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URUGUAY COMO PROBLEMA - ALBERTO METHOL FERRÉ



DÉCIMA ENTREGA

4. La necesidad de trascender al Uruguay (2)
¿Perduraría la obra? El añejo recelo vuelve a nosotros imperioso, con su cortejo de dudas, deseos, añoranzas, tensiones, problemas, acertijos. ¿Cuál es el estado actual de la obra? ¿Cuál su configuración y leyes básicas? ¿Qué necesita para seguir? ¿En qué sentido es modificable, o transmutable? ¿Bastan reajustes? ¿Qué lo provisorio? ¿Las traídas y llevadas “reformas de estructuras” tocan realmente la estructura? ¿Atienden y parten auténticamente desde nuestra “crisis sustancial”? ¿No quedan, en su formulación misma, en los mismos trillos con otros afeites? ¿Cómo acotar racionalmente el campo de los posibles, que se nos abre preñado de incertidumbre, pero que no es indefinido? ¿Hacia dónde y cómo reorientar la acción? ¿Cuáles las metas? ¿Es sólo producir más? ¿Tan fácil acaba el cuento? ¿Cómo apoyar nuestra acción en la realidad? ¿Qué augurios se extraen de ella? ¿Qué fuerzas contamos para formular una estrategia y sus tácticas? ¿Qué valores? ¿A que nos exponemos? Ha pasado ya la hora oportuna de los Casandras, y estamos en el baile. ¡No más literatura del “pozo”, que las catreras se rompen! La sutil, pegadiza y cansina atmósfera del nihilismo uruguayo (de raíces tan hondas) debe ser aventada, pues lo será de todos modos. El desván de los desvanecidos ya no sirve más, queda como “sillón vienés”, diríamos usando un raro cuento de un amigo.
Por supuesto, no nos explayaremos. Más bien, como advertíamos en nuestro propósito, estamos removiendo y haciendo más específica la pregunta primordial. Y la prosecución nos hace detener un poco en el Uruguay que ha sido y que hoy se nos vuelve epiléptico. No insistiremos demasiado, puesto que no se trata de llover sobre mojado por economistas, siendo uno mero aficionado. Pero quizá nuestros ojos afectos a totalidades y conexiones puedan servir.
Pido acepten mis excusas por volver con el inglés: vaya en descargo lo poco que se le ha tomado en cuenta visiblemente. Mucho es lo escrito acerca de las relaciones del imperialismo inglés y la Argentina. Es lógico, un caso notoriamente más grande que el diminuto Uruguay. Eso ha hecho que se nos omitiera, para nuestro alivio y santa ignorancia, en las referencias de innumerables textos al respecto, desde Lenin a Crouzet. Tampoco aquí fue viviente, como en la Argentina, un fuerte movimiento crítico al Poder Inglés. Entonces teníamos cumplida noticia de los Borges pero nunca de los Scalabrini Ortiz, salvo alguna necrológica vergonzante. De tal modo, impalpablemente, parecía que nosotros estábamos fuera de la Troya. Que lo del “Sexto Dominio Británico” sólo atañía a los argentinos pero nos excluía a nosotros, fruto exquisito. Allá, los turbios manejos de los frigoríficos extranjeros llevaron en tiempo de la investigación de Lisandro de la Torre hasta al asesinato de un senador en pleno recinto parlamentario. Aquí, salvo las fricciones de la creación saludable del Frigorífico Nacional, sólo se realiza una investigación parlamentaria… cuando los frigoríficos extranjeros habían decidido retirarse. Pues aquí, investigamos todo menos lo esencial. Esto nos permite anotar una observación lateral. A partir del hecho que los modos de operar del United Fruits en Guatemala nos son de lejos más familiares que -para poner una ocurrencia de inmensa importancia, pues controla nuestro mercado cerealero y oleaginoso, etc.– los de Bunge y Born en nuestro país, se hace imprescindible que los “diagnósticos económicos” no se eleven a modelos demasiado abstractos, pues es sobradamente quedarse a ciegas para una operatividad política y económica. Si investigación económica y social hay que hacer, la Universidad debe esclarecer racionalmente el mapa y la incidencia concreta de los trusts, oligopolios, carteles, firmas que son decisivas en el país. ¿Cómo, cuál y quién es nuestra “elite del poder”? ¿Cuál sus mecanismos? Esas son las densas nubes que importa despejar, más que perderse en fraseologías, como es costumbre; en los extremos de “cientificidad” abstracta o heroicidades que son cobardías. Hasta los profesores e investigadores norteamericanos han escamoteado menos la estructura de su país que los nuestros. Lo decimos, porque una política nacional empieza por un saber verdadero.
