viernes

HERMENEGILDO SABAT / SIN PALABRAS

“NI MURIÓ NI FUE GARDEL”
(de Adioses tardíos, Ed. Clarín-Aguilar, 1998)

A nadie en Buenos Aires le complace admitir que el tango produce disgusto, pero no hay que desesperar. Evidencias sobrevivientes, pálidas y escasas, sucumben ante aluviones de sonidos monótonos -en el mejor de los casos, pésimos- habitualmente bendecidos y multiplicados por imitaciones y plagios que embelesan a empresarios, idólatras descerebrados e incluso supuestos intelectuales, unidos para defender apropiaciones rotuladas como “nacionales”. El tango resiste los avances y no ha desaparecido, aun. Diseñado por dos argentinos inteligentes, un complejo espectáculo cosechó hace pocos años ovaciones masivas en capitales importantes y ciudades poderosas. Ante la absoluta indiferencia local, empresas extranjeras se animan a desempolvar discos inconseguibles. Un japonés solitario edita los CD de grupos que actuaron durante la década del 20 (Francisco Pracánico, Cayetano Puglisi, Juan Guido, ¿quién se acuerda de ellos?) mientras que aquí se decreta que encarar tales proyectos sería una suma de fracasos.

En Japón y en Miami se siguen contratando orquestas e instrumentistas que prefieren estar alejados de afectos a permanecer desocupados. El costado bailable del tango sigue interesando al cine. Tanto Al Pacino como Arnold Schwarzenegger se prodigaron con pasos y movimientos reminiscentes de Rodolfo Valentino en versiones coincidentes de Por una cabeza; el embajador de EEUU James Cheek, nativo de Arkansas (pronúnciese Ar-kan-só) proclamó que es su tango favorito, lo cante Carlos Gardel o no. En los barrios de La Boca o Barracas ya no interesa si Gardel canta o no, siquiera si canta como siempre, mucho menos si cada día canta mejor. Ausente la música se ha generado un entretenimiento demostrar que Gardel no nació en Toulouse, aunque su madre estaba allí cuando dio a luz. Como el Guerrero que citaba Enrique Santos Discépolo, Gardel ni murió ni fue Gardel por lo que existirían fundadas esperanzas de que no haya nacido en ningún lado, como Homero, el ciego de Esmirna.

La búsqueda de raíces culturales es labor de países jóvenes. Esa gestión ha sido encarada por fanáticos que mimetizan el tango con un partido político y se esmeran en utilizar una dialéctica afín a las dictaduras:

1)“No es cierto que Gardel haya nacido en Francia. Se acabaron los simposios en Toulouse.
2) “Los papeles que garantizan el ingreso de Berthe Gardés son su hijo Caharles al puerto de Buenos Aires en un viaje desde Burdeos, no tienen valor porque no existen”.
3) En Uruguay hasta los espásticos saben que Gardel nació en Tacuarembó.

Si en un exabrupto subjuntivo surgiesen los papiros que avalan estas deducciones indignas de John Dickson Carr y Gardel es declarado, finalmente, nativo de esta zona, por lo menos habría que festejar: guste o no Gardel vivió, y cuando aparece en algún barco, en alguna de sus películas, no escuchamos a un impostor. Ese origen dudoso excita las convenciones burguesas que confunden la pobreza con el sida y serviría para tranquilizar y aplaudir que Jorge Luis Borges haya nacido en Buenos Aires, pero todavía no: Georgie cambió -para bien- el idioma castellano pero nunca adhirió al peronismo.

Gardel fue afortunado por efecto transitivo. Si su voz disimula las macanas que muchas veces consintió cantar, su sonrisa mejora nuestra sangre. No es necesario ser gorila ni muy lúcido para confirmar la prolijidad demostrada por el general Juan Domingo Perón observando la vestimenta cinematográfica de Gardel. Ni hablar de la sonrisa. Cuando apareció en el balcón de la Casa Rosada la tarde del 17 de octubre de 1945 muchos de los obreros de las destilerías de Berisso o Ensenada lo confundieron con Gardel. Que nadie se entusiasme. Las semejanzas fueron exteriores, deliberadas. Perón censuró letras de tango e insistió que el folklore válido para su régimen había nacido lejos de la capital.

Una de las letras censuradas decía: tal vez será mi alcohol. Luego de la corrección se popularizó:tal vez será su voz.

La supuesta incitación al alcohol aparentó ser un desacato a las autoridades militares. Mientras tanto, los especialistas en estrategia literaria omitieron (¿bendijeron?) otras contribuciones que hubieran merecido, por lo menos, cárcel vitalicia en Ushuaia:

Ningún gaucho jamás pudo / alcanzar el corazón de Lucía. / Hasta que al pago llegó un día / un gaucho que nadie conocía.

Ningún oficial, jamás, mucho menos el general José Félix Uriburu (a quien Gardel dedicara un “sertido” homenaje grabado el mismo mes del derrocamiento de Hipólito Yrigoyen), se molestó por el humanitario y protector trato concedido a las mujeres:

Y ahura / tanto me asusta una mina / que si en la calle me afila / me pongo al lao’el botón.

Los machos coincidían que eran jocosas, inocentes para nada censurables:

Victoria! / Saraca Victoria! / Pianté de la noria / Se fue mi mujer!
Ni qué hablar de joyas de la lírica universal, capítulo lazos familiares / Para vengar el ultraje /lleno de ira y coraje / sin compasión los maté.
No era incitación al crimen, apenas venganza contra la gramática. Las evidencias insistieron y arrinconaron la verdad revelada: la única mujer defendible es la madre (con o sin mayúscula), eran cinco hijos y ella era una santa. El resto de esta antología pudorosa no salvaba siquiera a las esposas: eran malvadas, traidoras, prostitutas o todo eso. Entre otros atentados de 78 revoluciones por minuto, militares y civiles de pro festejaron a coro esta perla, producto de universitarios uruguayos:

yo quisiera que me casques pa’quererte / mi papito, mi papito / yo quisiera que me dejes de ambulancia / mi papito, por favor
Cuando esta obra del terror fue regrabada, hace veinticinco años, se consultó a Tita Merello, su difusora original, quien rogó se incendiaran las matrices originales.

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