
LA HORA SEÑALADA
RICARDO AROCENA
El 15 de febrero de 1811, es decir muy pocos días después de que el Virrey Elío declarara la guerra a la Junta revolucionaria de Buenos Aires, José Artigas parte de Colonia, adonde se desempeñaba como Brigadier del Cuerpo de Blandengues al servicio del imperio español, para sumarse al movimiento independentista que venía conmoviendo a la Banda Oriental.
Hasta ese momento se había contenido de participar personalmente en cualquiera de los alzamientos y protestas que los orientales venían realizando, sobre todo a lo largo del Río Uruguay, y que anticipaban una imparable avalancha contra el poder español.
Durante su viaje a Paysandú, en septiembre de 1810, de paso por Capilla Nueva, el futuro Jefe oriental había podido constatar el estado de insubordinación general en que estaba esa región, y unos meses más tarde, al mando de una partida de Blandengues en un viaje a Entre Ríos, había podido verificar el "gran desorden existente", según testimonio del militar portugués Antonio Pinto de Fontoura..
Pero Artigas debía esperar pacientemente el "minuto histórico preciso", para que su partida sirviera de anuncio a sus compatriotas de que la hora de los hornos había arribado. En lo personal todavía debería soportar los desplantes de sus jefes militares inmediatos un tiempo más, hasta ese momento oportuno y crucial que pondría fin a su pasado al servicio del poder colonial.
El de 1811 era un verano caliente. Y el mes de febrero marcaba un punto culminante en las protestas populares. Pocos días antes de la determinante partida de Artigas había estallado la insurrección de Casablanca y en enero, hacía apenas un poco más de un mes, los vecinos patriotas se habían batido como leones en Belén. Aquellos dos malogrados estallidos no habían sido otra cosa que el augurio del inicio de una nueva era.
El reclamo generalizado de un Jefe que organizara y condujera las protestas diseminadas por todo el territorio puso fin a la tensa espera y finalmente Artigas parte de Colonia rumbo a Paysandú acompañado por el militar y antiguo confidente Rafael Hortiguera, el cura José María Enríquez Peña, algunos soldados que se suman a la causa y un esclavo del mismo apellido que el religioso mencionado, al que se le otorga la libertad.
Luego de escapar del establecimiento en donde se encontraba y de recorrer nueve leguas, el pequeño grupo de hombres se esconde en un bosque cercano al "Cerro de las Armas", sobre el arroyo San Juan y decide que Peña se dirija a la estancia de Teodosio de la Quintana, con el objetivo de solicitar ayuda para proseguir la marcha.
El estanciero los apoya proporcionándoles una tropilla de "excelentes caballos" para que se pudieran mover con velocidad y un baqueano de nombre Chamorro, pero además los hijos del hacendado se suman al pequeño comando patriota. Luego de un transitorio descanso, Artigas, que ya estaba siendo "requerido" por sus superiores que lo acusan de "prófugo", rumbeando hacia el norte, arriba a Mercedes, luego sigue hasta Tres Árboles, atraviesa el Río Negro y se dirige a Paysandú, desde donde sale para Entre Ríos.
El recorrido lo llevaría hasta el Arroyo de la China y después a Nogoyá, en donde hace un alto para discutir con el insurrecto Doblás algunos aspectos políticos, pernoctando en la casa de otro luchador de nombre Mariano Aulestia. Posteriormente parte en una marcha forzada que dura tres semanas hasta Santa Fe, adonde llega el 28 de febrero, es decir en el mismo momento en el que el grito popular en Asencio incendia la campaña oriental.
Finalmente se encamina a Buenos Aires, adonde arriba el día 6 de marzo, con el objetivo de recibir la confirmación que precisaba para retornar con respaldo político a la Banda Oriental, y poder asumir la dirección de un levantamiento popular que por ese mismo momento conquistaba, sin que él estuviera presente, nada menos que a Paysandú.
Por esos días, exasperado, Javier Elío amenazaba: "mirad que a mi sola orden entrarán cuatro mil portugueses y con la expedición que ha salido de la campaña, cogidos entre dos fuegos, ni podréis escapar, ni entonces os valdrá el arrepentimiento". Pero casi simultáneamente a la promulgación del edicto, Artigas retorna desde Nogoyá, adonde se había quedado durante la segunda quincena de marzo en calidad de flamante segundo jefe de las tropas independentistas, ingresando a estas tierras por la liberada región sanducera.
