como si se hubiera anticipado a la pregunta. “Tengo que aprender a cerrar la boca”, dijo. “Acá, en ‘Sayonara’, dejé que unos pocos sepan cómo me siento. Pero nunca me siento igual dos días seguidos”
Eran las 10.30 cuando Murray llamó.
“Salí a cenar con las chicas”, le dijo a Brando con una voz que salía tan fuerte del teléfono que yo también podía escucharlo, una voz que sonaba sobre una mezcla de barullo de banda de baile y los ruidos de un bar. Obviamente no era cliente de uno de esos tranquilos restaurantes tradicionales de Kioto, estaba más bien en un lugar de esos en que los clientes usan zapatos. “Ya estamos terminando aquí. ¿Por ahí qué tal?”.
Brando me miró pensativo. Yo busqué mi saco con la mirada. Pero dijo: “Todavía estamos cotorreando. Llamame de vuelta en una hora”.
“Ok, bueno… Ok, escuchame, Miiko está acá. Quiere saber si recibiste las flores que te mandó…”.

Los ojos de Brando se movieron si demasiadas ganas hacia el balcón tras el ventanal, donde un florero con ásteres yacía en el centro de una mesa de bambú. “Ajá. Decile que muchas gracias”.
“Decile vos, está acá”.
“¡No! ¡Ey, esperá! Dios, así no es cómo se hacen las cosas”. Pero la protesta llegó demasiado tarde. Murray ya había dejado el teléfono y Brando, repitiendo “Así no es”, se sonrojó como un chico que no sabe dónde meterse de la vergüenza.
La siguiente voz que salió del teléfono pertenecía a la dama que coprotagonizaba junto a él “Sayonara”, la Srta. Miiko Taka, quien le preguntó por su salud.
“Mejor, gracias. Comí una ostra en mal estado, eso es todo… ¿Miiko?… Miiko, fue muy dulce de tu parte haberme enviado esas flores. Son preciosas. Las estoy viendo justo ahora”. Y continuó, como atreviéndose tímidamente a la línea de un verso, “Las ásteres son mis flores favoritas…”.
Me retiré al balcón, permitiendo que Brando y la Srta. Taka continuaran con su conversación en la más estricta soledad. El jardín del hotel, con sus ultra sencillos arreglos de roca y árbol, flotaba sobre la niebla que se arrastra sobre los canales de Kioto, una ciudad entrecruzada por ríos bajos y acequias en cascada, arroyos calmos como serpientes enroscadas y pequeños saltos alborozados que resuenan como esas risitas de las chicas japonesas. Alguna vez capital del Imperio y hoy el museo cultural del país, un tesoro estético tan grande que los norteamericanos no la bombardearon durante la guerra, Kioto está rodeada por agua, también. Detrás de las colinas que contienen a la ciudad, pequeñas carreteras corren como pasos elevados a través del plateado que reflejan los campos de arroz. Esa noche, a pesar de la neblina, las cimas azuladas de las colinas podían divisarse contra el marco de la noche gracias a la claridad del aire en las alturas. El cielo estaba allí, con las estrellas y un trocito de luna en él. Partes de la ciudad podían verse. Allí cerca había un vecindario con techos en curva. Fachadas oscuras de hogares aristocráticos tomaban forma a través de su madera sedosa pero austera, norteñas, secretas como cualquier palacio de piedra de Siena. Con qué brillo hacían lucir a las lámparas de la calle, con los faroles de entrada de las casas irradiando colores de kimonos al tono, rosa y naranja, limón y rojo. Más lejos, una planicie moderna: amplias avenidas y neón, rascacielos de un concreto crudo que parecían menos perdurables, más endebles que las viviendas de papel que se arqueaban a su alrededor.
Brando terminó su llamada. Camino hacia el balcón me vio contemplando la vista del lugar. Dijo, “¿Has estado en Nara? Bastante interesante”.
