miércoles

MUJERES QUE CORREN CON LOS LOBOS - CLARISSA PINKOLA ESTÉS


CUARTA ENTREGA

INTRODUCCIÓN

Cantando sobre los huesos (4)

Recoger la esencia de los relatos constituye una tarea dura y metódica de paleontólogo. Cuantos más huesos contenga la historia, tanto más probable será encontrar su estructura integral. Cuanto más enteros estén los relatos, más sutiles serán los giros y vueltas de la psique que advirtamos y tantas más oportunidades tendremos de captar y evocar nuestro trabajo espiritual. Cuando trabajamos el alma, ella, la Mujer Salvaje, crea una mayor cantidad de sí misma.

De niña tuve la suerte de estar rodeada de personas de muchos antiguos países europeos y también de México. Muchos miembros de mi familia, mis vecinos y amigos, acababan de llegar de Hungría, Alemania, Rumania, Bulgaria, Yugoslavia, Polonia, Checoslovaquia, Serbo-Croacia, Rusia, Lituania y Bohemia, y también de Jalisco, Michoacán, Juárez y de muchas de las aldeas fronterizas de México/Texas/Arizona. Ellos y muchos otros -nativos americanos, gente de los Apalaches, inmigrantes asiáticos y muchas familias afroamericanas del sur- habían llegado para trabajar en los cultivos y las cosechas, en los fosos ceniceros de las fábricas, las acerías, las cervecerías y las tareas domésticas. En su inmensa mayoría no eran personas instruidas en el sentido académico, pero, aun así, eran profundamente sabios. Eran los portadores de una valiosa y casi pura tradición oral.

Muchos miembros de mí familia y muchos de los vecinos que me rodeaban habían sobrevivido a los campos de trabajos forzados, de personas desplazadas, de deportación y de concentración, donde los narradores de cuentos que había entre ellos habían vivido una versión de pesadilla de Sherezade. Muchos habían sido despojados de las tierras de su familia, habían vivido en cárceles de inmigración, habían sido repatriados en contra de su voluntad. De aquellos rústicos contadores de historias aprendí por primera vez las historias que cuentan las personas cuando la vida es susceptible de convertirse en muerte y la muerte en vida en cuestión de un momento. El hecho de que sus relatos estuvieran tan llenos de sufrimiento y esperanza hizo que, cuando crecí lo bastante como para poder leer los cuentos de hadas en letra impresa, éstos me parecieran curiosamente almidonados y planchados en comparación con aquellos.

En mi primera juventud, emigré al oeste hacia las Montañas Rocosas. Viví entre afectuosos extranjeros judíos, irlandeses, griegos, italianos, afroamericanos y alsacianos que se convirtieron en amigos y almas gemelas. He tenido la suerte de conocer a algunas de las insólitas y antiguas comunidades latinoamericanas del sudoeste de Estados Unidos como los trampas y los truchas de Nuevo México.
Tuve la suerte de pasar algún tiempo con amigos y parientes americanos nativos, desde los inuit del norte, pasando por los pueblos y los plains del oeste, los nahuas, lacandones, tehuanas, huicholes, seris, maya-quichés, maya- cakchiqueles, mesquitos, cunas, nasca/quechuas y jíbaros de Centroamérica y Sudamérica.

He intercambiado relatos con hermanas y hermanos sanadores alrededor de mesas de cocina y bajo los emparrados, en corrales de gallinas y establos de vacas, haciendo tortillas, siguiendo las huellas de los animales salvajes y cosiendo el millonésimo punto de cruz. He tenido la suerte de compartir el último cuenco de chile, de cantar con mujeres el gospel para despertar a los muertos y de dormir bajo las estrellas en casas sin techumbre. Me he sentado alrededor de la lumbre o a cenar o ambas cosas a la vez en Little Italy, Polish Town, Hill Country, los Barrios y otras comunidades étnicas de todo el Medio Oeste y el Lejano Oeste urbano y, más recientemente, he intercambiado relatos sobre los sparats, los fantasmas malos, con amigos griots de las Bahamas.

He tenido la inmensa suerte de que dondequiera que fuera los niños, las matronas, los hombres en la flor de la edad, los pobres tontos y las viejas brujas -los artistas del espíritu- salieran de sus bosques, selvas, prados y dunas para deleitarme con sus graznidos y sus kavels. Y yo a ellos con los míos.

Hay muchas maneras de abordar los cuentos. El folclorista profesional, el junguiano, el freudiano o cualquier otra clase de analista, el etriólogo, el antropólogo, el teólogo, el arqueólogo, tiene cada uno su método, tanto en la recopilación de los relatos como en el uso a que se destinen. Intelectualmente, mi manera de trabajar con los cuentos derivó de mis estudios de psicología analítica y arquetípica.

Durante más de media década de mi formación psicoanalítica, estudié la ampliación de los leitmotifs, la simbología arquetípica, la mitología mundial, la iconología antigua y popular, la etnología, las religiones mundiales y la interpretación de las fábulas.