ESCLAVO DE LA GRANDEZA
A su salida de Colonia, el futuro Jefe oriental no se había sumado a ninguno de los espontáneos alzamientos que sacudían la campaña porque sabía que el momento histórico le reclamaba mucho más. De cualquier manera, "la retirada del general don José Artigas a las márgenes del Uruguay vino a ser como un grito que excitó el furor de seguirlo", analizaría el momento político el militar Gregorio Espinosa.
Cabe la pregunta: ¿podía imaginarse Artigas, en aquel instante íntimo y supremo en que abandonaba el ejército español, adonde se desempeñaba desde hacía años como capitán, que los retos y desafíos lo conducirían a los sitiales en que la historia finalmente lo situó?
En todo caso lo que puede responderse es que estuvo siempre a la altura de las circunstancias, transformándose en un "esclavo" de su propia "grandeza", hasta el último minuto de su vida. Y que gracias a su pensamiento y su conducta el marginal movimiento independentista oriental, se fue transformando en una fuerza rectora de la revolución rioplatense y en un estandarte para la causa federal.
Con seguridad había adoptado un compromiso profundo con la causa republicana desde mucho tiempo antes de que en forma aparentemente intempestiva abandonara su condición de soldado colonial. Ciertamente fue una decisión que fue madurando durante años de discusiones, lecturas y reflexiones.
Había participado, junto a sus hermanos, en no pocas tertulias realizadas en las chacras de Manuel Pérez y de Otorgués, en donde Larrañaga, Monterroso, Galán, Lamas y otros, lo habían presionado para que encabezara los esfuerzos anticoloniales. Mariano Moreno, quien lo admiraba, reclamaría más tarde que se lo "atrajera" hacia el proceso iniciado en Buenos Aires, "por sus conocimientos que nos consta que son muy extensos en la campaña, como por sus talentos, opinión, concepto y respeto".
Pero nada lo había convencido tanto de la necesidad de un cambio como la indignación por tener que ver a su pueblo sumergido en la "ignominia del afrentoso cautiverio", que imponía el imperio hispánico. Los años de relativo sedentarismo en Montevideo, luego de su casamiento con Rosalía Villagrán, y el contacto estrecho con familiares, amigos y conocidos, que recogían en forma entusiasta las "nuevas ideas" que habían empezado a circular por el continente, le permitieron completar su formación política.
Por aquel entonces uno de los que entre las murallas citadinas hostigaba a la monarquía era el francés don Luis Godeffroy, ferviente republicano, hijo de un modesto "carpintero tonelero" del puerto de Dunquerque, que había llegado a estas costas con el apoyo del ex jacobino y robespierrista Director Barrás y otras figuras parisienses, para ejercer como gerente de una sociedad fundada para practicar el corso.
Era uno de tantos, también fomentaban los ideales republicanos los italianos Carlos Camuso y Antonio Massini, e incluso españoles como Joaquín de la Sagra y Periz, quien a su muerte dejó una valiosa biblioteca y documentación, entre la cual había manuscritos constitucionales norteamericanos.
Entre las numerosas bibliotecas con material "subversivo" estaba la de los franciscanos, en donde paradojalmente podían encontrarse no pocos libros prohibidos por las altas autoridades eclesiásticas, todo lo cual contribuyó a ir generando en el entramado social de la vieja sociedad colonial, un estado de ánimo favorable "a las opiniones francesas", según lo expuesto en documentos confidenciales del poder colonial. Si todas estas ideas no se hubieran hecho sentir llegando hasta Artigas, éste no hubiera podido lanzarse a la práctica revolucionaria.
"TUPAMARO"
Los tiempos de formación pasarían y llegarían los tiempos de la acción. Los denominados "donativos patrióticos" y el bando del 23 de agosto de 1810 sobre bienes realengos, fueron la gota que rebasó el vaso de la población ubicada al oriente del Río Uruguay, que perdió el miedo y comenzó ostensiblemente a protestar.
