lunes

ENTREVISTA CON LA HISTORIA (4)



RICARDO AROCENA



LA ORACIÓN DE ABRIL

Vista desde el Cerrito de la Victoria, adonde los integrantes del equipo periodístico de elMontevideano/laboratorio de artes nos instalamos para cubrir el Segundo Sitio de Montevideo, la metrópoli exhibe una grandiosidad señorial con su extenso cerco amurallado que une las distantes zonas costeras. Frente a nosotros se alza una de las obras militares más importantes de España en suelo americano, bastión y símbolo de su poderío imperial. La oscuridad de la noche no reduce su esplendorosa majestuosidad, ni siquiera cuando no hay luna, ya que su perímetro es iluminado por barriles repletos de aceite de lobo, que al ser encendidos la alumbran con una luz mortecina y espectral.

En tales ocasiones la ventolina suele traernos los cánticos revolucionarios que escurridizos grupos de patriotas entonan protegidos por las penumbras y a escasa distancia del contorno urbano. Sin lugar a dudas, la voz que más destaca es la de Victoria, que inunda el imponente teatro natural con estrofas que son coreadas por los paisanos que la acompañan, provocando la ira del centinela andaluz, aunque en otras ocasiones, resuenan las coplas del popular "Calderilla", desafiando la metralla.

Protegida por trincheras, baterías, cubos y fuertes, provocativa e inexpugnable, la ciudad nos enrostra los odiados emblemas reales, desde su portón principal, mientras sobreactuando en aquel teatro inusual, improvisados actores no cesan de operar, con escaramuzas que se repiten, ya sea bajo soles ardientes, noches lunares o rayos que caen sin cesar, provocando la excitación de la enorme multitud, que con ensordecedor griterío alienta a los suyos, desde distintos puntos de este inusual coliseo.

Todo cuanto acontece tiene algo de contradictorio, caótico e irreal. Durante las recientes carnestolendas al estruendo propio de la algazara bacanal se le sumó el provocado por la artillería desde buques y baluartes y por el chocar de los sables, con el que los batallones de negros atacaron la ciudad. En aquel entorno, de pronto doscientos animales destrozan el corral, arrancando en tropel para el campo ante el pavor de los españoles, que creyendo que se trata de un asalto patriota, hacen fuego, acelerando la estampida.

***

A nuestro alrededor las familias orientales, exaltadas, discuten la forma de construir el "dulce sistema" de libertad que vienen madurando desde la no tan lejana Redota. Desde que nos encontramos con ellas, en las costas del Yi, hemos sido testigos presenciales de su sufrimiento. El propio Artigas había confesado, mientras las escoltaba, su agobiada impotencia ante su situación: "la miseria no se ha separado de sus filas, todo se ha reunido para atormentarlas, y yo, destinado a ser espectador de sus padecimientos, no tengo ya con qué socorrerlas".

Pero todo aquello está quedando atrás y el pueblo errante deja de serlo y se agolpa junto a su ejército frente a la imponente Montevideo. Mucho ha crecido en organización y en ideas desde el borrascoso momento de su partida y lo que tiene claro es que de aquí en más "naide será más que naide", aunque no les guste a algunos "engalonados" que promueven propuestas autocráticas para someterlas.

Justamente recorríamos la zona ocupada por el ejército de Rondeau, cuando uno de sus cabecillas nos detiene para quejarse de las "masas ignorantes y semibárbaras que resistían por instinto todo lo que no sea la forma innata de gobierno que estaba en ellas y que la razón tenía que sancionar al fin dándole formas orgánicas". Le contestamos que estábamos orgullosos de que el común de la gente patrocinara ideales republicanos y que nos avergonzaba que promoviera el retorno a formas de opresión. Con firmeza agregamos, para su disgusto, que aquellos que atrevidamente enarbolaban banderas monárquicas en plena revolución, no tendrían otro camino que retroceder en su empeño.

