lunes

JOSÉ LEZAMA LIMA


LA EXPRESIÓN AMERICANA

VIGESIMOTERCERA ENTREGA

CAPÍTULO IV (4)

Nacimiento de la expresión criolla (4)

Lo más valioso en el idioma es el destino afortunado de su uso, como artesano, el pescador, aquí el estanciero. Se ve cada palabra en la mano dura que se ejercita. Cada palabra, en su acento, ha pasado por el saboreo, y después para darse ha sido apretada por la mano.

Cielito, digo que sí,
de hambre morir no quisieron.
Y les encuentro razón
porque estarían muy fieros.
Viéndose entonces perdido,
irse pensó por la costa,
y Cochkrane meniando bala
fue matando esta langosta.
Cielito, digo que sí,
por fin el pobre juyó
y el Callao con sus cangallas
a San Martín se rindió.
Solo el general Ramírez
Quedó y también Olañeta,
Pero, pronto, me parece,
Que entregarán la peseta.

Si nos detenemos en la expresión: Cochkrane meniando bala- fue matando esta langosta, tenemos que considerar su surgimiento más que de la representación cerebral, de la adecuación entre objeto y representación por medio de la palabra, parece surgida de ese apresamiento rápido traído por la conciencia medular. Consiste en este bulto oscuro, movedizo, que forma el hecho, abriéndose como en una indetenible diversidad de irradiaciones, y lanzando sobre él una palabra no adecuada por la costumbre, sino otra que levantó de nuevo la frase para la gracia verbal.

En esas distancias de la tierra y la palabra, de las pausas del ombú y del requiebro de la querencia, se construye el señor estanciero que viene sucesivo al desterrado romántico, con signo muy opuesto de vida, aunque en igualdad del perfeccionamiento en la instalación recuerde aquel paisaje disfrutado por el señor barroco. Su disfrute no está en el goce de las golosinas de la inteligencia o del gusto, sino en la doma. En la constitución de se señorío, a través de las vicisitudes del que marcha a establecerse estanciero, o del que establecido se derrumba. No puede alcanzar ese disfrute del señor barroco, porque se ha establecido un vacío, al integrarse el separatismo, vacío que tiene que llenar de nuevo y fundar un dominio verbal y terrenal. La peligrosa distancia con la que se enfrenta, amparado por la casa copa del ombú, le prepara la mano dura para la doma y la novedad de su grupo de palabras.

El galpón, la gran sala del señor barroco, reaparece en el estanciero, pero tan solo como un momento que motiva la concurrencia y la rápida huida:

Yo quise verlas un rato
y me metí en el montón,
y tanto me rempujaron,
que me encontré en un galpón
todo muy iluminao,
con casitas de madera,
y en medio muchos bancos.

Aparece como la casa de la magia y la sorpresa, donde se presenta el estanciero excepcionado por unas súbitas vacaciones y de donde sale para el coro del relato, donde apunta la sorpresa y la ocurrencia sin espera. Buscando la feria, en la ciudad se encuentra con la gran sala que lo encandila y lo restablece de nuevo en lo suyo de todos los días, pero como quien ha oído el relato de las leyendas y está tranquilo en las maravillas. No disfruta del galpón, de la gran sala, como extensión de la voluptuosidad, sino como iluminación de mansa pesadilla. La sala es a veces la del teatro Colón, de Buenos Aires, allí llega el gaucho para instalarse frente al Fausto de Gounod. Cuando llega de nuevo a la estancia relata como brujería. “Ya es bueno de ir ensillando”, le contesta el otro gaucho para introducirlo otra vez en las mañanas de la estancia.
Los primeros alegrones de ese gaucho cantor los comunica en las fiestas de la independencia. La soledad de la distancia en que se ocupa, lo habían apartado de lo hispánico, aunque por el ceño y la mano dura se le empareja. Cuando se reacciona contra Fernando VII, con el cielito, lo hace con burlas americanas. Esa reacción a lo español, lograda la independencia, se amengua, pues se va convenciendo que tiene que ir al mismo punto de partida, al extremo de la frontera, a luchar con los malones, es decir, con los indios. Los mismos que se habían liberado de la externidad, lo mandan a ese extremo de la tierra con indefensión y miseria. Perseguido en las dos situaciones, se acoge a las constantes pruebas del canto. Más guitarras que letras, parece decir, y de nuevo se lleva la alegría del idioma, renaciendo desde las raíces que hicieron posible el romancero. En España, en el siglo XIX, salvo algunas excepciones de sus finales, el idioma decaía, con una prosa acostada y un verso para el pastoreo y el retumbo artificial, pero con esos poemas gauchescos, el idioma volvió a las verdaderas mañanitas de San Juan, del Romancero, inaugurando por esa obligación de lenguaje nuevo que organizan las distancias y su hombre.

El Martín Fierro, se empeña en romper toda relación con el galpón de la ciudad. Devorado por los malos sucesos de la estancia, allí transcurre en el extremo límite de la frontera, perseguido, alanceado, en cárceles, alzado a guapo por fatalidad.  El ambiente bonaerense en un 25 de mayo no le arranca ninguna pinta fiestera. Sus características: fiereza e indolencia. No hay en ese gaucho mantinfierrista afán de conquista, sino ensanchamiento alegre. “Para mí la tierra es chica- y pudiera ser mejor”. Su linaje fuerte está por encima del amor, pues parte de la pareja y de los hijos, como hechos resueltos ya desde la primera juventud con entereza y facilidad. “Que padre y marido he sido -empeñoso y diligente”. De la misma manera que en él todo romanticismo aparece superado, pues su vivir en angustia de todos los días lo curte para la desazón penosa. “Ninguno me hable de penas- porque yo de penas vivo”. Romanticismo de hombre en la entereza, pues el hambre, el amor, el sufrimiento, están ya como agrupados en él cuando entra en la distancia grande, su aposentamiento de todos los días.