Desde hacía tiempo algunos militares españoles sospechaban de la "poca fidelidad" de Artigas para con la causa monárquica y lo acusaban de "tupamaro", por ese motivo, durante parte del año 1810, lo habían mantenido marginado y en la frontera, al mando de solamente "treinta y seis soldados y algunos oficiales inferiores".
Amigos y enemigos que lo trataron, subrayan de su personalidad que una vez que adoptaba una decisión, no había nada que lo detuviera, por eso no cabe duda de que tenía planificado cada paso a partir del abandono de Colonia. Sabía adónde dirigirse y para qué, se asumía a sí mismo como el eslabón que faltaba para que comenzara a funcionar en forma arrolladora todo el engranaje de la revolución oriental.
Nunca a ciencia cierta lo podremos saber, pero valga como ejercicio la pregunta de en qué pudo haber pensado Artigas en lo personal en aquel momento crucial. No era un inmortal, sino un humano como el que más, y el lento girar del recuerdo de su vida anterior en algún momento tal vez lo hizo meditar.
Es que estaba por tomar una decisión que cambiaría radicalmente su vida para siempre. Era uno de esos momentos en que la existencia se bifurca en dos opciones: luego de elegida una, ya no cabían retrocesos. Por formación, por convicción, por ética, el futuro Jefe oriental seguramente no se cuestionó que se lanzaba rumbo a lo ignoto, a lo desconocido, y que estaba por iniciar un largo y duro camino, entre otras cosas porque su conciencia se lo estaba reclamando.
Imaginémoslo: puede que en aquellas horas previas a la partida haya recordado la época por ejemplo en que fue oficial de Blandengues y comisario de la Unión y de la Aguada, allá por el año 1806. Por aquel entonces le gustaba vestir a la moda y lo mejor posible. A veces usaba una lujosa camisa de hilo de holanda, chaleco raso y delicados pañuelos de seda, que se colocaba en el bolsillo. En ocasión de alguna fiesta y cuando había bailes, al igual que el resto de los jóvenes de la época, se engalanaba con frac "muy al uso en aquel entonces".
En instancias normales, cuando no había festividades ni cosas por el estilo, si no usaba casaca larga, se ponía una chaquetilla ajustada al cuerpo, con bordados de trencilla fina en el pecho y un gran pino calado en la espalda. O sino un rico chaleco de raso y corbata. Además le gustaba usar pantalones ajustados que caían sobre la caña de la bota.
Otros tiempos...- puede que haya sonreído.
En 1805 obtuvo el permiso de las autoridades españolas para alejarse de las durezas de la campaña y luego de contraer matrimonio se había ido a vivir a extramuros, en la zona del Cordón. La situación económica no era para nada mala, tenía una propiedad en la zona del Cerrito, que le había sido regalada por su padre y además dos casas que alquilaba, y que producían cuarenta y dos patacones por mes, a lo que debía sumarle el sueldo como comandante.
Disfrutaba jugando a los naipes y tocando el acordeón y la guitarra, instrumentos con los que animaba las fiestas. Sus familiares no lo habían entendido cuando decidió abandonar las comodidades citadinas para retornar a los rigores de la campaña. Artigas se había defendido de las críticas de sus parientes respondiéndoles simplemente: "me mandaron".
Mucha agua había corrido desde aquel entonces. Pero mucha más desde la época que se dedicaba al "ilícito comercio" y era buscado por las autoridades. Tiempos de juventud. Al igual que otros de su generación, se había alejado de la hipocresía de la alta sociedad colonial, para lanzarse "al monte", como integrante de partidas de contrabandistas, que por la vía de los hechos cuestionaban al farisaico orden establecido.
En las recorridas a veces tenía que fallar como árbitro en cuestiones entre vecinos de los distritos por los que pasaba, y administrar justicia con prontitud y rapidez, lo que le dio gran celebridad. Por ese motivo pasó a ser el contrabandista más famoso y respetado, a la vez que el terror de las autoridades peninsulares.
RICARDO AROCENA
El 15 de febrero de 1811, es decir muy pocos días después de que el Virrey Elío declarara la guerra a la Junta revolucionaria de Buenos Aires, José Artigas parte de Colonia, adonde se desempeñaba como Brigadier del Cuerpo de Blandengues al servicio del imperio español, para sumarse al movimiento independentista que venía conmoviendo a la Banda Oriental.