El militar acusó el golpe y llevándose la mano a la visera continuó su camino. Odiaba las atrevidas "ideas anarquistas" que desde hacía tiempo se venían discutiendo en el campamento oriental, en particular desde que el gobierno porteño convocara una Asamblea Constituyente, para aprobar un estatuto constitucional. De acuerdo a su proclama había que elegir diputados, con "instrucciones" sobre el futuro político de la región. Cada ciudad tendría un representante, las capitales provinciales dos y Buenos Aires cuatro, pero la situación en la Banda Oriental no era muy clara al estar Montevideo en manos españolas y la población retornando del exilio, por lo que en este caso hubo que instrumentar una representación especial.

Con ese argumento Sarratea dispuso que Maldonado tuviera un solo diputado, los emigrados y vecinos de Montevideo otro y el tercero los pueblos de Entre Ríos, generando malestar. Por eso ni bien se integran los orientales al cerco de Montevideo, Artigas convoca a una reunión de representantes de la Banda Oriental para que se pronuncie sobre los candentes temas en debate. Todo estaba pronto para comenzar las discusiones sobre el "sistema de libertad", cuando los días 3 y 4 de abril un imponente diluvio se abate sobre la región, paralizando momentáneamente las actividades.

***

La tormenta nos sorprendió en un descampado y junto con un grupo de paisanos nos refugiamos en unas casas en ruinas, adonde aprovechamos para conversar sobre tiempos remotos, por ejemplo de cuando concurríamos a la antigua barraca de don Francisco Oribe, que había sido adaptada para Casa de Comedias. Todos coincidimos que uno sus mejores espectáculos era una contradanza que aumentaba paso a paso su complejidad y culminaba con un final espectacular. Una de sus figuras musicales, la "cadena", había sido incorporada por los paisanos al pericón.

Por mi parte recordé en voz alta que fue precisamente a la salida de una función que me había ocurrido un hecho que me ha perseguido hasta el momento y mis circunstanciales compañeros me pidieron que lo contara. Fue en la noche del 15 de abril de 1794. Aunque era un poco tarde me había dirigido a la pulpería del español Juan Vázquez, en los alrededores del Puerto de Montevideo, a tomar unas ginebras. El propietario, viejo conocido, se había ido a acostar temprano y atendía el mostrador Bernardo Paniagua, un mozalbete natural de Navarra, con quien solía conversar de sus lejanos pagos o de las corridas de toros, temas ambos que lo apasionaban. Recuerdo lo ocurrido como si fuera hoy....:

La mortecina luz del farol recorta simétricamente las sombras, al compás de los ritmos del reloj, cuyas agujas avanzan fatalmente hacia la medianoche. Estoy agotado y Bernardo que me conoce aleja su escuálida figura, para dedicarse a otros menesteres. Me voy a tener que ir porque muy pronto va a cerrar el local, pero me está costando partir. Son los efectos del licor. Se me cierran los ojos... pero...,¿ quién es el individuo que parece esconderse en las penumbras del rincón? No me gusta... su aspecto es inquietante..., más que inquietante, maligno. ¿Cómo será su rostro? Un enorme sombrero lo esconde y no lo puedo distinguir... lo imagino escalofriante... Mejor hago un esfuerzo y me despabilo porque me parece que se dio cuenta que lo estoy mirando. No es fácil. También se mueve, inquieto. Entre los dos se ha establecido una comunicación silenciosa. Lo percibo. Ambos estamos al acecho, aunque nuestros cuerpos digan lo contrario. Es casi un duelo. Nada ni nadie más parece haber en el lugar, Bernardo está muy lejos. Ahora levanta la cabeza y durante un interminable segundo nos miramos. Tiene el semblante torvo del individuo sin escrúpulos. Bernardo se me acerca y notando mi estado me empuja hacia afuera. Protesto, quiero alertarlo del diabólico peligro, pero no puedo. Y la puerta se cierra atrás mío, empujándome hacia la noche.