En ese gaucho parecen luchar el lujo inútil con el soplo de lo errante. Con el buche lleno hacer el amor, dice Martín Fierro. La mamajuana y el alboroto por el embalaje pasan en sus estrofas. En el Martín Fierro se hinchan esas agresiones para darle más cabalidad a la llegada del soplo de lo errante, de la dispersión que le impone la autoridad, que lo obliga de nuevo a ir hacia su paisaje descampado, donde ya no hay fiesteo, sino la lucha con el espíritu del mal, con los malones, con los indios, que ya le dejaron un lanzazo en costado.
En ese extremo de la frontera, lucha con el espíritu del mal, con los malones. Está indefenso ante la autoridad y las agresiones del mal. En una graciosa estrofa alude a la total carencia de material defensivo:

Y chamuscao un sargento
me contó que las tenían,
pero que ellos las vendían
para cazar avestruces;
y ansí andaban noche y día
dale bala a las ñanduces.

Así su tono amargo, de perseguido está contrastado a veces como por aires de película cómica, de situaciones muy rápidas que están por encima del comentario. La hazaña americana en el lenguaje, en ese siglo XIX, ha sido plena. La pelusilla gris en que han ido cayendo las palabras españolas en ese siglo, sienten de nuevo por tierras americanas, los pífanos agudos del romancero, con toda la novedad de una feria verbal, protegida por la noche querenciosa del ombú.

En esa distancia dominada por el gaucho, tenemos que señalar la igual dimensión de la ausencia en José Martí. No pretendemos ahora estudiar su obra sino decir su nombre. Como señalamos el señor barroco y el señor estanciero, hay que detenerse en este señor delegado de la ausencia y de las leyes inexorables de la imaginación. En la ausencia, por la fiebre del ámbito, todo está en acto naciente y en cada uno de sus acentos  parece que viene hacia nosotros… A veces su Diario recuerda en enjutez de la marcha, el Bitácora de Colón. Sólo que en el Bitacóra se extraen las cosas de nueva pintura, y en el Diario, como en la entrada de la cámara subterránea de los egipcios, las palabras están tan seguras como las cosas que nos vamos a llevar para hablar con el sombrío chambelán. Y aunque está muy cerca de la muerte, el color, de quien está muy en lo suyo, se le acrece como los pasteles de azafrán que acompañan a los muertos egipcios. No es un hombre miscénico, sin embargo, pues la ausencia desde donde él ve, lo hace ser visto; avanza siempre reconstruido en el remolino, que es un espíritu, tal vez en lo que él llamaba la ley del espejo. Como vimos en ese siglo de nueva andadura del romancero agrandada en el vivaqueo gauchesco, la masa de palabras que estaba congelada en lo gris, recibió con él una lanzada, que la puso a fluir de nuevo sobre el río. Tocó también, avivándola, la tradición grande y soterrada, pues en su ausencia que hace ley de plomada, se encuentra con la ternura de Antonio Pérez, que sabe va a morir sin remedio en la lejanía del Sena. Como en esos mesones donde acudían Racine y Boileau, se encuentra en las paradas del camino, pues las influencias son en él señales de su vida, con los predicadores barrocos y con el cristal soplado del auto sacramental calderoniano. Por esa misma ley de la ausencia, en las que se desarrollaba, sus influencias con conversaciones, habla con Gracián de las molestias que le acarrea el canónigo Salinas, sobrino de su querido Lastanosa, que siempre trae el soneto malo para la revisión y con Paravicino, que llega a predicar a nueva ciudad casi desmayado. Pero al situarlo en la culminación de la expresión criolla, vemos que ya tenía aquí sus cosas necesarias, las exigencias de una tradición que eran al propio tiempo su cotidiano imaginario de trabajo. Con el grabador anónimo, con ese mascar de la trepa, donde al final el artesano tiene que calzar con cartones una deficiencia de la máquina, tiene que llevar esa mistad con el imprentero añejo que tanto necesita y tanto da. El corrido, en sus formaciones y espirales entre copla y romance, le lleva la querencia de los versos sencillos. La ausencia le lleva como regalada la medida grande, y es uno de los que más nos recuerdan que colosos en griego, más que tamaño significa figura, y él es por naturaleza el ente figurante, el que hace visible. En México debe haber saboreado a Quevedo reapareciendo en el papelón de burlas. Si lo situamos acercándose con el imprentero para tratar el ajuste de la tinta, en un café de la Reforma, donde se levanta una guitarra apurada, que es tan sólo uno de sus fragmentos, lo reconstruimos y lo amamos. Si le situamos en su mochila, otro de sus fragmentos, una brújula y un Cicerón, le encontramos la salida del trabajo y las precauciones ante el acecho, llevadas con invisibles signos de conjuro. Viendo al estanciero, leyendo una de sus grandes crónicas en el papel bonaerense, si reposa la lectura, cariñoso con el temerario de las palabras, como el gaucho que se extrema con acometida y despilfarro, vuelve a ver en la ley de la distancia, el agrandado ombú, la casa del desierto, a donde llega Martí, poco antes de morir, pero ahí digo yo mi final, no mi referencia, con temblor.

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