(Traducción de Isabel de Juan)
DECIMOCTAVA ENTREGA
ZOOEY (12)
-Nadie se está metiendo contigo, rica -dijo Zooey con el mismo tono desapasionado-. Da la casualidad que tienes muy mala cara, eso es todo. ¿Por qué no comes algo? Bessie dice que tiene un caldo de gallina que…
-Si alguien vuelve a mencionarme el caldo de gallina una vez más…
Pero la atención de Zooey se había desviado. Ahora estaba mirando la manta bañada por el sol en la parte que cubría las pantorrillas y los tobillos de Franny.
-¿Quién está aquí? -preguntó-. ¿Bloomberg? -con un dedo empujó suavemente un bulto bastante grande y de aspecto curiosamente móvil bajo la manta-. ¿Bloomberg? ¿Eres tú?
El bulto se removió. También Franny tenía la vista puesta en él.
-No puedo librarme de él -dijo-. De repente se ha vuelto absolutamente loco por mí.
Bajo el estímulo del dedo investigador de Zooey, Bloomberg se estiró de pronto y empezó a avanzar lentamente hacia el campo abierto del regazo de Franny. En el mismo instante en que su poca agraciada cabeza emergió a la luz del día, del sol, Franny lo cogió por debajo de las patas y lo levantó a una distancia de un saludo íntimo.
-¡Buenos días, Bloomberg querido! -y le besó ardientemente entre los ojos. Él parpadeó con aversión-. Buenos días, gordo y maloliente gato. Buenos días, buenos días, buenos días -le dio un beso tras otro, pero del animal no brotaron recíprocas oleadas de afecto. Hizo un intento torpe y bastante violento de llegar al hombro de Franny. Era un gato muy grande, moteado de gris y castrado-. ¿Verdad que está muy cariñoso? -se asombró Franny-. Nunca le he visto tan cariñoso -miró a Zooey, posiblemente en busca de corroboración, pero la expresión de Zooey, detrás de su puro, era indefinida-. ¡Acaríciale, Zooey! Mira qué manso está. Acaríciale.
Zooey alargó una mano y acarició el lomo arqueado de Bloomberg una vez, dos veces, y luego lo dejó; se levantó de la mesita, sorteando muebles, se acercó al piano, que estaba abierto, de perfil, en toda su negra enormidad de Steinway, enfrente del sofá, la banqueta justo delante de Franny. Zooey se sentó en la banqueta, indeciso, luego miró con fingido interés la partitura que había en el atril.
-Está tan lleno de pulgas que ni siquiera tiene gracia -dijo Franny. Forcejeó brevemente con Bloomberg tratando de ponerlo en una postura de dócil gato faldero-. Anoche le encontré catorce pulgas. En un solo lado -empujó con fuerza el trasero de Bloomberg hacia abajo, y luego miró a Zooey-. ¿Qué tal el guión? -preguntó-. ¿Te lo trajeron anoche por fin?
Zooey no contestó.
-Dios mío -dijo, mirando la partitura del atril-. ¿Quién ha sacado esto?
La partitura se titulaba No seas tan mala, nena. Tenía cuarenta años. En la portada se veía una reproducción en sepia de una fotografía del señor y la señora Glass. El señor Glass llevaba sombrero de copa y frac y la señora Glass iba vestida igual que él. Sonreían a la cámara, con bastante alegría, apoyados en sus bastones y con los pies muy separados.
-¿Qué es? -preguntó Franny-. No lo veo.
-Bessie y Les. No seas tan mala, nena.
-¡Ah! -Franny se rio-. Les estuvo rememorando anoche. En honor mío. Creo que tengo dolor de estómago. Sacó todas las partituras una por una.
-Me gustaría saber cómo aterrizamos en esta maldita jungla, partiendo de No seas tan mala, nena. Adivínalo.
