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GUIDO CASTILLO (1922 - 2010)

EL JUGLAR SOBREVOLADOR DE LA GENERACIÓN DEL 45

H.G.V.

Una raquítica obituaria aparecida hace poco días en El País nos notició de la desaparición física de Guido Castillo, el único juglar con gracia de sobrevuelo que se dio el lujo de incluir en su dream-team de talentosos con cielorraso la tan celebérrima como irremisiblemente kitsch (en el sentido kunderiano del término) generación del 45.

Guido tenía muy poco que ver con ellos -los popes del glamour del semanario Marcha, especializados en seducirnos con el floreo elitista, oportunista y utopista proveniente del pecado original de la modernidad: la soberbia hiperracionalizante del hombrecito nuevo- porque desde el 42 militaba enamoradamente en el ejército torresgarciano, constructor de un Hombre Nuevo Celeste incapaz de desligarse de los acueductos de la salvación arquetípica (para hablarlo en Vallejo y Jung al mismo tiempo).

Guido era un juglar nato, además. O sea, lo que actualmente llamamos un multimedia. Recitaba a Virgilio en latín y había estudiado alemán nada más que para leer a Goethe, pero le gustaba (¿demasiado?) catequizar estéticamente en improvisados cenáculos alcohólicos adjuntos a sus cátedras universitarias y sus cargos directrices nada menos que del Removedor (una especie de órgano programático del Taller Torres García) o las Entregas de la Licorne de Susana Soca, de quien fue secretario y albacea.

En uno de sus últimos cuentos, Bichicome, Onetti le cambia el apellido y lo define así: Claro, mis visitas nocturnas a los Torres con bebidas sin más límite que los rechazos de hígado y estómago, siempre o casi siempre reducidas a temas literarios, conversados casi sin discusiones con la admirable inteligencia de Rodrigo y su infalible intuición poética (…) se repitieron durante algunos años.

Rodrigo Torres era Guido Castillo y Juan terminó siendo el padrino de la Beatrice (o la Bichi) del cuento.

Cuando yo tenía 17 años y ya escribía con aspiraciones de profesionalismo (en el sentido constructivo y no monetario del término, obviamente) mi padre, que fue un humildísimo maestro del Taller Torres García, invitaba a Guido a comer algún asadito y yo le mostraba poemas o cuentos, hasta que un día me propuso de sopetón hacerme un reportaje en Telerama, un largo de los sábados que producían junto con Oscar Banegas en Teledoce.

Y ahí caí, asustadísimo, porque todavía no había publicado nada, y no entendía la importancia que tenía aquella valoración de Guido, que también me hizo integrar en el mismo programa una terna juvenil de homenaje nada menos que a Julio Herrera y Reissig. Los otros dos poetas eran Salvador Puig y Enrique Fierro.

A mí tanto me daba. Pero muy poco tiempo después, cuando la arquitectura divina me introdujo en el torrepanorámico apartamentito que alquilaba Onetti en Gonzalo Ramírez esquina Vázquez, sentí (para hablarlo en Salinger) que aquellos dos borrachos ya habían sido capaces de tatuarme con el estigma sacro de la Dama.

Y la Dama es la Pura Belleza, aspirantes a arrodillarse frente a la dulce condenación (Onetti dixit) de escribir por amor o por nada. (Es lo mismo.)

Me parece que en aquel tiempo Juan y Guido ya se veían muy poco, y el Viejo bufaba contra el endémico desorden que siempre atomizó la difusión de los textos del padre de su ahijada.

Dejate de joder: ya hace veinte años que viene amenazando con una gran novela y no escribe un carajo.

Y un día que le pregunté cómo estaba Guido, el Viejo ladró: Gordo.

Y recién ahora entiendo que aquel desencanto bien podría haber sido retrucado parafraseando lo que él mismo sentenció en una entrevista, mientras señalaba un retrato de Luis Batlle Berres que tenía colgado en el apartamentito torrepanorámico: Maravilloso tipo. ¿Pero no te das cuenta que era un niño?

Los múltiples ensayos que escribió Guido Castillo aquí y en España van a ser recopilados y leídos porque son maná elaborado con una gracia de profundidad barroca y manierista como nunca había existido ni volvió a existir, lamentabilísimamente, en nuestro ambientún crítico.

Y lo que manda en la historia es el hambre de cielo, sabios truchos que viajan vegetando en la triste bodega de la humanidad.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Mientras escucho "Thelonious", los dedospictóricos de su compositor asedian mi memoria y descubro ¡para quién lo grabé!.
No hubo forma de poderle entregar esos temas junto a una selección de los viejos flamencos que atesoro.
Ahí están los "cassettes" junto a algunas de las increíbles sesiones del profesor hablando sobre Goethe, Homero y Virgilio. En las proféticas sombras, resguardados y olvidados (como las notas de Bergamín).
Murió Guido Castillo, un sabio sensacional y generoso que abrió las puertas de su casa para regalarme maravillosas llaves.
Hoy con ellas sigo descubriendo estancias de la vida.
Salve Guido

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