Sigamos con el inglés y nosotros. Dentro del mercado mundial “uniconcéntrico” las zonas ganaderas constituyen un sector privilegiado. Su destino ha sido distinto al clásico de las explotaciones coloniales. Australia, Nueva Zelandia, Argentina, Uruguay se erigen como testigos de un aparente mentís a la idea de un imperialismo industrial expoliador. Son zonas agropecuarias en que el progreso ha sido indudable. Allí se ha generado sin cesar una inmensa acumulación de riquezas, cuyo ejemplo más chirriante era la opulenta oligarquía porteña. La nuestra, más pequeña y provinciana, fue más sobria y decorosa. La razón de éxito es sencilla: por su propia índole la explotación ganadera -provista de campos fecundos y baratos, exigiendo la inversión mínima posible de trabajo social, y hasta de inteligencia social-engendraba zafra a zafra más alta producción de excedentes, con una demanda europea creciente por el bienestar y el ascenso de nivel de vida, en que confluían la industrialización, el saqueo colonial y el poder de los sindicatos. No soy experto económico, pero desde hace años he insistido en el rol absolutamente decisivo de nuestra renta diferencial agraria. No se trató de arrancar una “plus valía” al trabajo, de acuerdo a la técnica de una sociedad dada, sino de apropiarse del “factor espontaneidad” (la naturaleza, la Phỷsis: fisiocracia). Se ha sostenido que somos hijos de un gigantesco rendimiento del trabajo rural. Pero lo cierto es que el rendimiento estaba más del lado de la naturaleza que del hombre, al que le bastaban habilidades primitivas. Por eso también decía, con cierto humor, que para nosotros servía más el modelo de Quesnay, de los fisiócratas, que el de Keynes, ¡manes del desarrollo desigual y sus relaciones recíprocas! La ganadería fue en el Río de la Plata una especie extraordinaria de “automación biológica”, una maravillosa “cibernética natural”. Por eso con las necesidades en alza del mercado consumidor europeo y el transporte a vapor y frigorífico, Argentina y Uruguay se beneficiaron de una enorme “renta diferencial” a su favor. El Río de la Plata generó así, sin mayor esfuerzo ni sacrificio social, la más alta renta agraria. Esto le permitió disponer, sin necesidad de una revolución industrial propia, de un enorme sistema de servicios y un nivel de vida que sólo aparecía posible en los grandes centros industriales. Incluso una facilidad relativa en la acumulación de capital para industrias livianas, que permitieron una simultánea “justicia social”, hecho aparentemente insólito, pero que permitió la constitución de cierto mercado interno para esas mismas industrias.[20] Esta muy notoria singularidad rioplatense: una sociedad fundamentalmente agropecuaria, exportadora de materia prima, con consumos y hábitos de sociedad industrial. Su “subdesarrollo” no impedía adquirir un nivel “desarrollado”. Así, las excelentes oportunidades que brindaba a las actividades “terciarias”, a los agricultores, a la industria liviana, atrajo lo principal y más numeroso del crecimiento vegetativo y la marea inmigratoria.

Notas
[20] Este planteo lo hemos formulado ya hace casi una década (“La Crisis del Uruguay y el Imperio Británico”. La Siringa, Buenos Aires, 1959; previamente, se había publicado en octubre de 1958 en Tribuna Universitaria). Quizá la polvareda política de aquel momento hizo pasar a segundo plano lo fundamental, y la gente se fue por las ramas, quedándose con retazos de aquí y allá, sin percibir claramente el conjunto de sus ideas básicas. Ahora no hacemos más que retomar una de sus dimensiones, pues el tiempo transcurrido no ha hecho más que confirmarnos en nuestro enfoque esencial. Si hubiéramos encontrado razones valederas para rectificarnos, lo hubiéramos hecho de inmediato. Pero ni las hemos encontrado, ni otros nos las han ofrecido.

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