martes

CASA DEL CIERVO


Hugo Giovanetti Viola

primera edición web de una nouvelle editada en el volumen colectivo Aunque se llene de sillas la verdad (Edidiones Caracol al Galope / Taller Literario Universo, 2004)

CUARTA ENTREGA

CUATRO: EL PESEBRE

1 / -El vuelo de anoche fue digno del Bálsamo de Fierabrás -termina de engobar mi retrato el Náufrago.
-Soy feliz -se miró las zapatillas mojadas el padre del ciervo. -Aunque me equivoqué muy feo en alquilar junto con los viejos: las mujeres me doraron la píldora y soné. Y ahora quién le encaja el cascabel al diablo.
-Dale a elegir a Chela.
-Los esclavos no eligen.
-Y vos cuándo te vas del torreón -me animo a lamerle una mano a la Virgen del Náufrago.
-Yo vuelvo mañana mismo al conventillo. Estaba escondido aquí porque mi viejo quería seguir cortándome pedazos. Una cosa: no comenten que esta pieza es de barro sagrado. Casi nadie va a creerles. Se les explica que es una miniatura de plástico igualita a Abel y chau.
-¿Y qué quiere decir Bálsamo de Fierabrás?
-Quiere decir que el alma es inmortal -le acarició las cicatrices de la barriga Pepe Rosso a su hijo.

2 / Ya es Tardebuena: el viejo, Collell y el Náufrago ayudan a mi padre a desocupar el corredor y después cargan arena y piedrones desde el Prado para formar un desierto y una cordillera. Pepe Rosso se quedaba armando el pesebre hasta la noche. Yo vigilo asomado en el zaguán. El hombre de pecho desnudo sudaba y resoplaba arrodillado y gateando, y cada tanto se paraba a tomar un mate y estudiaba el resplandor épico que cubría casi todo el piso. Desde el postigo llega una línea de sol que se va corriendo hasta tocarme las patas. A media tarde Chela trajo la Philco y antes de irse escrutó dulcemente el desfile remoto. Entonces mi padre busca el Sodre y escuchamos un concierto color llama y él termina de acomodar el establo y dice:
-Esto fue compuesto por el Monaco Rosso para ustedes, familia.
-¿Sería pariente nuestro? -le fluoreció el hocico al ciervo.
Y mi padre se ríe fuerte y prende un cigarrillo agachado enfrente mío:
-Il Monaco Rosso era el sobrenombre de Antonio Vivaldi, un compositor italiano. Y el tuyo va a ser Monaquito, desde hoy en adelante. ¿Okey?
-Okey -miró a la Virgen blanca el animal disfrazado de niño.
Pero me faltan muchos años para entender que en el lenguaje de las trincheras mi sobrenombre quiere decir Poeta, y que fui armado Poeta por mi padre en aquel caserón donde él peleaba cada Tardebuena por sosegar la belleza del mundo.

3 / El viejo hace los asados entre los transparentes del baldío, en una parrilla que usaba cuando era albañil. Para Navidad compraban un barrilito de cerveza Doble Uruguaya y se servían directamente los chopps de espuma altísima, que mordían como a un pan. Hoy está invitado el Náufrago.
-Joder con el nonato -dio vuelta el viejo las costillas de Abel. -Esto da más trabajo que el lechón.
Entonces veo que el Náufrago tiene gotas de sangre en las muñecas y me acerco a lamérselas.
-No te asustes, botija -trató de tranquilizar al ciervo el muchacho de resplandor ya adulto. -Los tajos de los artistas siguen llorando siempre, pero es para que no nos olvidemos que la cosa es así.

4 / Mamá me cose los cascabeles en el cuello de la camisa y se ríe igual que las actrices de la matiné:
-¿No está para comérselo?
-Para comerte mejor -se zampó medio chopp Pepe Rosso.
Mi abuelo tiene la calavera muy plateada, pero cuando la vieja convence a mamá de que pruebe el nonato chista:
-Me cago en Dios.
-Ah. Qué delicia -chupó el caracú del ciervo y enseguida acuchilló una pata de cordero la vieja. -Papito era malo pero sabía comer.
Y de golpe le llueven jazmines del país por todo el esqueleto y me mira la panza y me hace sentir que estoy en un altar horrible.

5 / Después abrimos los postigos y prendemos la araña del comedor. Y los vecinos se iban juntando y ninguno volvía enseguida a su casa: brindaban y oían de veras las historias ajenas, como si se quisiesen.
-¿Y por qué te pusieron a vos? -se ríe de golpe el Walter.
Pepe Rosso había colocado el ciervito sobre una de las rocas, insignificante y absurdo entre todo aquel despliegue: casi nadie lo miraba, pero el animal corría radiantemente hacia la estrella de la Anunciación.

6 / Y no puedo dormir. El ciervo terminó por levantarse en puntas de patas cuando los vidrios del estar ya fluorecían. Oigo los gallos de María Antonia y me asomo al comedor, que sigue con los postigos abiertos. El animal tenía puesto nada más que un slip y de golpe le crecieron alas en las cicatrices. Entonces me escapo igual que una garza y un chiquilín de cinco años que se llama Abel Rosso se queda mirándome fijo desde el balcón por donde entra la luna.

2002

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