Yo había estado, y sí, lo era. La “antigua Nara de los viejos tiempos”, tal como un guía local se había referido acertadamente a ella, está a una hora en auto de Kioto –un pueblo de postal ubicado en un parque turístico, la apoteosis del genio japonés para sugestionar a la naturaleza hacia comportamientos nada naturales. Un lugar plagado de santuarios, con ovejas pastando y manadas de ciervos domesticados que vagan alrededor de pinos elegantes y posan con gusto, igual que las palomas venecianas, entre parejas en viaje de luna de miel. Un lugar con niños que tiran de las barbas de cabras que no se defienden, con ancianos de capas negras y cuello de visón que se acuclillan sobre la orilla de lagos cubiertos por flores de loto y llaman, aplaudiendo, a una gran cantidad de peces: carpas gordas como truchas, moteadas de escarlata, que permiten que les hagan cosquillas en el hocico para luego devorar las migas que estos ancianos les dan. Que este Edén sin serpientes atrajera tanto a Brando era algo sorprendente. Con su gusto liberal por los lugares escondidos y no muy transitados, uno habría supuesto que sería insensible a este paisaje tan prolijo y cuidado. Luego, como a propósito de Nara, dijo, “Bueno, me gustaría casarme. Quiero tener hijos”. No era, quizá, la incongruencia que aparentaba ser: la amable seguridad de Nara podía llegar a sugerir, por asociación de ideas, casamiento, familia.
“Tenés que tener amor” dijo. “No hay otra razón para vivir. Los hombres no son diferentes a los ratones. Nacen para llevar a cabo la misma función. Procrear”. (“Marlon”, para citar a su amigo Kazan, “es una de las personas más amables que conozco. Quizá la más amable”. La afirmación de Kazan cobraba sentido cuando uno observaba a Brando en compañía de niños. En lo que a él respecta, esta nueva generación japonesa de niños encantadores, alegres, con mejillas color cereza, piernas en comba y estallidos repentinos, era siempre bienvenida en los sets de “Sayonara”. Brando era bueno con los niños, se sentía cómodo, jugaba, los apreciaba. De hecho se veía como su par emocional, un co-conspirador. Aún más: esa expresión de condolencia, esa ligera mirada de compasión con que contemplaba a algunos adultos, desaparecía de sus ojos cuando estaba con un niño).
Posando sus dedos sobre la ofrenda floral de la Srta. Taka, continuó: “¿Qué razón hay para vivir si no es el amor? Ése ha sido mi mayor problema. Mi incapacidad para amar a nadie”. Volvió a la habitación y se quedó allí, de pie, como a la caza de algo: ¿Un cigarrillo? Tomó un atado, estaba vacío. Tanteó los bolsillos de los pantalones y chaquetas que estaban tirados aquí y allá. El ropero de Brando ya no recuerda a una pandilla callejera. En lo que a vestimenta respecta se ha graduado, o ha ido más atrás hacia un estilo de bandido chic de la época de la prohibición: sombreros de ala corta, trajes a rayas y camisas de tonos sombríos con corbatas pastel á la George Raft. Una vez que encontró los cigarrillos encendió uno y se desplomó sobre el camastro. Gotas de sudor rodeaban su boca. La estufa eléctrica zumbaba. Era una habitación tropical, uno podría haber cultivado orquídeas allí. Arriba, los murmullos del Sr. y la Sra. Buttons habían recomenzado, pero Brando aparentemente había perdido interés en ellos. Estaba fumando, pensando. Luego, retomando la puntada de su pensamiento, dijo: “No puedo. Amar a nadie. No puedo confiar en nadie lo suficiente como para entregarme. Pero estoy listo. Lo deseo. Y quizá pueda, casi estoy allí, de veras tengo que…”. Sus ojos se agrietaron, pero su tono, lejos de ser intenso, era indiferente, apagado, objetivo, como si estuviera hablando acerca de algún personaje en una obra, un personaje que estaba cansado de interpretar pero al que estaba atado por contrato. “Porque, bueno, ¿qué más hay? De eso se trata todo. Amar a alguien”.