Hasta ese momento se había contenido de participar personalmente en cualquiera de los alzamientos y protestas que los orientales venían realizando, sobre todo a lo largo del Río Uruguay, y que anticipaban una imparable avalancha contra el poder español.
Durante su viaje a Paysandú, en septiembre de 1810, de paso por Capilla Nueva, el futuro Jefe oriental había podido constatar el estado de insubordinación general en que estaba esa región, y unos meses más tarde, al mando de una partida de Blandengues en un viaje a Entre Ríos, había podido verificar el "gran desorden existente", según testimonio del militar portugués Antonio Pinto de Fontoura..
Pero Artigas debía esperar pacientemente el "minuto histórico preciso", para que su partida sirviera de anuncio a sus compatriotas de que la hora de los hornos había arribado. En lo personal todavía debería soportar los desplantes de sus jefes militares inmediatos un tiempo más, hasta ese momento oportuno y crucial que pondría fin a su pasado al servicio del poder colonial.
El de 1811 era un verano caliente. Y el mes de febrero marcaba un punto culminante en las protestas populares. Pocos días antes de la determinante partida de Artigas había estallado la insurrección de Casablanca y en enero, hacía apenas un poco más de un mes, los vecinos patriotas se habían batido como leones en Belén. Aquellos dos malogrados estallidos no habían sido otra cosa que el augurio del inicio de una nueva era.
El reclamo generalizado de un Jefe que organizara y condujera las protestas diseminadas por todo el territorio puso fin a la tensa espera y finalmente Artigas parte de Colonia rumbo a Paysandú acompañado por el militar y antiguo confidente Rafael Hortiguera, el cura José María Enríquez Peña, algunos soldados que se suman a la causa y un esclavo del mismo apellido que el religioso mencionado, al que se le otorga la libertad.
Luego de escapar del establecimiento en donde se encontraba y de recorrer nueve leguas, el pequeño grupo de hombres se esconde en un bosque cercano al "Cerro de las Armas", sobre el arroyo San Juan y decide que Peña se dirija a la estancia de Teodosio de la Quintana, con el objetivo de solicitar ayuda para proseguir la marcha.
El estanciero los apoya proporcionándoles una tropilla de "excelentes caballos" para que se pudieran mover con velocidad y un baqueano de nombre Chamorro, pero además los hijos del hacendado se suman al pequeño comando patriota. Luego de un transitorio descanso, Artigas, que ya estaba siendo "requerido" por sus superiores que lo acusan de "prófugo", rumbeando hacia el norte, arriba a Mercedes, luego sigue hasta Tres Árboles, atraviesa el Río Negro y se dirige a Paysandú, desde donde sale para Entre Ríos.
El recorrido lo llevaría hasta el Arroyo de la China y después a Nogoyá, en donde hace un alto para discutir con el insurrecto Doblás algunos aspectos políticos, pernoctando en la casa de otro luchador de nombre Mariano Aulestia. Posteriormente parte en una marcha forzada que dura tres semanas hasta Santa Fe, adonde llega el 28 de febrero, es decir en el mismo momento en el que el grito popular en Asencio incendia la campaña oriental.
Finalmente se encamina a Buenos Aires, adonde arriba el día 6 de marzo, con el objetivo de recibir la confirmación que precisaba para retornar con respaldo político a la Banda Oriental, y poder asumir la dirección de un levantamiento popular que por ese mismo momento conquistaba, sin que él estuviera presente, nada menos que a Paysandú.
Por esos días, exasperado, Javier Elío amenazaba: "mirad que a mi sola orden entrarán cuatro mil portugueses y con la expedición que ha salido de la campaña, cogidos entre dos fuegos, ni podréis escapar, ni entonces os valdrá el arrepentimiento". Pero casi simultáneamente a la promulgación del edicto, Artigas retorna desde Nogoyá, adonde se había quedado durante la segunda quincena de marzo en calidad de flamante segundo jefe de las tropas independentistas, ingresando a estas tierras por la liberada región sanducera.