Al día siguiente la noticia corrió como pólvora. Bernardo había sido destrozado de un colérico hachazo. Por mi descripción del enorme sombrero y de la ropa que usaba pudieron averiguar que el asesino era un oscuro y callado merodeador del puerto, llamado Domingo Gambini. Lo arrestaron en Buenos Aires y fue devuelto a Montevideo engrillado, adonde fue ahorcado ante la irritada mirada de don Juan Vázquez, con quien me encontré poco después en la pulpería. Estaba conmovido y porque no quería que lo ocurrido fuera olvidado, dejó colgada el hacha asesina de unas rejas. Mirándome gruñó: ¡no siempre los crímenes quedan impunes! Desde entonces el almacén pasó a ser conocido como "del hacha", por lo menos hasta que partí de Montevideo escapando de los españoles.

***

Mis circunstanciales compañeros conocían la pulpería, pero no su historia y quedaron en silencio. Entonces les propuse abandonar el pasado y leer las instrucciones que al día siguiente, 5 de abril, si mejoraba el clima, comenzarían a ser discutidas en la reunión a realizarse en la Quinta de Manuel Sáenz de Cavia. Habían sido elaboradas por el grupo de asesores de Artigas, para que sirvieran de guía en las discusiones. A la luz del farol releí por enésima vez el texto. En él se hablaba de confederación, división de poderes, amistad y libre comercio entre las Provincias, y de trabas constitucionales al "despotismo militar". En suma, el documento resumía lo que la gente exigía.

Su contenido de avanzada coloca a los orientales en la vanguardia política del proceso independentista americano. Con una expectativa muy grande nos dirigimos a la mañana siguiente al lugar de la Asamblea. Vecinos de extramuros y emigrados pululaban alrededor del salón. Por nuestra condición de periodistas estábamos autorizados a entrar en él. El lugar es amplio y tiene techos con vigas de Urunday y una enorme chimenea. Ya están presentes los veintitrés congresales, entre ellos distinguimos cerca nuestro a León Pérez y Juan José Durán. Alguien pide silencio y Artigas, vestido de civil, se instala atrás de un escritorio. Luego de algunos preámbulos comienza su discurso inaugural:

ARTIGAS: "MI AUTORIDAD EMANA DE VOSOTROS
Y ELLA CESA POR VUESTRA PRESENCIA SOBERANA"


CIUDADANOS:



El resultado de la campaña pasada me puso al frente de vosotros por el voto sagrado de vuestra voluntad general. Hemos corrido 17 meses cubiertos de la gloria, y de la miseria, y tengo la honra de volver a hablaros en la segunda vez que hacéis uso de vuestra soberanía. En ese período yo creo que el resultado correspondió a vuestros designios grandes. El formará la admiración de las edades.

Es evidente que el Jefe oriental está orgulloso de la hazaña de su pueblo. Sobre todo por haber sabido autogobernarse en un momento crucial.

Los portugueses no son los S.S. de nuestro territorio. De nada habrían servido nuestros trabajos, si con ser marcados con la energía y constancia no tuviesen por guía los principios inviolables del sistema que hizo su objeto.

La comandancia oriental desde hace tiempo insiste en que deben comenzarse a ver resultados. Los portugueses ya no están, pero hay que concretar lo antes posible el "dulce sistema" de justicia y libertad, de lo contrario todo habrá sido en vano.

Mi autoridad emana de vosotros y ella cesa por vuestra presencia soberana. Vosotros estáis en el pleno goce de vuestros derechos: ved ahí el fruto de mis ansias y desvelos, y ved ahí también todo el premio de mi afán. Ahora en vosotros está el conservarla.

Con principismo democrático se somete a la decisión popular, aunque nadie como él se merezca estar en donde está. En el Ayuí el pueblo le había espetado: "por nosotros es usted general y debe hacer lo que le convenga al pueblo". Había aprendido y ahora devolvía el guante.