(En esos días Brando era un soltero que ocasionalmente se había permitido compromisos de carácter casi oficial: una vez con una aspirante a actriz y autora llamada Blossom Plum y luego, con más atención pública, con Josanne Mariani-Bérenger, hija de un pescador francés. Pero en ninguno de esos casos plantó bandera. Un día del mes pasado, sin embargo, en una ceremonia algo repentina y secreta en Eagle Rock, California, Brando contrajo matrimonio con una joven actriz de piel oscura y papeles menores que se había dado a conocer con el nombre de Anna Kashfi. Según los confusos reportes de prensa, podía ser una humilde budista de Darjeeling del más puro origen hindú o la hija nacida en Calcuta de una pareja de ingleses de apellido O’Callaghan que vivían en Gales. Brando aún no había hecho nada para aclarar el misterio).

“De todos modos, tengo amigos. No. No, no tengo” dijo, boxeando verbalmente con su sombra. “No, sí que tengo” decidió, limpiando el sudor de su labio superior. “Tengo muchos amigos. Con algunos no me guardo. Les cuento lo que sucede. Tenés que confiar en alguien. Bueno, no hasta el fondo… No hay nadie en quien confíe tanto como para que me diga lo que tengo que hacer”.
Le pregunté si eso incluía consejeros profesionales. Por ejemplo, hasta donde yo sabía Brando dependía mucho de la guía de Jay Kanter, un joven que pertenecía al staff de Music Corporation of America, la agencia que lo representa. “Oh, Jay”, dijo Brando. “Jay hace lo que yo le digo que haga. Así de solo estoy”.
Sonó el teléfono. Debía haber pasado una hora, pues era Muray de nuevo. “Sí, seguimos cotorreando”, le dijo Brando. “Mirá, dejá que yo te llame… Oh, en una hora más o menos. ¿Ya volviste a tu habitación?… Ok.”.
Cortó y dijo: “Buen tipo. Quiere ser director… en un tiempo. Pero estaba diciendo algo… Hablábamos de amigos. ¿Sabes cómo hago un amigo?” Se inclinó un poco hacia mí, como si tuviera un secreto divertido para compartir. “Llego muy amablemente. Me muevo en círculos alrededor. En círculos. Después, poco a poco, me acerco. Después los alcanzo y los toco, ah, tan suavemente…”. Estiró sus dedos como antenas de insectos y tocó apenas mi brazo. “Luego”, dijo, con un ojo cerrado y el otro, à la Rasputín, abierto de manera cautivante, “retrocedo. Espero un poco. Dejo que se hagan preguntas. En el momento justo, me acerco otra vez. Los toco. Círculos”. Ahora su mano rota en figuras circulares, como sosteniendo una soga con la que atara una presencia invisible. “No saben lo que pasa. Antes de que se den cuenta ya están enredados, involucrados. Los tengo. Y de repente, en ocasiones, soy todo lo que tienen. Muchos de ellos, sabés, son personas que no encajan en ningún lado; no son aceptados, no encajan, están heridos, fueron lastimados de una u otra manera. Pero quiero ayudarlos, y ellos pueden enfocarse en mi. Soy el duque. Algo así como el duque de mis dominios”.