ESCLAVO DE LA GRANDEZA
A su salida de Colonia, el futuro Jefe oriental no se había sumado a ninguno de los espontáneos alzamientos que sacudían la campaña porque sabía que el momento histórico le reclamaba mucho más. De cualquier manera, "la retirada del general don José Artigas a las márgenes del Uruguay vino a ser como un grito que excitó el furor de seguirlo", analizaría el momento político el militar Gregorio Espinosa.
Cabe la pregunta: ¿podía imaginarse Artigas, en aquel instante íntimo y supremo en que abandonaba el ejército español, adonde se desempeñaba desde hacía años como capitán, que los retos y desafíos lo conducirían a los sitiales en que la historia finalmente lo situó?
En todo caso lo que puede responderse es que estuvo siempre a la altura de las circunstancias, transformándose en un "esclavo" de su propia "grandeza", hasta el último minuto de su vida. Y que gracias a su pensamiento y su conducta el marginal movimiento independentista oriental, se fue transformando en una fuerza rectora de la revolución rioplatense y en un estandarte para la causa federal.
Con seguridad había adoptado un compromiso profundo con la causa republicana desde mucho tiempo antes de que en forma aparentemente intempestiva abandonara su condición de soldado colonial. Ciertamente fue una decisión que fue madurando durante años de discusiones, lecturas y reflexiones.
Había participado, junto a sus hermanos, en no pocas tertulias realizadas en las chacras de Manuel Pérez y de Otorgués, en donde Larrañaga, Monterroso, Galán, Lamas y otros, lo habían presionado para que encabezara los esfuerzos anticoloniales. Mariano Moreno, quien lo admiraba, reclamaría más tarde que se lo "atrajera" hacia el proceso iniciado en Buenos Aires, "por sus conocimientos que nos consta que son muy extensos en la campaña, como por sus talentos, opinión, concepto y respeto".
Pero nada lo había convencido tanto de la necesidad de un cambio como la indignación por tener que ver a su pueblo sumergido en la "ignominia del afrentoso cautiverio", que imponía el imperio hispánico. Los años de relativo sedentarismo en Montevideo, luego de su casamiento con Rosalía Villagrán, y el contacto estrecho con familiares, amigos y conocidos, que recogían en forma entusiasta las "nuevas ideas" que habían empezado a circular por el continente, le permitieron completar su formación política.
Por aquel entonces uno de los que entre las murallas citadinas hostigaba a la monarquía era el francés don Luis Godeffroy, ferviente republicano, hijo de un modesto "carpintero tonelero" del puerto de Dunquerque, que había llegado a estas costas con el apoyo del ex jacobino y robespierrista Director Barrás y otras figuras parisienses, para ejercer como gerente de una sociedad fundada para practicar el corso.
Era uno de tantos, también fomentaban los ideales republicanos los italianos Carlos Camuso y Antonio Massini, e incluso españoles como Joaquín de la Sagra y Periz, quien a su muerte dejó una valiosa biblioteca y documentación, entre la cual había manuscritos constitucionales norteamericanos.
Entre las numerosas bibliotecas con material "subversivo" estaba la de los franciscanos, en donde paradojalmente podían encontrarse no pocos libros prohibidos por las altas autoridades eclesiásticas, todo lo cual contribuyó a ir generando en el entramado social de la vieja sociedad colonial, un estado de ánimo favorable "a las opiniones francesas", según lo expuesto en documentos confidenciales del poder colonial. Si todas estas ideas no se hubieran hecho sentir llegando hasta Artigas, éste no hubiera podido lanzarse a la práctica revolucionaria.
"TUPAMARO"
Los tiempos de formación pasarían y llegarían los tiempos de la acción. Los denominados "donativos patrióticos" y el bando del 23 de agosto de 1810 sobre bienes realengos, fueron la gota que rebasó el vaso de la población ubicada al oriente del Río Uruguay, que perdió el miedo y comenzó ostensiblemente a protestar.
Desde hacía tiempo algunos militares españoles sospechaban de la "poca fidelidad" de Artigas para con la causa monárquica y lo acusaban de "tupamaro", por ese motivo, durante parte del año 1810, lo habían mantenido marginado y en la frontera, al mando de solamente "treinta y seis soldados y algunos oficiales inferiores".