-No puedo. Ya lo he intentado -dijo Franny-. ¿Qué tal era el guión? ¿Llegó? Me dijiste que el señor ese… LeSage o como se llame, se lo iba a dejar al portero antes de…
-Sí, lo trajo -dijo Zooey-. Pero no me apetece hablar del guión -se puso el cigarro en la boca y, con la mano derecha en la clave de sol, empezó a tocar en octavas la melodía de una canción llamada El Kinkayú, que, curiosamente, había adquirido popularidad y la había perdido ostensiblemente antes de que él naciera-. No sólo lo trajeron -dijo-, sino que Dick Hess me llamó a eso de la una, justo después de nuestra pequeña bronca, y me pidió que fuese a tomar una copa con él. Y encima en el San Remo. Está descubriendo el Village. ¡Dios Todopoderoso!
-No aporrees las teclas -dijo Franny, observándole-. Si vas a seguir al piano, yo te dirigiré. Esa es mi primera indicación. No aporrees las teclas.
-Primero, él sabe que yo no bebo. Segundo, sabe que nací en Nueva York y si hay algo que no soporto es lo que se llama ambiente. Tercero, sabe que vivo a unas setenta manzanas del Village. Y cuarto, le dije tres veces que estaba en pijama y zapatillas.
-No aporrees las teclas -le indicó Franny, acariciándole el lomo a Bloomberg.
-Pero no, no podía esperar. Tenía que verme enseguida. Era muy importante. De veras. Sé buen chico por una vez en tu vida, coge un taxi y vente.
-¿Y fuiste? Tampoco cierres la tapa de golpe. Esa es mi segunda…
-Sí, ¡claro que fui! ¡No tengo ni pizca de fuerza de voluntad! -dijo Zooey. Cerró la tapa del piano con impaciencia pero sin golpear-. Mi problema es que no me fío de los forasteros en Nueva York. Me da igual cuánto tiempo lleven aquí. Siempre tengo miedo de que los atropellen, o les den una paliza, mientras andan descubriendo un pequeño restaurante armenio en la Segunda Avenida, o cosa por el estilo -malhumoradamente, lanzó una columna de humo por encima de No seas tan mala, nena-. Así que allí me fui. Y allí estaba el viejo Dick, tan deprimido, tan alicaído, tan lleno de noticias importantes que no podían esperar hasta esta tarde. Sentado en una mesa, con vaqueros y una horrorosa chaqueta deportiva. El expatriado de Des Moines en Nueva York. Le hubiera asesinado, te lo juro. ¡Qué noche! Me pasé dos horas enteras oyéndole decir que soy un hijo de puta con complejo de superioridad, y que vengo de una familia de psicóticos y de prodigios psicopáticos. Luego, cuando termina de analizarme a mí, y también a Buddy y a Seymour, a los cuales ni siquiera ha conocido, y se encuentra ante el dilema de ser una especie de Colette masculina o una especie de Thomas Wolfe bajito durante el resto de la noche, de repente saca esta maravillosa cartera de ejecutivo con monograma de debajo de la mesa y me mete debajo del brazo un nuevo guión de una hora -hizo un gesto con la mano, como desechando el tema. Pero se levantó de la banqueta demasiado nervioso para que el ademán fuese sincero. Tenía el cigarrillo en la boca y las manos metidas en los bolsillos-. Me he pasado años oyendo a Buddy hablar de los actores. Dios, menudo discurso podía echarle yo sobre el tema de los Escritores Que He Conocido -se quedó abstraído por un momento, luego comenzó a moverse sin rumbo. Se detuvo junto a la victrola de 1920, la miró, y ladró dos veces dentro del megáfono, por divertirse. Franny, que le observaba, se rio, pero él frunció el ceño y continuó. Delante del acuario que estaba montado sobre la radio Freshman de 1927, se inclinó de improviso, quitándose el puro de la boca. Miró adentro del acuario con inconfundible interés-. Todos mis pececitos negros se están muriendo -dijo. Tendió la mano de forma automática hacia el frasco de alimento de los peces.