(Un viejo inquilino del ducado, al describir a su dueño y señor y sus asuntos, dijo: “Es como si Marlon viviera en una casa donde las puertas están siempre abiertas. De hecho, cuando vivía en Nueva York la puerta estaba siempre abierta. Cualquiera podía entrar, estuviera Marlon allí o no, y cualquiera lo hacía. Vos llegabas y había diez o quince personajes dando vueltas por ahí. Era raro, porque nadie parecía conocer a nadie. Sólo estaban allí, como gente en una estación de tren. Algunos leían etiquetas. Una chica bailando sola. O pintando las uñas de sus pies. Un comediante ensayando su acto de club nocturno. En una esquina lejana dos tipos podían estar jugando una partida de ajedrez. Y tambores: bang, bum, bang, bum. Pero nunca había alcohol ni nada de eso. Quizá de tanto en tanto alguien podía decir ‘Bajemos a la esquina a buscar helado’. Ahora, el denominador común de todo esto, el lazo común que los unía, era Marlon. Se movía por la habitación llevándose a uno aparte y se ponía a charlar. No sé si te diste cuenta, pero Marlon no puede charlar con dos personas a la vez. Nunca va a tomar parte en una conversación grupal. Siempre va a ser un cálido tête-à-tête, una persona a la vez. Lo cual es necesario, supongo, si querés tener el mismo encanto con todos. Y aunque ya sepas cómo es, no importa. Porque cuando llega tu turno te hace sentir como si fueras la única persona en la habitación. En el mundo. Te hace sentir que estás bajo su protección, que se preocupa profundamente por tus problemas. Le creés; más que nadie en el mundo que conozca, el tipo irradia sinceridad. Al final te preguntás: ‘¿Estará actuando?’. Pero si así fuera, ¿cuál sería el punto? ¿Que es lo que tenés para darle? Nada, salvo –y éste es el punto– afecto. El tipo de afecto que le da autoridad sobre vos. A veces pienso que Marlon es como un huérfano que más tarde en la vida se convertirá en el amable director de un orfanato gigante. Pero incluso fuera de esa institución quiere que todos lo amen”. Aún cuando exista un buen grupo de testigos que buscarán contradecir esta opinión, es sabido que Brando una vez le dijo a un periodista: “Puedo entrar a una habitación donde haya cientos de personas, pero si hay una sola persona a quien no le agrade me doy cuenta y me voy”. Como nota al pie debería agregarse que, dentro de la camarilla que preside, Brando es considerado tanto un padre intelectual como un afectuoso hermano mayor. La persona que probablemente mejor lo conoce, el comediante Wally Cox, declaró que es “un filósofo creativo, un pensador muy profundo”, y agregó: “Es una fuerza verdaderamente liberadora para sus amigos”).
Brando bostezó; debían ser como la una menos cuarto. En menos de cinco horas tenía que estar bañado, afeitado, desayunado, en el set, listo para que el personal de maquillaje coloreara su pálido rostro con el tinte mulato que requiere el Technicolor.
“Fumemos otro cigarro”, dijo, mientras yo comenzaba a buscar mi abrigo.
“¿No crees que deberías ir a dormir?”
“Eso sólo significa levantarse. La mayoría de las mañanas no sé porqué lo hago. No puedo enfrentarlo”. Miró el teléfono, como recordando su promesa de llamar a Murray. “De todos modos, quizá más tarde trabaje. ¿Querés algo para tomar?”.
Afuera las estrellas se opacaban y comenzaba a lloviznar, así que la idea de una copa antes de ir a la cama era algo agradable, especialmente teniendo en cuenta que debía volver a pie a mi hotel, que estaba a una milla de distancia del Miyako. Me serví algo de vodka; Brando declinó la invitación de acompañarme. Sin embargo, tomó mi vaso, bebió un sorbo, lo dejó en el espacio entre nosotros y de pronto dijo, de un modo medio a la ligera que sin embargo transmitía sentimiento: “Mi madre. Cayó en pedazos como una pieza de porcelana”.
Varias veces había oído a los amigos de Brando decir “Marlon adoraba a su madre”. Pero antes de 1947 y el estreno de “Un tranvía llamado deseo”, pocos, quizá ninguno entre los de su círculo íntimo, habían conocido a sus padres. No sabían nada de su pasado salvo por lo que él elegía contarles. “Marlon siempre dio un retrato muy colorido de su vida en Illinois”, me contó uno de sus conocidos. “Cuando supimos que su familia estaría viniendo a Nueva York para el estreno de “Tranvía”, todos estábamos muy curiosos. No sabíamos qué esperar. En la noche del estreno, Irene Selznick dio una gran fiesta en ‘21’. Marlon llegó con su padre y su madre. Bien, no podrías imaginarte dos personas más atractivas. Altos, apuestos, encantadores. Lo que me impresionó –lo que impresionó a todos, supongo– fue la actitud de Marlon hacia ellos. En su presencia no era el muchacho que conocíamos. Era un hijo modelo. Reservado, respetuoso, muy amable, considerado en todos los sentidos”.
