domingo

MARYSE RENAUD


  
EL PRIVILEGIO DE LA FICCIÓN
  
Maryse Renaud nació en la Martinica (Antillas francesas) en 1947. Vivió en Francia desde su niñez (París y Poitiers). Es Profesora Emérita de literatura hispanoamericana en la Universidad de Poitiers y dirigió hasta el 2011 el Seminario de Literatura Latinoamericana del CRLA (Centre de Recherches Latino-Américaines).
Ha publicado numerosos artículos críticos difundidos en publicaciones internacionales, y un extenso ensayo sobre la obra de Juan Carlos Onetti, (Hacia la búsqueda de una identidad, Proyección de Uruguay  / Univ. de Poitiers, 1993).
En estos últimos años la editorial Corregidor publicó sus primeros textos narrativos: un libro de cuentos (En abril, infancias mil, 2007), y dos novelas (El cuaderno granate, 2009) y La mano en el canal (2012).
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¿Desde cuándo subyacía en la catedrática Maryse Renaud la necesidad de escribir narrativa? ¿Cómo fueron “emergiendo” tus tres libros de ficción a la cresta visible de tu “iceberg discursivo”?
  
Nunca pensé, sinceramente, que me pondría algún día a escribir ficción, pese a mi gran admiración hacia la escritura, o mejor dicho a causa de dicha admiración, por sentirme totalmente incapaz de afrontar semejante reto. Lo mío era la crítica literaria, el estudio de los textos de las grandes figuras de la literatura latinoamericana, cosa que intenté hacer lo mejor posible durante largos años en el marco del CRLA (Centro de Estudios Latinoamericanos de la Universidad de Poitiers). Pero algo vino a trastornar todas mis certezas y anhelos: murió de  golpe en  Martinica, donde residía, mi hermano mayor, un farmacéutico solitario y atípico,  muy entrañable, empecinado  en escribir ficción  y particularmente apegado, como yo, a América Latina. Me sentí entonces inconscientemente obligada a tomar el relevo, a perpetuar lo que él había comenzado. Escribí, de alguna manera, impulsada por la necesidad de oír de nuevo su voz. Y me salieron primero los cuentos de En abril, infancias mil, y las dos novelas, nada autobiográficas, permeadas sin embargo por su irremplazable presencia, provocante e ingenua. Pero no hablemos más de esto.
  
Tanto en tu extraordinario ensayo crítico construido en torno a la búsqueda de una identidad en la obra de Juan Carlos Onetti como en tus numerosos artículos referidos a otros angulares autores hispanoamericanos, tu lenguaje ensayístico no descarta en ningún momento la utilización de lo que podríamos denominar resonancias magnéticas simbólico-analógicas. Vale decir: hay veces en que resulta imprescindible descifrar la significación del discurso literario a través de otro discurso literario. ¿No te parece que ya en ese momento se proyectaban las facciones interiores de la artista Renaud?
  
Es muy justo lo que dices… Para comprender los (grandes) textos literarios, creo yo, no basta con los secos y arduos asedios técnicos de la crítica literaria, sumamente compleja desde los años 60, que sólo puede entregarnos parte de la “verdad” ficcional. De una verdad por esencia escurridiza, paradójica, que no se puede captar frontalmente. De una verdad tanto racional como emocional, propia de todo texto que se precie, que exige para su intelección un abordaje más sutil que estribe en una escritura ensayística abierta justamente a la sensibilidad literaria. El ritmo, la tónica,  el registro lingüístico escogido por el ensayista, el “estilo”, por así decirlo, del trabajo crítico, pueden brindar sugerentes llaves de entrada a la ficción. Crítica y ficción son las dos caras de la misma moneda, por mucho que se las suela oponer por razones de facilidad pedagógica. Ambas responden, de hecho, al mismo anhelo creador, al mismo gesto épico. (Idéntica connivencia se da entre discurso crítico y discurso autobiográfico.)
  
Como lo ha manifestado con agudeza Rodrigo Soto, tu modo de confrontar mitos ya globalizados en Europa y América se produce desde un sesgo selváticamente rebelde y mulato. Lezama Lima hubiera agregado, seguramente, contraconquistador barroco. ¿Puede haber sido esa una de las principales razones por las que necesitaste escribirlos en castellano?
  
Efectivamente. El castellano me conviene por muchas razones. Razones ideológicas y estéticas a la vez, ya que lucho a mi manera en mis textos, implícitamente, porque se mire de otro modo a Martinica. Tan chica y tan aislada. Es oficialmente un departamento  francés (desde el fin de la Segunda Guerra Mundial), como otros muchos, pero es un departamento americano, y es justamente esta pertenencia al conjunto americano lo que quiero evidenciar. Como mi difunto amigo -dicho sea de paso- el escritor martiniqués Vincent Placoly. Somos caribeños, y como tales compartimos con los del Caribe insular, y del Caribe en sentido lato, no pocos rasgos culturales: específicamente un oblicuo barroquismo, propio de nuestro imaginario mestizo fecundado por múltiples influencias e idiomas, que se filtra bajo la calma y la mesura heredadas de la cultura francesa. “Negros grecolatinos”, dijo un día un gracioso. Sí, pero también negros americanos. ¿Por qué entonces, en una región que es  objetivamente una encrucijada de idiomas (francés, inglés, español, criollo), no experimentar con el español, idioma particularmente amado, además, por los martiniqueses?
  
No nos olvidemos tampoco de que Martinica estuvo a punto de ser colonizada por Colón, como lo recuerdo en La mano en el canal. Escribir en español es para mí, de cierto modo, ampliar mi ser, aunque suene un poco altisonante y ridícula la expresión, pertenecer más auténticamente a ese Caribe, a esa América históricamente signada por el mestizaje.
  
También me permite la adopción de otra lengua, de gran ductilidad y posibilidades sonoras, distanciarme de las falacias de ciertos mitos nacionales, y hasta de las pequeñeces de la isla querida.  
  
En La mano en el canal, el motivo central místico-esotérico del andrógino y la coincidencia de los opuestos es vivido por personajes masculinos, pero por detrás de ellos se proyecta una doble presencia femenina aparentemente secundaria aunque poseedora de un calado más hondo en lo que refiere a tu principal obsesión investigativa: la de la trascendencia identitaria de la especie. ¿Estás de acuerdo?
  
Ésta es una pregunta difícil de contestar. En La mano en el canal jugué efectivamente con el tema del doble, que puede cobrar incluso aspectos policíacos u oníricos: dos gemelos monocigóticos, Axel y Hugo; la androginia de Axel; dos mujeres respectivamente llamadas Alba y Blanche; pasajes textuales que se duplican; el motivo dual (y proliferante) de la mano, etc. Más allá del aparente juego está una reflexión sobre la vulnerabilidad del individuo y el constante aprendizaje que implica toda vida humana, confrontada a altibajos, dudas y desengaños.  Pero la apertura, la movilidad  y la posible reconstrucción son las que ganan la partida. Éste es el privilegio de la ficción.

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