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URUGUAY COMO PROBLEMA - ALBERTO METHOL FERRÉ


QUINTA ENTREGA

3. El Uruguay Internacional (2)
Antes, y para mejor responder a esas preguntas, que nos son de vida o muerte, nos permitiremos ahondar la cuestión del Uruguay Internacional para ajustarnos de cerca de nuestra especificidad, y lo haremos a través del más avezado sabedor de la original situación geopolítica uruguaya de este último medio siglo, que es el Dr. Luis Alberto de Herrera. Así como Batlle ha forjado decisivamente la conciencia “interna” del país, podemos afirmar que Herrera ha sido su conciencia “externa”. Veamos cuáles son sus premisas y razones históricas, en contraste con las coordenadas habituales del Uruguay moderno, que pasamos a describir someramente.
Decíamos que la insularidad uruguaya en la órbita inglesa nos había exonerado de una real política internacional. A este cimiento, cabe agregar dos factores coadyuvantes en la formación de la mentalidad vigente:
1)      El aluvión inmigratorio, que desborda al viejo país criollo desde la época de Latorre hasta la Gran Depresión, carecía como es obvio de conciencia histórica nacional. La masa de inmigrantes y sus hijos difícilmente podían tener memoria verdadera de los tiempos revueltos del Uruguay, de cuando su existencia misma estaba en juego. Venían justamente porque estaban ya revueltos y con sus evocaciones europeas. Sus abuelos estaban allá y no acá.
2)      La dependencia del Uruguay afianzado no era por cierto gravosa para sus habitantes. Todo lo contrario: se desarrolló un status democrático y liberal, ejemplo y envidia del resto de América Latina, a la que miramos con petulancia. El sistema agroexportador generaba una amplia renta diferencial que satisfacía las reclamaciones populares casi sin luchas, y por ende, no hubo ninguna reacción antibritánica. Más aún, nadie más admirado que el distante, flemático, elegante administrador inglés. Para abundar, un recuerdo de mi infancia: durante la Segunda Guerra Mundial, el poeta gauchesco Fernán Silva Valdez declamó estrofas frente a una multitud pletórica en el Estado Centenario, que creo decían: “Inglés, músculo de acero / Inglés, palabra cumplida / El que te mojó la oreja / no sabe donde puso el dedo”. Y hasta numerosa gente añoraba que las invasiones inglesas de 1806 no hubieran tenido éxito, pues suponían estaríamos mejor. Remanencias del largo embobamiento, secular en los latinoamericanos, respecto a la ejemplaridad anglosajona. Aquí nunca hubo antiimperialistas ingleses notorios. Batlle los hostigó en su lucha contra el “empresismo”, pero nadie podía llegar a mayores. Siempre tuvimos amplia noticia de las inversiones y tropelías norteamericanas en América Latina, casi nunca de las inglesas en el Río de la Plata. El país no necesitaba saberlas, y hasta le convenía no saberlas. Eran un mal menor en el mayor bien.
La órbita inglesa, la bonanza y la inmigración confluyeron en un apagamiento de la conciencia histórica del país. Montevideo, sobre el río ancho como mar, abierto a todas las incitaciones europeas, característicamente consumidor y espectador, tuvo una conciencia política eminentemente abstracta. La conciencia histórica osciló entre dos polos extremos e incomunicados: por un lado se produjo una historiografía nacional puramente “nativista”, recluida exclusivamente en el Uruguay. Parecía como si el Uruguay se hubiera “autodesarrollado”, y que las tramas de la historia mundial y americana sólo habían sido “ocasión” para todo lo que ya era autodesarrollo preestablecido hacia lo mejor, el presente. Nos enseñaron una historia de “puertas cerradas”, desgranada en anécdotas y biografías, o de bases filosóficas ingenuas, y nos mostraron la abstracción de un país casi totalmente creado por su pura “causalidad interna”. A esta tesis tan estrecha –tesis motora, más inconsciente que lúcida- se le contrapuso su antítesis, seguramente tan perniciosa. Y esta es la pretensión de subsumir y disolver al Uruguay en pura “causalidad externa”, en una historia presuntamente mundial a secas. Una historia tan de puertas abiertas que no deja casa donde entrar. A la verdad, esta última actitud no escribe historia uruguaya, que le aburre; y prefiere vagabundear y solazarse en la contemplación a veces bulliciosa de la historia mundial. Nos escindíamos en pueblerinos o ciudadanos del mundo. Palco “avant scene” o mecedora en el patio del fondo, primor de archivos cotidianos. ¿Quién no recuerda a sus profesores de historia americana ignorantes de la universal, y a los de universal que se salteaban la americana? Iban por cuerda separada. Así de una “historia-isla”, pasábamos a la evaporación, a las sombras chinescas, de una “historia-océano” (por lo general escritas desde el punto de vista francés), donde la historia se juega en cualquier lado menos aquí y aquí lo de cualquier lado. Esta actividad lujosa, si hoy canaliza disponibles jóvenes iracundos, ayer