QUINTA ENTREGA
INTRODUCCIÓN (3)
Una poesía irregular (2)
Estas tres operaciones cambian la impresión inicial de lo que es la fantasía y el entendimiento. En principio, Luzán parecía referirse a la primera como la pantalla en la que se imprimen las representaciones de las cosas y el entendimiento era un sistema que operaba sobre ellas. Pero como se ve en este pasaje, la fantasía tiene una gran autonomía. No es un mero receptáculo de impresiones, sino una facultad que opera sobre ellas, combinándolas entre sí, con total libertad y desorden. La mención de los sueños es sumamente importante en este contexto. En ellos hay imágenes que se combinan con libertad y aparentemente sin lógica alguna. En consecuencia, el entendimiento funciona como una facultad de regulación. Aporta un esquema racional para discernir, separar y comparar esas combinaciones libres. En este sentido, es un aparato de gobierno, regulación y conducción.
Según Luzán, las obras literarias pueden comprenderse a partir de estas tres operaciones. El empleo exclusivo del entendimiento da como resultado la filosofía y las preceptivas. Los otros dos tipos de operaciones explican la existencia de obras poéticas buenas y malas. Son buenas todas aquellas en las que las imágenes que proporciona la fantasía son gobernadas por el intelecto. Éstas no se reducen a la imitación simple de la naturaleza. La poesía debe representar las cosas como son (una batalla o una tormenta), pero también como pueden ser (los amores de Dido y Eneas) o como podrían ser, caso este último en el cual se presenta una verdad, la belleza de un prado, utilizando metáforas mediante las cuales se lo describe como una mujer hermosa. La mala poesía, en cambio, es aquella que se aproxima al gobierno exclusivo de la fantasía. Como vimos en las palabras antes citadas, Luzán considera que esto únicamente se produce durante el sueño y en la locura. Pero este parámetro absoluto funciona como punto de referencia. En este sentido, la mala poesía es aquella que reduce el ámbito de gobierno de la razón y por consiguiente se acerca al desenfreno.
La imagen del pasado que Luzán propone se basa en estas consideraciones. Para la Poética, la poesía del siglo XVI se ajustó perfectamente al trabajo conjunto de la fantasía y el entendimiento. Luego, sobre todo con Góngora y Lope de Vega, ese equilibrio se desmoronó. Para Luzán, el primero tuvo un gran ingenio y fantasía. Incluso le parecen rescatables las obras menores. Pero se descarrió en los poemas extensos, «usando sin medida un estilo sumamente pomposo y hueco, lleno de metáforas extravagantes, de equívocos, de antítesis, de retruécanos y de unas transposiciones del todo nuevas y extrañas en nuestro idioma» (172), creando en consecuencia una poesía incomprensible, que el «vulgo» aplaudió porque eso es a lo que se ha dedicado desde siempre: a festejar e imitar aquello que no entiende de ninguna manera. Este tipo de juicios no eran nuevos. Como sugiere Rico (2005), Luzán continúa las críticas que Góngora se había ganado en vida. Lo nuevo se encuentra, en cambio, en el sistema en el cual encasilla esa censura. En Góngora, según Luzán, se impuso la fantasía en desmedro del entendimiento. Así, lo considera el gran ejemplo de «cuán disformes monstruos puede concebir una fantasía desordenada y en qué derrumbaderos puede caer» (313).
Aunque destaca muchos más aciertos en Lope, sus obras le merecen juicios igual de severos. Primero le dedica una semblanza biográfica y luego destaca que, como Góngora, tuvo un talento irrepetible. Pero alcanzó la madurez durante el desordenado siglo XVII y se perdió en los meandros del mal gusto. Para peor, la combinación entre su talento, la facilidad en la escritura y el mal gusto de la época lo llevó, según Luzán, a ahondar la decadencia general. Esto se debe a que sus numerosísimas obras, celebradas por el público, influyeron decididamente en los otros escritores, lo cual llevó a los nuevos dramaturgos a tomarlo como modelo. Escribe al respecto Luzán, en la mucho más severa edición de 1789:
La fantasía de un poeta enamorado, exagerando en la violencia de su pasión la hermosura de su dama, la llamará tal vez metafóricamente sol; sobre esta metáfora fundará después un sofisma y querrá probar seriamente que, aunque el sol verdadero tramonte, no por eso anochece, porque su sol metafórico está presente. De semejante modo argüía Lope de Vega Carpio (319-320).
Pero a Lope no le reprocha el desvarío, según el tipo de juicios que emite sobre Góngora, sino su adhesión enfermiza al público. En efecto, Luzán le critica menos la fantasía descarriada que el haber incurrido en ella para lograr el éxito:
Este error -observa, tomando como ejemplo no sólo a Lope- es común a muchos poetas españoles, pero también de otras naciones, los cuales, viendo que lo maravilloso, lo extraordinario y lo inopinado es muy aplaudido en la poesía, y no sabiendo, o por pereza o por ignorancia, el modo de hallarle entre la verdad o la verosimilitud, recurrieron, como a medio más fácil, a una maravilla falsa y a unas paradojas fundadas en equívocos y derivadas de las suposiciones y ficciones de la imaginación poética. Entre el vulgo ignorante, y, especialmente, entre aquellos que no penetran hasta el fondo de las cosas, contentándose con la superficie, estas paradojas aparentes y estas falsas maravillas, con la doradura superficial y aquella exterior brillantez que ostentaban, lograron ser tenidas por verdadera belleza y por uno de los más hermosos y exquisitos adornos de la poesía, bien así como entre niños o entre simples villanos se estiman los biriles como diamantes y el oropel como oro (319).
Con estos juicios sobre dos de los escritores centrales del período, se impuso durante el neoclasicismo una imagen sumamente negativa de la literatura del siglo XVII. Como recuerda José Berbel Rodríguez (2003), Ignacio de Luzán, Blas Nasarre, Agustín Montiano y Luyano y Luis Velázquez, entre otros, propusieron la teoría de que, frente a la Antigüedad clásica y el equilibrio y buen gusto alcanzados durante el siglo XVI, el 1600 llevó a la poesía a la corrupción. Debido a la insistencia del primero en el componente de la fantasía y la idea de que ésta no debe separarse del intelecto, tenemos la tendencia natural a comprender este prejuicio neoclásico a partir de lo irracional, como lo opuesto a la razón. Pero los neoclásicos no emplearon esa palabra. En Orígenes de la poesía castellana (1754), Velázquez utiliza «desorden», «mal gusto», «gusto depravado», «extraño» y, para identificar el rol de Lope, señala que éste vino a «corromper» o a «viciar» la poesía. Entre estas palabras, el «desorden» se ajusta perfectamente bien a los reproches de los neoclásicos, en tanto no sólo significa «falta de orden», sino también «exceso». Si tomamos en cuenta que, en el Diccionario de autoridades, «racional» se define como «Lo que toca o pertenece a la razón, y es arreglado a ella», el antónimo más preciso es «irregular», es decir, «lo que es fuera de regla, o contrario a las reglas de algún arte o gobierno».
En suma, el neoclasicismo comprendió la poesía del siglo XVII como un desborde de la razón. En Lope y Góngora hay exceso, desorden, desarreglo, todas cuestiones que se explican porque se apoyaron desmedidamente en la fantasía.

























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