Amigos y enemigos que lo trataron, subrayan de su personalidad que una vez que adoptaba una decisión, no había nada que lo detuviera, por eso no cabe duda de que tenía planificado cada paso a partir del abandono de Colonia. Sabía adónde dirigirse y para qué, se asumía a sí mismo como el eslabón que faltaba para que comenzara a funcionar en forma arrolladora todo el engranaje de la revolución oriental.
Nunca a ciencia cierta lo podremos saber, pero valga como ejercicio la pregunta de en qué pudo haber pensado Artigas en lo personal en aquel momento crucial. No era un inmortal, sino un humano como el que más, y el lento girar del recuerdo de su vida anterior en algún momento tal vez lo hizo meditar.
Es que estaba por tomar una decisión que cambiaría radicalmente su vida para siempre. Era uno de esos momentos en que la existencia se bifurca en dos opciones: luego de elegida una, ya no cabían retrocesos. Por formación, por convicción, por ética, el futuro Jefe oriental seguramente no se cuestionó que se lanzaba rumbo a lo ignoto, a lo desconocido, y que estaba por iniciar un largo y duro camino, entre otras cosas porque su conciencia se lo estaba reclamando.
Imaginémoslo: puede que en aquellas horas previas a la partida haya recordado la época por ejemplo en que fue oficial de Blandengues y comisario de la Unión y de la Aguada, allá por el año 1806. Por aquel entonces le gustaba vestir a la moda y lo mejor posible. A veces usaba una lujosa camisa de hilo de holanda, chaleco raso y delicados pañuelos de seda, que se colocaba en el bolsillo. En ocasión de alguna fiesta y cuando había bailes, al igual que el resto de los jóvenes de la época, se engalanaba con frac "muy al uso en aquel entonces".
En instancias normales, cuando no había festividades ni cosas por el estilo, si no usaba casaca larga, se ponía una chaquetilla ajustada al cuerpo, con bordados de trencilla fina en el pecho y un gran pino calado en la espalda. O sino un rico chaleco de raso y corbata. Además le gustaba usar pantalones ajustados que caían sobre la caña de la bota.
Otros tiempos...- puede que haya sonreído.
En 1805 obtuvo el permiso de las autoridades españolas para alejarse de las durezas de la campaña y luego de contraer matrimonio se había ido a vivir a extramuros, en la zona del Cordón. La situación económica no era para nada mala, tenía una propiedad en la zona del Cerrito, que le había sido regalada por su padre y además dos casas que alquilaba, y que producían cuarenta y dos patacones por mes, a lo que debía sumarle el sueldo como comandante.
Disfrutaba jugando a los naipes y tocando el acordeón y la guitarra, instrumentos con los que animaba las fiestas. Sus familiares no lo habían entendido cuando decidió abandonar las comodidades citadinas para retornar a los rigores de la campaña. Artigas se había defendido de las críticas de sus parientes respondiéndoles simplemente: "me mandaron".
Mucha agua había corrido desde aquel entonces. Pero mucha más desde la época que se dedicaba al "ilícito comercio" y era buscado por las autoridades. Tiempos de juventud. Al igual que otros de su generación, se había alejado de la hipocresía de la alta sociedad colonial, para lanzarse "al monte", como integrante de partidas de contrabandistas, que por la vía de los hechos cuestionaban al farisaico orden establecido.
En las recorridas a veces tenía que fallar como árbitro en cuestiones entre vecinos de los distritos por los que pasaba, y administrar justicia con prontitud y rapidez, lo que le dio gran celebridad. Por ese motivo pasó a ser el contrabandista más famoso y respetado, a la vez que el terror de las autoridades peninsulares.
Innumerable cantidad de cosas habían ocurrido hasta este último altercado con su jefe el Brigadier Vicente Muesas, con quien nunca se había llevado demasiado bien. El oficial español, de carácter irascible, lo había llamado para preguntarle si alguno de los soldados había entrado al huerto y comido alguna fruta.
Y trascartón lo había atacado y amenazado de tal forma que Artigas se había visto sofocado. Terminó por salir "volado", vomitando venganzas. Pero ya esto último poco importaba, el fin de su permanencia en aquel ejército oprobioso estaba por comenzar, había que cuidarse de no caer en provocaciones que pudieran perjudicar la causa que lo estaba esperando y tomar medidas ante la posible persecución del militar de mal carácter, que lo podía desviar de aquello que desde hacía tanto estaba esperando.