Aunque nació en Nebraska, donde su padre era vendedor de productos de piedra caliza, Brando, el tercer niño en la familia y único varón, pronto fue llevado a vivir a Libertyville, Illinois. Allí los Brando se asentaron en una casona vieja en un vecindario campestre, lo suficientemente grande como para permitirles tener gansos y gallinas y conejos, un caballo, un gran danés, veintiocho gatos y una vaca. Ordeñar la vaca era la tarea diaria que le tocaba a Bud, el apodo que Marlon tenía entonces. Bud, según se cuenta, había sido un muchacho extrovertido y competitivo. Cualquiera que se acercara a él era metido de golpe en algún tipo de competición: ¿Quién puede comer más rápido? ¿Aguantar la respiración más tiempo? ¿Contar la historia más larga? Bud era rebelde, también; con lluvia o sol, se escapaba de su casa todos los domingos. Pero él y sus hermanas, Frances y Jocelyn, eran devotamente cercanos a su madre. Muchos años más tarde, Stella Adler, antigua profesora de teatro de Brando, describió a la Sra. Brando, quien falleció en 1954, como “una criatura aniñada hermosa, celestial, perdida”. Siempre, en cualquier lugar en el que vivieran, la Sra. Brando había actuado en protagónicos en producciones teatrales de la zona, y siempre había ansiado un mundo de luces más brillantes que el que la rodeaba. Este anhelo inspiró a sus hijos. Frances se dedicó a la pintura; Jocelyn, quien actualmente es una actriz profesional, se dedicó al teatro. Bud, también, había heredado las inclinaciones teatrales de su madre, pero a los diecisiete anunció que se dedicaría al sacerdocio. (En aquellos días, tal como ahora, Brando buscaba una creencia. Tal como una vez lo resumió uno de sus discípulos, “Necesita encontrar algo en la vida, algo en él mismo, algo que sea una verdad permanente, y necesita dedicar su vida a ello. A una personalidad tan intensa, nada menos que eso lo va a conformar”). Una vez que lo convencieron de no seguir esa vocación clerical, expulsado del colegio y rechazado para el servicio militar en 1942 a causa de un problema en la rodilla, Brando empacó sus cosas y se fue a Nueva York. Allí desaparece Bud, el gordito rubio, cabeza dura, triste adolescente, y emerge, en su lugar, el talentoso hombre de talla, Marlon.
Brando no ha olvidado a Bud. Cuando habla del niño que fue, ese niño parece habitarlo, como si el tiempo hubiera hecho poco para separar al hombre del muchacho lastimado y lleno de anhelos. “Mi padre era indiferente comigo”, dijo. “Nada de lo que pudiera hacer parecía interesarle o conformarlo. Pero ya acepté eso. Somos amigos ahora. Nos llevamos bien”. En los últimos diez años, el Sr. Brando supervisó los asuntos financieros de su hijo. En conjunto con Pennebaker Productions, de la cual el Sr. Brando es empleado, han estado asociados en algunas inversiones, incluyendo un rancho de ganado y siembra en Nevada en el que invirtieron un alto porcentaje de las ganancias del joven Brando. “Pero mi madre lo fue todo para mí. Todo un mundo. De veras lo intenté… Solía volver a casa del colegio…”. Dudó, como esperando que me hiciera la imagen de Bud con sus libros bajo el brazo en correrías por las tardes. “No había nadie en casa. Nada en el refrigerador”. Diapositivas: cuartos vacíos, una cocina. “Luego sonaba el teléfono. Alguien llamando de algún bar. ‘Tenemos a una dama aquí. Sería bueno que vengas a buscarla’”. De pronto, Brando se quedó en silencio. En ese silencio la imagen se desvaneció, o, más bien, quedó fijada: Bud al teléfono. Al final la imagen volvió a moverse, saltó hacia adelante en el tiempo. Bud tiene 18, y: “Pensé que si me amaba lo suficiente, si confiaba en mí lo suficiente, pensé, podríamos vivir juntos en Nueva York. Viviríamos juntos y yo cuidaría de ella. Una vez, tiempo más tarde, eso realmente sucedió. Dejó a mi padre y se vino a vivir conmigo a Nueva York, mientras yo estaba en una obra. De veras lo intenté. Pero mi amor no era suficiente. No le importaba lo suficiente. Regresó. Y un día…”, su voz se aplacó, pero aún así el tono emocional creció al punto que uno podía discernir el sonido dentro del sonido, un desconcierto herido: “Dejó de importarme. Ella estaba allí. En una habitación. Aferrándose a mí. Y la dejé caer. Porque ya no podía soportarlo… Verla en pedazos, frente a mí, como una pieza de porcelana. Me paré sobre ella. Caminé hacia afuera. Fui indiferente. Desde entonces, fui indiferente”.