-Bessie les ha dado de comer esta mañana -le advirtió Franny. Seguía acariciando a Bloomberg, consolándole, a la fuerza, por haber salido al mundo sutil y difícil que hay fuera de las cálidas mantas.
-Parecen muertos de hambre -dijo Zooey, pero apartó la mano del alimento de los peces-. Este tipo tiene un aspecto famélico -golpeó con una uña en el cristal-. Lo que tú necesitas es un poco de caldo de pollo, tío.
-Zooey -dijo Franny para atraer su atención-. ¿Cómo está cosa ahora? ¿Qué tal es el que te trajo LeSage?
Zooey continuó contemplando a los peces durante un momento. Luego, obedeciendo a un repentino pero al parecer irreprimible impulso, se tumbó boca arriba sobre la alfombra.
-En el que me dejó Lesage -dijo, cruzando los pies- tengo que ser Rick Chalmers en, te lo juro, una comedia de salón de 1928 sacada directamente del catálogo de French. La única diferencia es que la han modernizado brillantemente metiéndole un montón de jerga sobre complejos, represiones y sublimaciones que el autor se ha traído a la casa de la consulta de su psicoanalista.
Franny miró lo que podía ver de él. Desde donde ella estaba sentada sólo eran visibles las suelas y los tacones de los zapatos.
-Bueno, ¿y qué tal es el de Dick? ¿Lo has leído ya?
-En el de Dick puedo ser Bernie, un guarda del metro joven y sensible, en una de las obras de televisión más valientes y condenadamente insólitas que has leído en tu vida.
-¿De veras? ¿Es realmente buena?
-No he dicho buena, he dicho valiente. No despeguemos los pies del suelo. A la mañana siguiente de su pase, todo el mundo irá dándose palmaditas en la espalda en una orgía de estimación recíproca. LeSage. Hess. Pomeroy. Los patrocinadores. Todo el valeroso grupo. Empezarán esta tarde. Si no han empezado ya. Hess entrará en el despacho de LeSage y le dirá: “Señor Le Sage, tengo un nuevo guión sobre un guarda de metro joven y sensible, que apesta a valor e integridad. Y sé, señor, que después de los guiones Tiernos y Conmovedores, a usted le encantan los guiones que tienen Valor e Integridad. Éste, señor, como le dije, apesta a ambas cosas. Está lleno de tipos de distintos orígenes. Es sentimental. Es violento en los momentos adecuados. Y justo cuando los problemas del sensible guarda de metro le están hundiendo y destruyendo su fe en la Humanidad y en la Gente Sencilla, su sobrina de nueve años vuelve del colegio y le suelta un poco de esa filosofía simpática y chovinista que nos ha sido transmitida a través de la posteridad y de la P.S. 564 desde la esposa campesina de Andrew Jackson en adelante. ¡No le puede fallar, señor! Es elemental, es simple, es falso, y es lo bastante conocido y trivial como para que nuestros ávidos, histéricos y analfabetos patrocinadores lo entiendan” -Zooey se sentó de pronto-. Acabo de bañarme y estoy sudando como un cerdo -comentó. Se puso de pie, y al hacerlo echó una ojeada a Franny como sin querer. Iba a apartar la vista pero, en vez de eso, la miró más atentamente. Ella tenía la cabeza baja y los ojos fijos en Bloomberg, a quien continuaba acariciando en su regazo. Pero había un cambio-. Ah -dijo Zooey, y se acercó al sofá, como si buscara pelea-. La Señora está moviendo los labios. La Oración está ascendiendo -Franny no levantó los ojos-. ¿Qué diablos estás haciendo? -preguntó él-. ¿Buscando refugio contra mi actitud poco cristiana respecto a las artes populares?
Entonces Franny alzó la vista y sacudió la cabeza, parpadeando. Le sonrió. En efecto, sus labios habían estado moviéndose y se movían aun.

























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