Visceralmente, sin embargo, abordo los relatos como una cantadora, una guardiana de antiguas historias. Procedo de una larga estirpe de narradores: las mesemondók, las ancianas húngaras capaces de contar historias, tanto sentadas en sillas de madera con sus monederos de plástico sobre el regazo, las rodillas separadas y la falda rozando el suelo, como ocupadas en la tarea de retorcerle el cuello a una gallina... y las cuentistas, las ancianas latinoamericanas de exuberante busto y anchas caderas que permanecen de pie y narran a gritos la historia como si cantaran una ranchera. Ambos clanes cuentan historias con la voz clara de las mujeres que han vivido sangre y niños, pan y huesos. Para ellas, el cuento es una medicina que fortalece y endereza al individuo y la comunidad.

Los que han asumido las responsabilidades de este arte y se entregan al numen que se oculta detrás de él son descendientes directos de una inmensa y antigua comunidad de santos, trovadores, bardos, griots, cantadoras, cantores, poetas ambulantes, vagabundos, brujas y chiflados.

Una vez soñé que estaba narrando cuentos y sentí que alguien me palmeaba el pie para darme ánimos. Bajé los ojos y vi que estaba de pie sobre los hombros de una anciana que me sujetaba por los tobillos y, con la cabeza levantada hacia mí, me miraba sonriendo.

-No, no -le dije-, súbete tú a mis hombros, pues eres vieja y yo soy joven.
-No, no -contestó ella-, así tiene que ser.

Entonces vi que la anciana se encontraba de pie sobre los hombros de otra mujer mucho más vieja que ella, quien estaba encaramada a los hombros de una mujer vestida con una túnica, subida a su vez sobre los hombros de otra persona, la cual permanecía de pie sobre los hombros...

Y creí que era cierto lo que me había dicho la vieja del sueño de que así tenía que ser. El alimento para la narración de cuentos procede del poder y las aptitudes de las personas que me han precedido. Según mi experiencia, el momento más significativo del relato extrae su fuerza de una elevada columna de seres humanos unidos entre sí a través del tiempo y el espacio, esmeradamente vestidos con los harapos, los ropajes o la desnudez de su época y llenos a rebosar de una vida que todavía se sigue viviendo. Si es única la fuente y único el numen de los cuentos, todo se halla en esta larga cadena de seres humanos.

El cuento es muchísimo más antiguo que el arte y la ciencia de la psicología y siempre será el más antiguo de la ecuación, por mucho tiempo que pase. Una de las modalidades más antiguas de narración, que a mí me intriga enormemente, es el apasionado estado de trance, en el que la narradora "percibe" a su público -que puede ser una sola persona o muchas- y entra en un estado de "mundo en medio de otros mundos", en el que un relato es "atraído" hacia la narradora y contado a través de ella.

Una narradora en estado de trance invoca al duende (5), el viento que sopla sobre el rostro de los oyentes y les infunde espíritu. Una narradora en estado de trance aprende a desdoblarse psíquicamente a través de la práctica meditativa de un relato, es decir, aprendiendo a abrir ciertas puertas psíquicas y rendijas del ego para permitir que hable la voz, una voz más antigua que las piedras. Una vez hecho esto, el relato puede seguir cualquier camino, se puede cambiar de arriba abajo, llenar de gachas de avena y destinarlo al festín de un menesteroso, colmar de oro, o puede perseguir al oyente hasta el siguiente mundo. El narrador nunca sabe qué le saldrá y en eso consiste por lo menos la mitad de la conmovedora magia del relato.

Éste es un libro de relatos sobre las modalidades del arquetipo de la Mujer Salvaje. Intentar representarla por medio de esquemas o cuadricular su vida psíquica sería contrario a su espíritu. Conocerla es un trabajo continuo, que dura toda la vida. He aquí por tanto unos relatos que se pueden utilizar como vitaminas del alma, unas observaciones, unos fragmentos de mapas, unos trocitos de resina que adherir a los troncos de los árboles, unas plumas que marquen el camino, y unos matorrales que servirán de guía hacia el mundo subterráneo, nuestro hogar psíquico.

Los cuentos ponen en marcha la vida interior, y eso reviste especial importancia cuando la vida interior está amedrentada, encajonada o acorralada. El cuento engrasa los montacargas y las poleas, estimula la adrenalina, nos muestra la manera de salir, ya sea por arriba o por abajo y, en premio a nuestro esfuerzo, nos abre unas anchas y cómodas puertas donde antes no habla más que paredes en blanco, unas puertas que nos conducen al país de los sueños, al amor y a la sabiduría y nos llevan de vuelta a nuestra auténtica vida de mujeres sabias y salvajes.

Los cuentos como "Barba Azul" nos enseñan lo que hay que hacer con las heridas femeninas que no dejan de sangrar. Los cuentos como "La Mujer Esqueleto" nos muestran el poder místico de la relación y de qué manera el sentimiento adormecido puede revivir y convertirse en un profundo afecto. Los dones de la Vieja Muerte están presentes en el personaje de Baba Yagá, la vieja Bruja Salvaje.

En "Vasalisa la Sabia" (6), la muñequita que indica el camino cuando todo parece perdido vuelve a practicar una de las artes femeninas instintivas hoy en día olvidadas.