El timbre del teléfono pareció despertarlo de una nebulosa. Miró alrededor, como si se hubiera despertado en una habitación desconocida. Luego sonrió irónicamente. Luego murmuró: “Mierda, mierda, mierda”, mientras estiraba su mano para alcanzar el teléfono. “Perdón”, le dijo a Murray. “Justo te iba a llamar… No, ya se está yendo. Pero… Mirá, mejor dejémoslo para la próxima. Ya son más de la una. Son casi las dos… Sí… Mejor. Mañana”.
Mientras tanto, yo me ponía mi sobretodo y esperaba para despedirme. Me acompañó hasta la puerta, donde me puse mis zapatos. “Bueno, sayonara”, me despidió medio en broma. “Deciles a los de recepción que te consigan un taxi”. Luego, mientras bajaba por el pasillo, me llamó. “¡Ey, escuchá! No prestes mucha atención a lo que digo. No siempre me siento igual”.
De algún modo, esa no fue la última vez que lo vi esa noche. Escaleras abajo, el lobby del Miyako estaba desierto. No había nadie en el mostrador, ni había afuera ningún taxi a la vista. Aún a mediodía, las extravagantes callecitas de Kioto ya me habían engañado antes. Así y todo, partí bajo una garúa helada en lo que deseaba que fuera un camino hacia mi hotel. Nunca antes había andado tan tarde por una ciudad en el extranjero. Había un contraste grande con el día, donde las partes centrales de la ciudad, tomada por multitudes en juerga constante, resuenan como el interior de una sala de pinballs. O con las primeras horas de la noche, donde los faroles iluminan las veredas como flores nocturnas ocultas tras la bruma, mientras que las geishas, siempre resplandecientes, se contonean en leves rengueos con sus rostros de cerámica blanca y sus pelucas envueltas en gasa y adornadas con campanas plateadas, apurándose entre las sombras hacia festejos de una meticulosidad deliciosa. Pero a las dos de la mañana este grotesco exquisito se esfumó, los cabarets cerraron. Sólo los gatos me acompañaron, y los borrachos, y las damas de companía, y los inevitables mendigos completamente tapados, recostados en las entradas, y, brevemente, un músico callejero en harapos que iba detrás mío tocando música medieval en su flauta. Había recorrido penosamente más de una milla cuando di con al menos cien pasajes que me llevaban a terreno conocido: el distrito central con sus tiendas y sus cines. Fue entonces cuando vi a Brando. Casi dos metros de alto, con una cabeza tan grande como la del Buda más grandioso. Allí estaba, en colores de historieta, en un cartel que ubicado sobre un teatro promocionaba “La casa de té de la luna de agosto”. Bastante parecida a la del Buda era también su pose, pues estaba retratado en cuclillas, con una sonrisa serena que brillaba entre la lluvia y la luz de una lámpara de la calle. Se veía como una deidad, sí. Pero en realidad, más que eso, lucía como un hombre joven sentado sobre una pila de dulces.

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