permitía a nuestra diplomacia pagarse de las palabras, proyectándose para dictar cátedra mundial sobre los derechos humanos y arbitrajes, etc. El realismo de los mirones era hacerse intensos “voyeurs”. Bueno es que un pequeño país luche por el derecho contra la fuerza, puesto que es su fuerza, pero la confianza balsámica y pedante de las Declaraciones en el mundo tenso de los poderes internacionales –que por otro lado se escamoteaba– no dejaba de ser deprimente y trivial. A Dios gracias, y a los malos tiempos, nuestros picos de oro han declinado para siempre. Todo esto no era más que los modos de ahistoricidad de nuestra conciencia histórica. Quizá sólo los grandes males y sufrimientos promuevan la historia, pues la satisfacción la exila o la hace preocupación engolada.
Interioridad pura o exterioridad pura, dos falacias que confraternizan. El idealismo, con que la conciencia uruguaya juzgó y, desde su plataforma confortable, tomó partido en los grandes conflictos mundiales y americanos, no dejó de ser una mimesis compensatoria y meramente representativa. ¿Quiérese mayor lujo que extrapolarse en la historia de otros? Era una manera de renunciar a hacer historia, quizás porque no se necesitara, y bastara la que había. Por otra parte, ese idealismo externo en su versión de izquierda dimitirá frente a nuestra historia de “puertas cerradas”, conservadora. Incapaz de criticarla, porque no le interesaba vitalmente, terminaba en los hechos por aceptarla en bloque. Era la única que conocía, y como su reflexión no mordía directamente la realidad uruguaya, la abandonaba intacta dispersándose en inmediatismos o lejanías. ¡No puede darse inconformismo más conformista! De ahí, por ejemplo la esterilidad del marxismo uruguayo para decir nada sobre el país, salvo el caso reciente de Trías. Así, el idealismo jurídico o romántico, de derecha o de izquierda, son los modos uruguayos de suplir la ausencia de política internacional real, y por ello su signo es la gratuidad. Tal ha sido en grandes líneas la mentalidad del período que consideramos, y a cuyo cierre recién estamos asistiendo. El rasgo común de “nativistas” y “oceánicos” es que el Uruguay mismo no era problema. Sobre este fondo puede perfilarse la conciencia del uruguayo más plenamente conocedor de la “política internacional” que correspondía al país y sus razones. Un político uruguayo con la rareza de ser visceralmente geopolítico. Seguramente, porque aún era tan “oriental” como “uruguayo”.
El supuesto de la política y políticos uruguayos ha sido pues que el Uruguay mismo no era problema, que como tal era definitivamente incuestionable en su ser mismo. Hubo una excepción, la de Herrera; y de ahí la incomprensión mayoritaria hacia su conducta política, en especial en los momentos críticos de la Segunda Guerra Mundial, lo que daba lugar a las más peregrinas e ígnaras interpretaciones de su comportamiento. Pues la esencia política de Herrera fue partir siempre desde el Uruguay como problema. Había entonces un desnivel entre él y los demás políticos. Por un lado, para Herrera lo radical y lo inolvidable era que el Uruguay mismo era una gran interrogante, una fragilidad histórica, una opción a renovar día a día, a mantener y salvaguardar por encima de todo. Herrera vivió al Uruguay como un país “con una gran interrogante clavada en la frente”.[10] Por otro lado, en cambio, Batlle, Ramírez, Manini, Frugoni, Regules, etc., se movían con los problemas del Uruguay, pero el Uruguay mismo era absolutamente obvio; no era cuestión en sí, ni precariedad, sino permanencia supuesta para siempre, como el aire que respiramos. Para Herrera la preocupación era desde la existencia del Uruguay; los otros pugnaban por distintos atributos del Uruguay, sujeto intangible. Y por lógica propensión espontánea, se pensaba a Herrera en términos exclusivos de adjudicarle sólo intención de atributos, ocultándoseles lo esencial. ¿Por qué era así? Porque la singularidad de Herrera entre sus contemporáneos residía en ser ante todo hijo de la incertidumbre del siglo XIX uruguayo y sus tiempos revueltos, perdidos y esfumados en la lontananza. Soterrados en el inconcuso contento insular del país. Herrera fue, en genealogía y profundidad, “el último patricio” oriental.
Notas
[10]  A principios de siglo, con la inmigración vinieron aquellos generosos e idealistas anarquistas catalanes e italianos, que trasponían mecánicamente sus experiencias europeas al medio americano, negando las “patrias” y postulando la cosmopolita fraternidad universal, ignorantes de las diferencias de desarrollo y situación histórica concreta de las naciones. Es una noche en que todos los gatos son pardos. Entonces comentaba Herrera la “grave alucinación en un país con grandes problemas por resolver y con una gran interrogante clavada en la frente” (“La Formación Histórica Rioplatense”, Ed. Coyoacán, Buenos Aires, 1961), pág. 38.

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