Yo tengo la satisfacción honrosa de presentaros de nuevo mis sacrificios y desvelos, si gustáis hacerlo estable. Nuestra historia es de los héroes. El carácter constante y sostenido que habéis ostentado en los diferentes lances que ocurrieron, anunció al mundo la época de la grandeza. Sus monumentos majestuosos se hacen conocer desde los muros de nuestra ciudad hasta los márgenes del Paraná. Cenizas y ruinas, sangre y desolación, he ahí el cuadro de la Banda Oriental, y el precio costoso de su regeneración. Pero ella es pueblo libre. El estado actual de sus negocios es demasiado crítico para dejar de reclamar su atención.

La campaña está devastada, la ganadería destruida, la gente en la miseria. Y por eso de la reunión deben salir respuestas a la agobiante situación: no hay espacios para parlamentarismos bizantinos.

La Asamblea tantas veces anunciada empezó ya sus sesiones en Buenos Aires. Su reconocimiento nos ha sido ordenado. Resolver sobre este particular ha dado motivo a esta congregación, porque yo ofendería altamente vuestro carácter y el mío; vulneraría enormemente vuestros derechos sagrados si pasase a decidir por mi una materia reservada solo a vosotros. Bajo ese concepto, yo tengo la honra de proponeros los tres puntos que ahora deben expresión soberana: 1º) Si debemos proceder al reconocimiento de la Asamblea General antes del allanamiento de nuestras pretensiones encomendadas a vuestro diputado D. Tomás García de Zúñiga. 2º) Proveer el mayor número de diputados que sufraguen por este territorio en dicha Asamblea. 3º) Instalar aquí una autoridad que restablezca la economía del país.

Son temas delicados sobre los que los representantes deberán pronunciarse. No adelanta propuestas. Entre los presentes hay distintas posturas al respecto. Artigas ya ha presentado las suyas. Y espera paciente.

Las circunstancias tristes a que nos vimos reducidos por el expulso Sarratea después de sus violaciones en el Ayuí, eran un reproche tristísimo a nuestra confianza desmedida, y nosotros cubiertos de laureles y glorias retornábamos a nuestro hogar llenos de la execración de nuestros hermanos, después de haber quedado miserables, y haber prodigado en obsequio de todos quince meses de sacrificio. El ejército conocía que iba a ostentarse el triunfo de su virtud, pero el temblaba la reproducción de aquellos incidentes fatales que lo habían conducido a la Precisión del Yi; el ansiaba por el medio de impedirlo y creyó a propósito publicar aquellas pretensiones. Marchó con ellas nuestro diputado. Pero habiendo quebrantado la fe de la suspensión el Sr. Sarratea, fue preciso activar con las armas el artículo de su salida.

Al recordar los recientes enfrentamientos está alertando sobre posibles maniobras futuras del gobierno porteño. Apenas unos meses atrás, estando a las orillas del Yi, había tenido que realizar algunas puntualizaciones, de enorme dimensión política.

Desde este tiempo empecé a recibir órdenes sobre el reconocimiento en cuestión. El tenor de mis contestaciones es el siguiente: Ciudadanos los pueblos deben ser libres. Ese carácter debe ser su único objeto, y formar el motivo de su celo. Por desgracia va a contar tres años nuestra revolución, y aún falta una salvaguardia general al derecho popular. Estamos aún bajo la fe de los hombres, y no aparecen las seguridades del contrato. Todo extremo envuelve fatalidad; por eso una desconfianza desmedida sofocaría los mejores planes. ¿Pero es acaso menos terrible un exceso de confianza? Toda clase de precaución debe prodigarse cuando se trata de fijar nuestro destino. Es muy veleidosa la probidad de los hombres, solo el freno de la constitución puede afirmarla. Mientras ella no exista, es preciso adoptar las medidas que equivalgan a la garantía preciosa que ella ofrece. Yo opinaré siempre, que sin allanar las pretensiones siguientes no debe ostentarse el reconocimiento y jura que se exige. Ellas son consiguientes del sistema que defendemos y que cuando el Ejército las propuso, no hizo más que decir: quiero ser libre.