"DICIENDO ARTIGAS TODOS TIEMBLAN"
La deserción de Artigas, causaría estupor en la corte de Cádiz, el diputado españolista Pablo Zufriategui manifestaría que le había causado "asombro" porque Artigas, junto con Rondeau, se habían merecido "la mayor confianza" por su "exactísimo cumplimiento en toda clase de servicios".
El Comandante español José María Salazar reafirmaría más tarde tales conceptos evocando que el futuro Jefe oriental era considerado "el coquito de toda la campaña, el niño mimado de los jefes, porque para todo apuro lo llamaban y se estaba seguro del buen éxito. (...) Y en suma, en diciendo Artigas, en la campaña todos tiemblan".
El itinerario de Artigas, después de su partida de Colonia, va armando el ajedrez de la insurrección. La senda estaba trazada y el recorrido es seguido con expectación por millares de paisanos que corren la voz. Salazar registra: por "cada pueblo por donde pasaba lo iba dejando en completa sublevación". Pocos días después de visitar Mercedes, se produce la "Admirable Alarma" y no mucho después de bordear Paysandú, el lugar es tomado por los patriotas.
¡Es Artigas!, ¡Es Artigas, que desertó!-, corre por pueblos, campos y quebradas. Algunos rumores lo ubican en Nogoyá... Aquel nombre corre como un latigazo y no cesa de sonar: lo habían visto, lo habían reconocido... Nadie ignoraba de quien se trataba. Era un antiguo y reputado vecino, que durante sus años mozos había impartido justicia, que como Capitán de Blandengues, había cuidado las haciendas.
¡Era Artigas! El que sabía hablarle a los paisanos, el que mejor montaba a caballo, el más diestro en las tareas rurales, el que deslumbraba a las mozas en los bailes, en los que descollaba tocando el acordeón y la guitarra. Por todo esto, y para todos, era el líder natural.
El "hombre de armas tomar" que venía reclamando desde hacía tiempo Joaquín Suárez, ya estaba en camino, pero igualmente de todas partes comienzan a salir chasques rumbo a Buenos Aires, solicitando auxilios para iniciar la sublevación.
Artigas sabía de la ascendencia que tenía entre su gente. A su retorno a la Banda Oriental, como segundo jefe del ejército patriota, comenzaría con su pueblo un diálogo permanente que se iría paulatinamente profundizando en la medida en que las vicisitudes reclamaban mayores definiciones.
Y aquel hombre, desdeñando amenazas, sobornos, y la para muchos otros irresistible seducción del poder, comenzaría a crecer sobre sí mismo. No solamente mucho aportaría a la revolución, sino que mucho aprendería también de ella.
Con el tiempo trascendería su condición de Jefe, para diseminarse en el artiguismo, entendiendo a éste como el cuerpo de doctrinas de una revolución de características sin par con respecto a las del resto del continente, por su profunda definición democrática y popular.
Toda revolución es históricamente un hecho singular, es decir compendia características peculiares, situaciones típicas, determinados alineamientos sociales y políticos, un determinado devenir de la región en donde se produce, una coyuntura internacional, pero además sirve de medida de las capacidades de quienes las dirigen. Con respecto a esto último cabe decir que por su actitud y por su aptitud el Jefe oriental ocupa un lugar privilegiado nuestra memoria colectiva.
Por todo lo expuesto y cuando se cumplen 200 años de la gran decisión adoptada el 15 de febrero de 1811, Artigas parafraseando a Dickens, podría decir, si es que desde algún lado nos está mirando: "Veo que en sus corazones me han erigido un altar, y que este altar lo transmiten a sus descendientes, y que, muchas generaciones después, todos los descendientes de mi querida familia oriental rinden culto de gratitud sincera a mi memoria, por haber sacrificado mi vida en aras de un afecto santo".
Que así sea.
