CUANDO LA REALIDAD ATROPELLÓ MIS ILUSIONES
Las ilusiones son al alma
lo que la carne al esqueleto.
R.P.
Era un día de calor que disolvía hasta los deseos más queridos. Mi madre, una mujer de acero por fuera y varillas de hierro atadas con alambres por dentro, me había prometido que conocería a Papá Noel.
Con cinco años yo vivía ese momento del creonocreo al que los amigos un poco más grandes nos enfrentan contándonos su verdad al oído. Le había comentado a mi madre mis dudas y ella, furiosa por mi posible descreimiento, me aseguró que Papá Noel existía y que esa misma tarde iríamos a conocerlo.
El sol machaba el pavimento y apenas pisamos la vereda pensé que esta excursión a la verdad podía no valer la pena. Lo que más me hacía dudar era la seguridad de mi madre, fiel reflejo de su bronca hacia los “atrevidos” que habían puesto en duda su palabra.
Entrar al Shopping fue agujerear el cielo con un dedo. Fresco, con dulces dátiles pendiendo de quiméricas palmeras mientras las bolas de mis ojos rebotaban en todo aquel ensueño. Cada cosa que tocaban se encendía y nacía otro espejismo. Apreté la mano de mamá para asirme a la realidad. Entonces, como quien activa un sueño, vi a Papá Noel sentado en un trono majestuoso y dorado. Sostenía sobre sus rodillas a un pequeño que estaba a punto de llorar de asombro.
Nos colocamos en la cola de aspirantes a obtener la prueba de su existencia mediante una foto.
De pronto una llamarada asaltó al árbol de navidad que parecía sostenerlo desde atrás. El fuego se propagó rápidamente y convirtió al árbol en una gigantesca fogata. Papá Noel dejó al niño de turno en el suelo, se arrancó el sombrero y la barba y entonces el hijo de Manuel, el almacenero de la esquina de casa, exhibió su calva y su rostro aterrado mientras disparaba de las llamas. La nieve de la barba y el pelo pegado al bonete rojo viajaron a salvo escondidos bajo su brazo.
Las ilusiones son al alma
lo que la carne al esqueleto.
R.P.
Era un día de calor que disolvía hasta los deseos más queridos. Mi madre, una mujer de acero por fuera y varillas de hierro atadas con alambres por dentro, me había prometido que conocería a Papá Noel.
Con cinco años yo vivía ese momento del creonocreo al que los amigos un poco más grandes nos enfrentan contándonos su verdad al oído. Le había comentado a mi madre mis dudas y ella, furiosa por mi posible descreimiento, me aseguró que Papá Noel existía y que esa misma tarde iríamos a conocerlo.
El sol machaba el pavimento y apenas pisamos la vereda pensé que esta excursión a la verdad podía no valer la pena. Lo que más me hacía dudar era la seguridad de mi madre, fiel reflejo de su bronca hacia los “atrevidos” que habían puesto en duda su palabra.
Entrar al Shopping fue agujerear el cielo con un dedo. Fresco, con dulces dátiles pendiendo de quiméricas palmeras mientras las bolas de mis ojos rebotaban en todo aquel ensueño. Cada cosa que tocaban se encendía y nacía otro espejismo. Apreté la mano de mamá para asirme a la realidad. Entonces, como quien activa un sueño, vi a Papá Noel sentado en un trono majestuoso y dorado. Sostenía sobre sus rodillas a un pequeño que estaba a punto de llorar de asombro.
Nos colocamos en la cola de aspirantes a obtener la prueba de su existencia mediante una foto.
De pronto una llamarada asaltó al árbol de navidad que parecía sostenerlo desde atrás. El fuego se propagó rápidamente y convirtió al árbol en una gigantesca fogata. Papá Noel dejó al niño de turno en el suelo, se arrancó el sombrero y la barba y entonces el hijo de Manuel, el almacenero de la esquina de casa, exhibió su calva y su rostro aterrado mientras disparaba de las llamas. La nieve de la barba y el pelo pegado al bonete rojo viajaron a salvo escondidos bajo su brazo.
























1 comentario:
Muy bueno el cuento,no podia ser de otra manera de una persona tan especial como la Sra. Ruth Paseyro.
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