Los cuentos como "La Loba", una huesera del desierto, nos muestran la función transformadora de la psique. "La doncella manca" recupera las fases perdidas de los viejos ritos de iniciación de los tiempos antiguos y, como tal, constituye una guía perenne para todos los años de la vida de una mujer.

Nuestro contacto con la naturaleza salvaje nos impulsa a no limitar nuestras conversaciones a los seres humanos, ni nuestros movimientos más espléndidos a las pistas de baile, ni nuestros oídos sólo a la música de los instrumentos creados por la mano del hombre, ni nuestros ojos a la belleza "que nos ha sido enseñada", ni nuestro cuerpo a las sensaciones autorizadas, ni nuestra mente a aquellas cosas sobre las cuales ya estamos todos de acuerdo. Todos estos cuentos presentan el filo de la interpretación, la llama de la vida apasionada, el aliento para hablar de lo que una sabe, el valor de resistir lo que una ve sin apartar la mirada, la fragancia del alma salvaje.

Éste es un libro de cuentos de mujeres que se ofrecen como señales a lo largo del camino. Puedes leerlos y meditarlos a fin de que te guíen hacia la libertad adquirida por medios naturales, hacia el interés por ti misma, los animales, la tierra, los niños, las hermanas, los amantes y los hombres. Quiero decirte de entrada que las puertas que conducen al mundo del Yo salvaje son pocas pero valiosas. Si tienes una profunda herida, eso es una puerta; si tienes un cuento muy antiguo, eso es una puerta. Si amas el cielo y el agua hasta el extremo de casi no poder resistirlo, eso es una puerta. Si ansías una vida más profunda, colmada y sensata, eso es una puerta.

El material de este libro se eligió con el propósito de darte ánimos. La obra pretende ser un reconstituyente tanto para las que ya están en camino, incluyendo las que avanzan penosamente por difíciles paisajes interiores, como para las que luchan en el mundo y por el mundo. Tenemos que esforzarnos para que nuestras almas crezcan de forma natural y alcancen sus profundidades naturales.
La naturaleza salvaje no exige que una mujer sea de un determinado color, tenga una determinada educación y un determinado estilo de vida o pertenezca a una determinada clase económica... De hecho, no puede desarrollarse en una atmósfera de obligada corrección política ni puede ser doblada para que encaje en unos moldes caducos. Se desarrolla con la mirada pura y la honradez personal. Se desarrolla con su propia manera de ser.

Por consiguiente, tanto si eres introvertida como si eres extrovertida, una mujer amante de la mujer, una mujer amante del hombre o una mujer amante de Dios o las tres cosas a la vez, tanto si tienes un corazón sencillo como si eres tan ambiciosa como una amazona, tanto si quieres llegar a la cima como si te basta con seguir tirando hasta mañana, tanto si eres alegre como si eres de temperamento melancólico, tanto si eres espléndida como si eres desconsiderada, la Mujer Salvaje te pertenece. Pertenece a todas las mujeres.

Para encontrarla, las mujeres deben regresar a sus vidas instintivas, a sus más profundos conocimientos (7). Por consiguiente, pongámonos en marcha ahora mismo y volvamos a recordar nuestra alma salvaje. Dejemos que su carne vuelva a cantar en nuestros huesos. Despojémonos de todos los falsos mantos que nos han dado. Cubrámonos con el verdadero manto del poderoso instinto y la sabiduría.

Penetremos en los territorios psíquicos que antaño nos pertenecieron. Desenrollemos las vendas, preparemos la medicina. Regresemos ahora mismo como mujeres salvajes que aúllan, se ríen y cantan las alabanzas de Aquella que tanto nos ama.

Para nosotras la elección no ofrece duda. Sin nosotras, la Mujer Salvaje se muere. Sin la Mujer Salvaje, nos morimos nosotras. Para la Vida, para la verdadera vida, ambas tenemos que vivir.

Notas

5. El duende es literalmente el diablillo o la fuerza que se oculta detrás de las acciones y la vida creativa de una persona, incluyendo su manera de caminar, el sonido de su voz, la forma en que levanta el dedo meñique. Es un término utilizado en la danza flamenca que también se utiliza para describir la capacidad de "pensar" con imágenes poéticas. Para las curanderas latinoamericanas que recuperan los cuentos se trata de la capacidad de llenarse de un espíritu que es algo más que el propio espíritu. Tanto si se trata de un artista como si se trata del espectador, el oyente o el lector, cuando el duende está presente, la persona lo ve, lo oye, lo lee, lo percibe detrás de la danza, la música, las palabras, el arte; sabe que está ahí.

6. Vasalisa es una versión anglicanizada del nombre ruso Wassilissa. En Europa la doble uve se pronuncia como uve.

7. Una de las piedras angulares más importantes del desarrollo de un cuerpo de estudios acerca de la psicología femenina es el hecho de que las propias mujeres observen y describan lo que ocurre en sus propias vidas. Las afiliaciones étnicas de una mujer, su raza, sus prácticas religiosas, sus valores forman un todo y tienen que ser tenidos en cuenta, pues constituyen su sentido del alma.

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