Y trascartón lo había atacado y amenazado de tal forma que Artigas se había visto sofocado. Terminó por salir "volado", vomitando venganzas. Pero ya esto último poco importaba, el fin de su permanencia en aquel ejército oprobioso estaba por comenzar, había que cuidarse de no caer en provocaciones que pudieran perjudicar la causa que lo estaba esperando y tomar medidas ante la posible persecución del militar de mal carácter, que lo podía desviar de aquello que desde hacía tanto estaba esperando.
"DICIENDO ARTIGAS TODOS TIEMBLAN"
La deserción de Artigas, causaría estupor en la corte de Cádiz, el diputado españolista Pablo Zufriategui manifestaría que le había causado "asombro" porque Artigas, junto con Rondeau, se habían merecido "la mayor confianza" por su "exactísimo cumplimiento en toda clase de servicios".
El Comandante español José María Salazar reafirmaría más tarde tales conceptos evocando que el futuro Jefe oriental era considerado "el coquito de toda la campaña, el niño mimado de los jefes, porque para todo apuro lo llamaban y se estaba seguro del buen éxito. (...) Y en suma, en diciendo Artigas, en la campaña todos tiemblan".
El itinerario de Artigas, después de su partida de Colonia, va armando el ajedrez de la insurrección. La senda estaba trazada y el recorrido es seguido con expectación por millares de paisanos que corren la voz. Salazar registra: por "cada pueblo por donde pasaba lo iba dejando en completa sublevación". Pocos días después de visitar Mercedes, se produce la "Admirable Alarma" y no mucho después de bordear Paysandú, el lugar es tomado por los patriotas.
¡Es Artigas!, ¡Es Artigas, que desertó!-, corre por pueblos, campos y quebradas. Algunos rumores lo ubican en Nogoyá... Aquel nombre corre como un latigazo y no cesa de sonar: lo habían visto, lo habían reconocido... Nadie ignoraba de quien se trataba. Era un antiguo y reputado vecino, que durante sus años mozos había impartido justicia, que como Capitán de Blandengues, había cuidado las haciendas.
¡Era Artigas! El que sabía hablarle a los paisanos, el que mejor montaba a caballo, el más diestro en las tareas rurales, el que deslumbraba a las mozas en los bailes, en los que descollaba tocando el acordeón y la guitarra. Por todo esto, y para todos, era el líder natural.
El "hombre de armas tomar" que venía reclamando desde hacía tiempo Joaquín Suárez, ya estaba en camino, pero igualmente de todas partes comienzan a salir chasques rumbo a Buenos Aires, solicitando auxilios para iniciar la sublevación.
Artigas sabía de la ascendencia que tenía entre su gente. A su retorno a la Banda Oriental, como segundo jefe del ejército patriota, comenzaría con su pueblo un diálogo permanente que se iría paulatinamente profundizando en la medida en que las vicisitudes reclamaban mayores definiciones.
Y aquel hombre, desdeñando amenazas, sobornos, y la para muchos otros irresistible seducción del poder, comenzaría a crecer sobre sí mismo. No solamente mucho aportaría a la revolución, sino que mucho aprendería también de ella.
Con el tiempo trascendería su condición de Jefe, para diseminarse en el artiguismo, entendiendo a éste como el cuerpo de doctrinas de una revolución de características sin par con respecto a las del resto del continente, por su profunda definición democrática y popular.
Toda revolución es históricamente un hecho singular, es decir compendia características peculiares, situaciones típicas, determinados alineamientos sociales y políticos, un determinado devenir de la región en donde se produce, una coyuntura internacional, pero además sirve de medida de las capacidades de quienes las dirigen. Con respecto a esto último cabe decir que por su actitud y por su aptitud el Jefe oriental ocupa un lugar privilegiado nuestra memoria colectiva.
Por todo lo expuesto y cuando se cumplen 200 años de la gran decisión adoptada el 15 de febrero de 1811, Artigas parafraseando a Dickens, podría decir, si es que desde algún lado nos está mirando: "Veo que en sus corazones me han erigido un altar, y que este altar lo transmiten a sus descendientes, y que, muchas generaciones después, todos los descendientes de mi querida familia oriental rinden culto de gratitud sincera a mi memoria, por haber sacrificado mi vida en aras de un afecto santo".
Que así sea.
























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