Es partidario, por lo tanto, de reconocer la Constituyente, pero partiendo del mutuo respeto. Exige reglas claras, o sea una Carta Constitucional con deberes y obligaciones para todos. Hace rato que los pueblos determinaron que los tiempos de la sumisión debían de culminar.

Orientales: sean cuales fuesen los cálculos que se formen, todo es menos temible que un paso de degradación, debe impedirse hasta que aparezca su sombra. Al principio todo es remediable. Preguntaos a vosotros mismos si queréis volver a ver crecer las aguas del Uruguay con el llanto de vuestras esposas y acallar en sus bosques el gemido de vuestros tiernos hijos. Paisanos acudid solo a la historia de vuestras confianzas. Recordad las amarguras del Salto; corred los campos ensangrentados de Betlem, Yapeyú, Santo Tomé y Tapeyú: traed a la memoria las intrigas del Ayuí, y el compromiso del Yi, y las transgresiones del Paso de la Arena. ¡Ah! ¡Cuál execración será comparable a la que ofrecen esos cuadros terribles!

Con sangre los orientales nos hemos ganado el derecho a ser escuchados. Ahora no podemos transar...

Ciudadanos: la energía es el recurso de las almas grandes. Ella nos ha hecho hijos de la victoria, y plantado para siempre el laurel en nuestro suelo. Si somos libres, si no queréis deshonrar vuestros afanes cuasi divinos y si respetáis la memoria de vuestros sacrificios, examinad si debéis reconocer la Asamblea por obedecimiento o por pacto. No hay un solo motivo de conveniencia para el primer caso que no sea contrastable en el segundo, y al fin reportaréis la ventaja de haberlo conciliado todo con vuestra libertad inviolable.

¿Simple acatamiento y sumisión ante la Constituyente o un pacto programático es la disyuntiva? Demasiando largo ha sido el camino como para desflecar principios. Se trata de acordar, pero sin diluirse en claudicaciones que signifiquen un paso atrás.

Esto ni por asomo se acerca a una separación nacional: garantir las consecuencias del reconocimiento no es negar el reconocimiento, y bajo todo principio nunca será compatible un reproche a vuestra conducta; en tal caso con las miras liberales y fundamentos que autorizan hasta la misma instalación de la Asamblea. Vuestro temor la ultrajaría altamente y si no hay motivo para creer que ella vulnere vuestros derechos, es consiguiente que tampoco debemos tenerle para atrevernos a pensar que ella increpe nuestra precaución.

En otras palabras una actitud de sumiso acatamiento, tampoco le haría bien a la Asamblea Constituyente, que estaría avasallando principios que afirma defender.

De todos modos la energía es necesaria. No hay un solo golpe de energía que no sea marcado con el laurel. ¿Qué glorias no habéis adquirido ostentando esa virtud? Orientales visitad las cenizas de vuestros conciudadanos. ¡Ah! ¡Que ellas desde lo hondo de sus sepulcros no nos amenacen con la venganza de una sangre que vertieron para hacerla servir a nuestra grandeza! Ciudadanos, pensad, meditad y no cubráis del oprobio las glorias, los trabajos de 529 días en que visteis la muerte de vuestros hermanos, la aflicción de vuestras esposas, la desnudez de vuestros hijos, el destrozo y exterminio de vuestras haciendas y en que visteis restar solo los escombros y las ruinas por vestigios de vuestra opulencia antigua. Ellos forman la base del edificio augusto de nuestra libertad. Ciudadanos: hacernos respetar es la garantía indestructible de vuestros afanes ulteriores por conservarla.

Los cerrados aplausos culminan en ovación. A nuestras espaldas se apelotonan los paisanos y sus familias. Todos quieren escuchar. Los diputados ya están haciendo llegar sus mociones y comienza una discusión que nadie sabe cuando va a terminar. Somos concientes que de su resultado depende, en gran medida, el futuro de la región.

Frente a Montevideo
Abril de 1813

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